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Portada de la novela El papá de mi bebé

El papá de mi bebé

Tras ser despedida, una ejecutiva centrada en su trabajo se hunde en la desesperación. Buscando consuelo, sigue el consejo de su mejor amiga y se embarca en un viaje lleno de descontrol. La aventura cambia su vida para siempre cuando, ocho semanas después, confirma que espera un bebé. Sin embargo, surge una complicación angustiante: tras varias noches de pasión con distintos desconocidos, no tiene idea de quién es el padre de su hijo.
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Capítulo 3

Quien pensaría que un inocente viaje traería consigo tanto alboroto, en especial porque empezaba a entender que nada cambiaria mi nueva realidad. Corrí por toda la habitación con las manos en la cabeza, sobre la cama dejé alineadas las pruebas de embarazos, una al lado de la otra, todas con el mismo mensaje “POSITIVO”. Por más que quisiera que fuera un equívoco, era imposible, tendría que aceptar por la fuerza mi realidad — Seré mamá — 

No tenía ni idea de lo que iba a hacer, así que hice lo único sensato que me vino a la mente, llamar a Azucena, aunque, no tuve valor para hablar así que preferí enviar un mensaje.  Consternada apreté el celular entre mis manos y mis pensamientos regresaron a esa caliente noche…

Las manos me temblaban por tenerlo frente a mí; de cerca era mucho más guapo de lo que parecía, en realidad me flechó al instante. Creo que mi cuerpo estaba siendo claro en las señales que me mandaba,  como si lo erizado de mi piel me dijera — ¡Oye, tengo mis necesidades! Lo deseo — era extraño, porque solo habían pasado segundos y las chispas podían verse volando en el ambiente.

— Disculpa, ¿Estás ahí? — Agitó la palma de su mano frente a mi cara, obligándome a reaccionar.

— ¡Si, si! Lo siento… Claro que puedes acompañarme — Respondí algo atropellada. 

— ¡Que suerte tengo! — Guiño pícaramente el ojo, ofreciéndome su brazo.

Estaba decidida a vivir la experiencia de lo que me ofreciera, no quería pensar en nada, solo pasarla bien y divertirme, despejar la mente, experimentar ese lado sensual de mi personalidad que estaba aflorando. Además cada rasgo del rostro de ese hombre era una invitación a caer en la tentación. Decidimos sentarnos en una de las mesas al aire libre. 

La noche era digna de una película romántica, como las que me encanta ver, pero niego hasta la muerte. El sonido de las olas rompiendo en la orilla armonizaba el ambiente, sin mencionar que la luz natural proveniente de las antorchas era el complemento perfecto, para tener una cita. 

— Diré que me tienes realmente intrigado, respiras misterio e intensidad; quiero saber que esconden esos enormes ojos, saber que tienen que decir esos carnosos y silenciosos labios, que no han dicho nada desde que nos conocimos. 

Pensé que sería un personaje perfecto, la mujer seductora y misteriosa que no da explicaciones, pero que con un solo movimiento de su cuerpo tiene rendido a sus pies al galán. La idea me hizo explotar la cabeza, así que decidí seguir con ese juego.

— Un hombre curioso y directo por lo que veo — Le lancé un escaneo seductor — Adelante, ¿Qué quieres saber de mí? Pregunta con confianza, claro te advierto que puede que no obtengas respuesta — Le guiñé el ojo. 

Noté como trago grueso, sin embargo, parecía fascinado por la mujer que lo acompañaba. El juego de miradas se hizo más intenso.

— Entonces hagámoslo sencillo, no digamos nada… Pues cuando las miradas hablan, las palabras sobran.

Una corriente intensa recorrió mi cuerpo, haciéndome apretar las piernas como reflejo, una sensación que no había experimentado hasta ese momento y que me hizo sentir viva. Me invito a bailar al ritmo de los tambores que sonaban en vivo alrededor de la fogata. Ningún baile es tan sensual y erótico como el tambor en la playa. 

No sabíamos nada el uno del otro, simplemente nos dejamos llevar por la música, por el movimiento y la cercanía de nuestros cuerpos, gozando con cada roce y movimiento de caderas. Podía verlo saborearse sin perder detalle del contoneo de mis curvas, éramos una bomba que reventaría pronto.   

Así seguimos por un largo rato, bailamos, bebimos, nos tocamos y abrazamos como si lleváramos una vida compartiendo juntos. En el centro del pecho sentía un globo que se expandía cortándome la respiración, un cosquilleo en los labios que no se quitaba por más que los mojara con saliva; lo necesitaba solo él podría zacear la sed de mi cuerpo. 

Coloco sus manos en mi cintura, halándome a su cuerpo, no tarde en sentir su hombría pegada a mis glúteos que no dejaban de rebotar al son de los tambores en esa playa paradisiaca. Que mordiera mi oreja hizo a mis piernas convertirse en gelatina.

— ¿Quiere ir a otro lado? — susurró en mi oído.

No tengo idea si fue el alcohol, el calor de las fogatas o simplemente la gran excitación que tenía, pero no dude en dejarme guiar por ese adonis a donde quisiera. Sentí un gran vacío en la boca del estómago, acompañado de unas ansias enormes por comerle los labios, entre otras cosas. Hasta ese momento, no habíamos ido más allá de simples toqueteos, ligeras insinuaciones y bailes candentes, sin embargo, el experimentar una química tan intensa con una persona completamente desconocida, era un potente estimulador para mi morbo. 

— ¿Estas segura?  —Pregunto cerrando la puerta de la habitación.

Supongo que me estaba dando una oportunidad de salir corriendo, cualquier mujer sensata la habría tomado recapacitando inmediatamente de la locura que iba a hacer; ese no fue mi caso, el alcohol inhibió cualquier vestigio de sentido común que habitaba dentro de mi cerebro. Lo siguiente que hice hasta el sol de hoy no me lo creo. 

— ¿Esto responde a tu pregunta? — Sus ojos parecían salidos de las orbitas. Había dejado caer mi vestido, quedando completamente desnuda.

    Fue la primera vez que me atreví a hacer algo como eso, estaba completamente fuera mí, era otra mujer, una movida por las ganas, por el deseo y la excitación que me salía por los poros. Quería ser poseía por ese hombre en todas las formas posibles; en mi mente resonaban las palabras de Azucena y definitivamente me moría porque fuera él quien sacudiera todas mis telarañas. 

— ¡Uuuff! — Exhaló profundo — ¡Eres una diosa!

Sin decir más, me tomó entre sus brazos besándome con tanta intensidad que sentí que se me iba la vida, literalmente un manantial fluía entre mis piernas. Toda mi piel estaba erizada, cada que su lengua se movía dentro de mi boca me contorsionaba, fue la sensación más placentera que viví hasta ese instante de mi vida, por primera vez, supe lo que era el placer y me encantó. 

Su cuerpo era totalmente divino, era robusto sin ser demasiado tonificado, tenía esos brazos firmes con los que me dominaba a voluntad, además que su trasero fue una de las cosas que cautivó al instante.  Sé que todas esas características son únicamente superficiales, pero, solo eso buscaba, no sentimientos que echaran a perder lo rico que la estábamos pasando.  

     En el fondo sabía que estaba cometiendo un error, pero no me importó, las cosas que ese amante de una noche me estaba haciendo sentir, valían la pena el riesgo. Si tan solo le hubiese hecho caso a esa vocecita en mi cabeza, mi vida no estaría patas arriba.

Mis manos recorrían desesperadas cada rincón de su cuerpo, mientras sentía el calor de su aliento sobre mi pecho. Me volvía loca, los gemidos iban en aumento, poco me importaba si me escuchaban (por el contrario). El no dejaba de repetirme lo hermosa que era, lo divina que me sentía, fue tan lindo conmigo que es imposible que pueda olvidarlo.

Enérgicamente me volteó dejándome en pompa, robándome un quejido de una nalgada, cosa que solo me hizo pedir más; dispuesto, obedeció de inmediato. La sensación era tan rica que me perdí por completo al tenerlo dentro de mí, reventando en un orgasmo demoledor y aunque me avergüence decirlo, el primero que tuve a mis treinta años… 

El sonido del timbre me saco del limbo de los recuerdos de aquel viaje, me sacudí tratando de recomponerme pues sabía perfectamente lo que me esperaba al abrir la puerta. 

— ¿Quieres explicarme tu mensaje?... vine lo más rápido que pude. Tuve que dejar a medias algo importante.

Tal como una ráfaga, Azucena entro a mi departamento  parloteando sin respirar. Opte por no decir nada, simplemente la lleve hasta mi cuarto y se lo mostré.

— ¿Me estas jodiendo? — Se llevó las manos a la cabeza — Marisca, esta es una broma muy pesada. No, no, no,  tú me tienes que estar jodiendo ¡¿Te preñaste del papacito de la playa?!

Estoy segura que si hubiese tenido algo cerca, me lo habría lanzado enseguida, en estupor total no dejaba de ver las pruebas de embarazo, hasta que no pudo más y me batió por los hombros. 

— ¡Responde Cándida por Dios! ¿Te dejaste preñar por ese tipo?

— Si, bueno ¡No!... Puede ser. 

— ¿Cómo que puede ser? Eso lo tienes que saber tú, con él fue el único que estuviste en ese viaje, o sea dos más dos, es cuatro. 

— No exactamente… ¡Ay amiga! No me vayas a matar, pero, hay algo que no te he contado…

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