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Portada de la novela El Precio de la Indiferencia

El Precio de la Indiferencia

Para rescatar la empresa de su familia, Sofía se casó con el magnate Máximo. Sin embargo, vivió tres años bajo la sombra de Valeria, soportando desprecios de su suegra y el desinterés de un marido que solo la quería por conveniencia. Tras ser desamparada en un hospital y ver su legado pisoteado, ella decide divorciarse. El tiempo cambia las tornas: ahora Máximo está arruinado y ruega clemencia. ¿Le tenderá Sofía la mano o permitirá que pague por su pasado?
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Capítulo 2

"Señora Castillo, aquí está el borrador del acuerdo de disolución que firmó hace tres años. El plazo vence en un mes".

Mi abogado en Buenos Aires me pasó el documento por la mesa. La palabra "disolución" era fría, un término legal para el fin de un matrimonio que nunca fue real.

Miré la foto en mi escritorio. Era del día de nuestra boda. Máximo Castillo, mi esposo, sonreía a la cámara, pero sus ojos estaban distantes. Yo, Sofía Salazar, lo miraba a él, con una devoción que él nunca notó.

Tres años atrás, la bodega de mi familia, un legado de generaciones en Mendoza, estaba a punto de quebrar. Máximo, un empresario de Buenos-Aires que buscaba entrar en el mercado de vinos de lujo, me hizo una propuesta. Él salvaría nuestra bodega, nuestro nombre. A cambio, yo le daría mi apellido, mi prestigio y tres años de mi vida.

"Amo a otra mujer", me confesó el día de la boda, justo después de firmar los papeles. "Su nombre es Valeria. Mi familia nunca la aceptará. Este matrimonio es un negocio. En tres años, cuando mi posición en la empresa sea sólida, nos divorciaremos".

Mi corazón se rompió, pero acepté. Estaba enamorada de él desde que lo conocí en una feria de vinos, mucho antes de que supiera de la existencia de Valeria.

Él regresó a la casona del viñedo esa noche. Olía a vino caro y a la indiferencia de siempre.

"¿Máximo?", pregunté mientras entraba en el salón.

Él no respondió. Dejó su maletín en el suelo y se aflojó la corbata. Era una rutina que yo conocía de memoria.

Me acerqué y le preparé el mate, como todas las mañanas. Le serví su cena, los platos porteños que aprendí a cocinar para él, para sentirme más cerca de su mundo. Él comió en silencio.

"El mes que viene es la Gala Anual de Exportadores en Buenos Aires", dijo de repente, sin mirarme. "Tienes que venir conmigo".

"No puedo", respondí en voz baja. "Para esa fecha, ya no seré tu esposa".

Él levantó la vista, confundido. Luego, su expresión se endureció. Creyó que era una escena de celos.

"Sofía, no empieces. Sé que he estado pasando tiempo con Valeria".

"No es por eso", intenté explicar.

"Hablamos de esto. Teníamos un acuerdo".

Era cierto. Teníamos un acuerdo. Pero él había olvidado la parte más importante: la fecha de vencimiento.

Un flashback rápido cruzó mi mente. El día de la boda, después de su confesión. La firma del acuerdo, mi mano temblando. Su promesa de un divorcio en tres años.

Poco después de casarnos, Valeria desapareció. Máximo se volvió loco buscándola. Recorría los bares, llamaba a sus contactos, su desesperación llenaba la casa. Yo lo observaba desde la distancia, mi corazón doliéndose por su dolor, un dolor que no era por mí.

Una noche, volvió completamente borracho. Tropezó al entrar en nuestra habitación.

"Valeria...", susurró, confundiéndome con ella en la oscuridad.

Fue mi primera vez. Para él, fue solo un desahogo. Susurró su nombre una y otra vez mientras me tocaba. A la mañana siguiente, vio las sábanas manchadas. No dijo nada. Solo se levantó, se vistió y se fue.

Yo, herida pero tonta, decidí que podía ganármelo. Me dediqué a él. Manejé la bodega, aprendí sus gustos, creé un hogar para él. Con el tiempo, él pareció acostumbrarse. Dejó de hablar del divorcio. Me traía alfajores de sus viajes. A veces, dormíamos abrazados. Empecé a tener esperanza. Una esperanza estúpida.

Hace tres meses, Valeria regresó. Un simple mensaje de ella diciendo "estoy triste" era suficiente para que Máximo cancelara reuniones importantes y corriera a su lado. Lo veía desde la ventana, su coche yendo y viniendo del hotel de lujo donde ella se hospedaba en Mendoza. Mi esperanza se hizo cenizas.

Ahora, en el salón, su teléfono sonó. Era ella. Su rostro se suavizó al instante.

"Valeria, ¿qué pasa?", dijo, su voz llena de una preocupación que nunca usaba conmigo.

Escuché su llanto a través del teléfono. Máximo se levantó de un salto, sin importarle nada más.

"Tengo que irme".

En su prisa, me empujó. Mi cuerpo chocó contra el marco de roble de la puerta. El dolor fue agudo, pero no tanto como el de mi corazón. Lo vi correr hacia su coche, desapareciendo en la noche para consolar a otra mujer.

La llamada llegó una hora después. Era Máximo.

"Ven a la Clínica Privada de Mendoza. Ahora".

Su voz era un mandato, sin espacio para preguntas. Conduje hasta allí, mi mente en blanco.

Lo encontré en la sala de espera de la unidad de cirugía. Estaba abrazando a Valeria, que lloraba desconsoladamente.

"¿Qué pasó?", pregunté.

"Es su madre", dijo Máximo, su mirada fija en la puerta del quirófano. "Necesita un trasplante de riñón. Urgente".

Me quedé helada.

"Yo soy compatible", continuó. "Voy a donarle mi riñón".

El aire se me escapó de los pulmones. Iba a hacer un sacrificio enorme, no por mí, no por nuestra familia, sino por la madre de su amante.

"Te llamé porque necesito que firmes el consentimiento", dijo, como si fuera un trámite más. "Como mi esposa, eres la única que puede hacerlo legalmente".

La palabra "esposa" me golpeó con la fuerza de una bofetada. Era solo un título legal, un tecnicismo para facilitar su devoción por otra.

Tomé el bolígrafo. Mi mano no tembló esta vez. Firmé los papeles. Cada trazo de mi nombre en ese documento era un corte, la firma final de mi rendición.

Le devolví los papeles y me di la vuelta.

"Sofía", me llamó.

No me detuve. Salí de la clínica, dejando atrás el olor a desinfectante y a un amor que nunca fue mío. Mientras caminaba hacia mi coche, mi teléfono sonó de nuevo. Era él. Lo dejé sonar. Lloré todo el camino de vuelta al viñedo, liberando por fin los tres años de lágrimas contenidas.

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