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El Precio de la Impunidad

La justicia ignora el brutal ataque contra Yuze debido al poder de los caciques locales. Su hermana, ante la corrupción policial y el asedio a su hogar, decide actuar siguiendo el legado de su padre. Con un mapa secreto y una denuncia para la Policía Federal, emprende un peligroso viaje a la capital. Aunque sus enemigos la subestiman con burlas, ella transforma su desamparo en una implacable sed de venganza dispuesta a derribar toda impunidad.
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Capítulo 3

Cambié la contraseña del Wi-Fi.

Fue lo primero que hice. Un acto pequeño, casi trivial, pero que se sintió como levantar un muro de ladrillos. Mateo y Sebastián ya no podrían conectarse automáticamente cuando estuvieran cerca, ya no podrían dar por sentada su presencia en mi espacio, ni siquiera en el digital. Era una declaración de guerra silenciosa, un corte limpio y preciso.

Luego, comencé la purga. Abrí mi armario y saqué la sudadera de Mateo, esa que me había prestado en una noche de cine y que nunca me pidió de vuelta. Olía a él, a su loción cara y a esa confianza despreocupada que ahora me revolvía el estómago. La arrojé a una bolsa de basura negra. Seguí con el libro de poesía que Sebastián me había regalado, con sus cursis anotaciones en los márgenes. A la bolsa. Las entradas de conciertos, las fotos polaroid, los tontos recuerdos de viajes. Todo a la bolsa.

El cuarto se sentía más grande, más vacío, pero también más mío. Estaba limpiando no solo objetos, sino años de una amistad que se había podrido desde adentro.

Justo cuando estaba arrastrando la pesada bolsa hacia la puerta, esta se abrió. Eran ellos. Mateo entró primero, con esa sonrisa fácil que antes me derretía y ahora solo me parecía una máscara. Sebastián venía detrás, su mirada más analítica, pero igual de ciega.

"¿Qué haces, Cami?" , preguntó Mateo, mirando la bolsa con curiosidad. "¿Limpieza de primavera en otoño?"

La casualidad de su tono me irritó. Actuaban como si nada hubiera pasado, como si la escena con Isabela y mi taza favorita rota nunca hubiera ocurrido.

"Algo así" , respondí, mi voz deliberadamente plana. No quería darles la satisfacción de una confrontación. No se la merecían.

Sebastián frunció el ceño. Su mirada se posó en una esquina de la bolsa donde asomaba la portada de su libro de poesía. Vi un destello de algo en sus ojos, ¿confusión? ¿dolor? Rápidamente lo ocultó.

"¿Estás tirando todo eso?" , preguntó, su voz un poco más tensa. "Hay cosas nuestras ahí" .

"Son solo cosas" , dije, encogiéndome de hombros. "Ocupan espacio. Necesito hacer lugar para lo nuevo" .

Era una mentira, por supuesto. No había nada nuevo. Solo un gran vacío donde ellos solían estar. Pero era una explicación que sus egos podían aceptar. La idea de que yo simplemente estaba "redecorando" era más fácil de digerir que la verdad: que los estaba borrando de mi vida.

Mateo pareció tragárselo. "Ah, bueno. Si necesitas ayuda, solo dinos. De hecho, veníamos a decirte que Isabela se siente fatal por lo de la taza. Insiste en comprarte una docena si quieres" .

La mención de Isabela, la forma en que la defendían, la forma en que intentaban arreglar una traición con dinero, fue como echar sal en la herida. Pero mantuve mi rostro impasible. Mi corazón ya no sentía el pinchazo agudo del dolor, solo un frío y pesado entumecimiento. Habían cruzado una línea, y ya no había vuelta atrás.

"No es necesario" , dije, mi voz sonando lejana incluso para mis propios oídos.

Me hice a un lado para que pudieran pasar, pero no se movieron. Se quedaron allí, en el umbral, creando una barrera incómoda.

Sebastián me estudió con más atención. "¿Estás bien, Camila? Pareces… diferente" .

Casi me río. ¿Diferente? Claro que era diferente. La Camila que conocían, la que habría llorado y peleado y exigido una disculpa sincera, había muerto el día anterior. La que quedaba era una extraña, una versión de mí misma forjada en la decepción.

Pero no dije nada de eso. Simplemente los miré, un silencio largo y pesado extendiéndose entre nosotros. Dejé que su incomodidad creciera, que se dieran cuenta de que la dinámica había cambiado para siempre.

Finalmente, Mateo, siempre impaciente, rompió el silencio. "Bueno, como sea. Esta noche hay una fiesta en casa de los Valente. Deberías venir. Para despejarte" .

No respondí. Mi silencio era mi nueva arma. Era una pared contra la que sus palabras superficiales rebotaban y caían al suelo, inútiles.

Se miraron el uno al otro, una rara expresión de incertidumbre en sus rostros. Estaban acostumbrados a que yo fuera el pegamento, la que suavizaba las cosas, la que siempre estaba ahí. Ahora, solo había un vacío.

"Lo pensaremos más tarde" , dijo Sebastián, arrastrando a Mateo fuera del camino. Era su forma de posponer el problema, de fingir que todo se arreglaría solo.

Cerré la puerta detrás de ellos, el clic del cerrojo sonando definitivo. Me apoyé en la madera, exhalando un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. Más tarde esa noche, desde la ventana de mi cuarto, los vi en el jardín de enfrente, riendo con Isabela. Ella estaba publicando una foto en Instagram, los tres juntos, con un pie de foto que decía: "Mis personas favoritas ❤️" .

Ya no sentí celos. Ni siquiera tristeza. Solo una extraña sensación de alivio, como si me hubieran liberado de una pesada carga.

Fue entonces cuando mi teléfono vibró. No era un mensaje de ellos. Era un correo electrónico.

El asunto decía: "Felicidades, ha sido admitida" .

Era de la universidad de la capital, la mejor del país, el lugar al que había aplicado en secreto, como un plan de escape desesperado. Una sonrisa, la primera sonrisa genuina en días, se dibujó en mi rostro. No era solo una admisión. Era un boleto de salida. Un nuevo comienzo. Lejos de ellos. Lejos de todo esto.

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