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Portada de la novela El Paradeo de la Azul Cobalto Lunar

El Paradeo de la Azul Cobalto Lunar

La vida de Javier se desmorona tras una llamada: su abuela está en coma por culpa de Rodrigo, el protegido de su esposa Sofía. La traición se vuelve insoportable cuando Sofía encubre el crimen y lo amenaza con la ruina total. Tras hallar a los amantes conspirando, Javier descubre la patente del Azul Cobalto Lunar, el secreto de la fortuna familiar. Con este poder, iniciará una guerra implacable para salvar a su abuela y destruir a los traidores.
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Capítulo 2

El teléfono sonó con una estridencia que rompió la calma de la noche, un ruido agudo que se clavó en el cerebro de Javier como un mal presagio. Era el hospital.

Una enfermera, con voz cansada y monótona, le informó del accidente.

"Su abuela, la señora Elena Torres, ha sido ingresada en urgencias. Necesitamos que venga de inmediato".

Javier sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Maestra Elena, su abuela, su pilar, la mujer que lo había criado con manos firmes y un corazón inmenso. El mundo se detuvo. Colgó el teléfono sin siquiera despedirse y corrió hacia la puerta, tropezando con sus propios pies, con el corazón martilleándole en el pecho con una fuerza brutal.

El hospital olía a desinfectante y a miedo. Las luces blancas y frías del pasillo de urgencias le parecieron crueles. Un médico joven, con ojeras que delataban una noche larga, se acercó a él.

"¿Familiar de Elena Torres?".

"Soy su nieto, Javier. ¿Cómo está? ¿Qué pasó?".

La cara del médico era una máscara de profesionalismo, pero no podía ocultar la gravedad de la situación.

"Sufrió un accidente de coche. El impacto fue severo. Tiene una fractura craneal y múltiples contusiones. Está en estado crítico. La hemos estabilizado, pero las próximas horas son cruciales".

Fractura craneal. La palabra resonó en la cabeza de Javier, vacía y terrible. Se apoyó contra la pared, sintiendo cómo las fuerzas lo abandonaban. Su abuela, la ceramista de manos mágicas, la que podía transformar un trozo de barro en una obra de arte, ahora yacía inmóvil en una cama de hospital.

Mientras Javier intentaba procesar la noticia, su esposa, Sofía, llegó. Entró en el pasillo como si fuera una pasarela, con su abrigo de diseñador perfectamente colocado sobre los hombros y una expresión de fastidio en su rostro impecablemente maquillado. No miró a Javier. Sus ojos buscaron a alguien más.

"¿Dónde está Rodrigo? ¿Está bien?".

Javier la miró, incrédulo. Rodrigo. El joven diseñador al que Sofía había tomado bajo su ala, su nueva "promesa". ¿Le importaba más ese muchacho que su propia abuela?

"¿Rodrigo? Mi abuela tiene una fractura en el cráneo, Sofía. ¡Casi muere! Y a ti solo te preocupa Rodrigo".

Sofía finalmente posó sus ojos fríos en él.

"Javier, no hagas un drama. Rodrigo es el futuro de mi empresa. Un escándalo ahora podría arruinar su carrera y mi nueva colección. El accidente fue eso, un accidente".

"¡Él la chocó! ¡Un testigo lo vio pasarse un alto a toda velocidad! ¡No fue un accidente, fue una negligencia criminal!". La voz de Javier temblaba de ira y dolor.

La expresión de Sofía se endureció. Se acercó a él, su voz un susurro venenoso.

"Escúchame bien. Rodrigo es una joven promesa. Tu abuela... es una anciana. No voy a permitir que arruines el futuro de mi imperio por un capricho de justicia. Retira cualquier idea de presentar una demanda".

Javier no podía creer lo que oía. ¿Un capricho? ¿La vida de su abuela?

"Jamás. Haré que pague por lo que hizo".

Una sonrisa torcida apareció en los labios de Sofía.

"Ah, Javier. Tan ingenuo. ¿Con qué dinero? Acabo de congelar todas nuestras cuentas conjuntas. No tienes un centavo a tu nombre. Y si insistes con esta tontería, me aseguraré de que no vuelvas a ver a tu abuela. Puedo hacer que la trasladen a un hospital público de mala muerte donde nadie te dará informes. Tú eliges".

La amenaza lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Lo dejó sin aire. Sofía, su esposa, la mujer con la que había compartido su vida, lo estaba chantajeando con la salud de su abuela. Se sintió impotente, atrapado.

Desesperado, Javier pasó los siguientes días intentando conseguir dinero. Llamó a amigos, a antiguos socios, pero las puertas se cerraban en su cara. La influencia de Sofía era demasiado grande. Nadie se atrevía a contradecir a la reina de la moda.

Una tarde, mientras revolvía viejos papeles en el estudio de su abuela buscando algún documento que pudiera servirle, encontró una carpeta polvorienta. Dentro, había documentos legales, patentes. Uno en particular llamó su atención: la patente del esmalte "Azul Cobalto Lunar", la fórmula secreta que había hecho a las cerámicas de su abuela famosas en todo el mundo. El mismo esmalte que Sofía había adaptado para sus telas y que se había convertido en el sello distintivo y la base de su millonario imperio de la moda.

Leyó el documento con cuidado. La patente original, a nombre de su abuela, había expirado hacía un mes. Pero había una cláusula de renovación y transferencia. Su abuela, con una previsión que lo dejó helado, había estipulado que, en caso de incapacidad, la titularidad pasaría automáticamente a su único heredero. A él.

Javier sostuvo el papel con manos temblorosas. De repente, el poder había cambiado de manos.

Esa noche, cuando Sofía llegó a casa, la confrontó.

"Hablé con el abogado de mi abuela", dijo Javier, con una calma que no sentía.

Sofía se quitó los aretes de diamantes, sin darle importancia.

"¿Y? ¿Ya entendiste que no tienes ninguna posibilidad?".

"Entendí algo mucho más importante", continuó Javier, mostrándole el documento. "La patente del esmalte de mi abuela, la base de todo tu éxito, ha expirado. Y ahora, el titular soy yo".

Sofía miró el papel. Su rostro perdió el color. Por primera vez desde el accidente, Javier vio una fisura en su armadura de arrogancia. Vio miedo.

"No te atreverías", siseó.

"Mírame", respondió Javier, y en su propia voz escuchó una fuerza que no sabía que poseía. "Tú amenazaste la vida de mi abuela para proteger tu negocio. Yo voy a destruir tu negocio para salvarla a ella".

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