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Portada de la novela El Precio de Hacer Milagro

El Precio de Hacer Milagro

Ricardo Morales tiene un talento culinario capaz de sanar, pero la ambición de Sofía del Valle terminó por costarle la vida. Tras morir traicionado mientras intentaba resucitar al amante de la heredera, Ricardo regresa inexplicablemente al pasado. Despierta el mismo día en que conoció a su futura verdugo, pero esta vez no será su peón. Armado con sus recuerdos, se niega a curarla y decide ejecutar una fría venganza bajo sus propias reglas de juego.
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Capítulo 2

Mi nombre es Ricardo "Ricky" Morales, y mi cocina tiene el don de sanar el alma. O al menos, eso es lo que la gente dice. En mi vida anterior, ese don me costó todo.

La última imagen que vi fue la de Sofía del Valle, la heredera del imperio tequilero, mirándome con un odio helado mientras mi propia sangre se derramaba sobre el suelo de mármol de su mansión.

"¡Haz que Marco vuelva a la vida, Ricky!", gritaba ella, fuera de sí. "¡Tú dices que tu cocina es un milagro! ¡Pues úsalo para traerlo de vuelta!"

Junto a ella yacía el cuerpo congelado de Marco Flores, su amante, a quien había encontrado en el Nevado de Toluca después de un año de desaparecido.

"Sofía, está muerto", le supliqué, sintiendo cómo la vida me abandonaba. "Mi comida cura, no resucita a los muertos. Lleva un año así."

"¡Mentiroso!", escupió. "Si no lo hubieras curado a él, yo habría esperado a que Marco regresara con ese agave especial. Él me habría curado a mí. ¡Tú lo mataste, Ricky! ¡Tú me robaste mi vida con él!"

Su lógica era absurda, retorcida, pero en su mente, tenía perfecto sentido. La familia Del Valle había prometido que quien curara la misteriosa dolencia que había paralizado a Sofía se convertiría en el heredero de su fortuna, y eso me incluía a mí como su esposo forzado. Marco había ido a la montaña a buscar un agave legendario, creyendo que sería la cura milagrosa. Nunca regresó.

Sofía me culpó por su desaparición, por su muerte. Y ahora, me estaba desangrando para intentar un ritual sin sentido, usando mi sangre, la misma que la había curado a ella, para revivir un cadáver.

Mientras la oscuridad me envolvía, escuché los susurros de los empleados de la mansión. Marco no cayó por un accidente buscando una planta. Cayó porque intentó estafar a la amante de un hombre peligroso, y el esposo de ella lo arrojó por un acantilado.

Todo fue una mentira.

Mi vida, mi sacrificio, todo por una mentira.

Y entonces... desperté.

La luz del sol me cegó. Estaba de pie, con mi chaqueta de chef perfectamente planchada, en el salón principal de la mansión Del Valle. El aire olía a lilas y a desinfectante.

Frente a mí, sentada en una silla de ruedas, estaba Sofía del Valle. Pálida, frágil, pero con la misma arrogancia en sus ojos que recordaba tan dolorosamente. Era el día. El día en que vine por primera vez a cocinar para ella, el día que selló mi destino.

Pero esta vez, las cosas serían diferentes.

La miré, y en lugar de la compasión que sentí en mi vida pasada, solo sentí un frío desprecio. Levanté una ceja.

"Señorita Del Valle", dije, con una voz tranquila y firme que no reconocí como la mía. "Su paladar está perdido. Es una causa perdida. Nadie puede curarla".

El silencio en la habitación fue total. La Sra. del Valle, su madre, me miró con incredulidad.

Sofía, por otro lado, se puso roja de ira. Su rostro pálido se tiñó de un carmesí violento.

"¡Charlatán!", gritó, su voz aguda y desagradable. "¡Lárgate de aquí! ¡Ahora mismo!"

Sonreí, una sonrisa que no llegó a mis ojos. Me giré hacia su madre.

"Señora del Valle, si yo, Ricardo Morales, digo que algo no tiene cura, es porque no la tiene. Quizás debería considerar tener otro hijo. Este modelo parece defectuoso".

¡CRASH!

Una taza de talavera se estrelló contra la pared, justo a un lado de mi cabeza, haciéndose añicos. Los fragmentos de cerámica azul y blanca cayeron al suelo.

"¡Sofía!", exclamó su madre, horrorizada. Luego se volvió hacia mí, con el rostro lleno de vergüenza. "Señor Morales, por favor, discúlpela. Ella está así por su condición..."

La interrumpí con un gesto de la mano.

"Lo entiendo perfectamente", dije, mi voz goteando sarcasmo. "No se preocupe. No voy a rebajarme al nivel de una persona con discapacidad".

Vi a Sofía temblar de pura rabia en su silla, sus manos apretando los reposabrazos con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

Sin decir una palabra más, me di la vuelta y comencé a caminar hacia la salida.

"¡Espere! ¡Señor Morales, por favor!", suplicó la Sra. del Valle, corriendo detrás de mí. Me alcanzó en el vestíbulo. "Por favor, ¿de verdad no hay ninguna esperanza? He oído que su familia posee recetas secretas, transmitidas de generación en generación. Si cura a Sofía, la familia Del Valle cumplirá cualquier deseo que tenga. ¡Cualquiera!"

Me detuve y la miré. Su desesperación era palpable. Pero no era que no pudiera curarla.

Era que no quería.

En mi vida anterior, la curé. Usé una técnica familiar secreta, una que requería una gota de mi propia sangre, un ingrediente que le daba a mis platillos su poder curativo. Y mi recompensa fue la muerte. Me culpó por la muerte de un estafador y me dejó morir para revivirlo.

Esta vez, no sería el peón en su juego retorcido.

"Lo siento mucho, Señora del Valle", dije, mi voz ahora fría y final. "No puedo ayudarla".

En ese momento, la propia Sofía salió del salón, impulsando su silla de ruedas con furia. Su voz, sin embargo, era falsamente dulce, teñida de un veneno que solo yo podía reconocer.

"Mamá, no lo presiones", dijo, mirando a su madre pero dirigiéndose a mí. "Marco ya fue al Nevado de Toluca a buscar el agave de fuego. En cuanto regrese, mis piernas se curarán. No necesito que este... cocinero se preocupe por mí".

La Sra. del Valle suspiró, una mezcla de frustración y tristeza.

"Hija, ya hemos hablado de esto. Los médicos dijeron que el agave solo podría ayudar a aliviar los síntomas, pero no te hará caminar de nuevo. El Señor Morales es nuestra última esperanza".

"¡Marco me curará!", insistió Sofía, con una fe ciega y terca en su amante mentiroso.

La miré por última vez, una imagen patética de arrogancia y autoengaño. Me despedí de la Sra. del Valle con una inclinación de cabeza y salí de la mansión.

El sol de la tarde se sentía bien en mi piel. Un nuevo comienzo.

Justo cuando llegué a la puerta principal, una camioneta negra se detuvo bruscamente a mi lado. La puerta trasera se abrió de golpe y una mujer de mediana edad, vestida con ropa cara pero con el rostro demacrado por la preocupación, salió y, para mi total asombro, se arrodilló frente a mí en el pavimento.

"¡Señor Morales!", exclamó, con la voz quebrada por la angustia. "Por favor... por favor, salve a mi hija..."

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