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Portada de la novela El padre de mis hijos

El padre de mis hijos

La vida de Lilibeth da un giro radical al descubrir que el padre de sus hijos no ha muerto. Para salvarlo de sus captores, debe regresar a Italia y sumergirse en el oscuro mundo de la mafia. Aunque logra encontrarlo, él no conserva ningún recuerdo de ella. Entre conspiraciones y sed de venganza, ella enfrentará un dilema: confiar en el inmenso poder que él le ofrece o rendirse ante un amor que, tras el olvido, parece haberse desvanecido para siempre.
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Capítulo 3

El día de la fiesta de compromiso de mi esposo, decido asistir con ayuda de Gianna —la esposa de Otto— quien me transforma casi en otra persona. Me consiguió una peluca rubia para la ocasión, unas lentillas verdes, así como el atuendo que llevaré.

Después de una intensa charla decidimos que de entre todos mis hombres Donato me acompañará, por lo que con el corazón retumbando con fuerza contra mi pecho nos dirigimos a nuestro destino.

Cuando llegamos a la mansión Salvatore entramos sin ningún problema. Nos movemos entre la gente y actuamos como si fuésemos una pareja.

Por mi parte es fácil, pero para Donato es incómodo tratar así a su señora. Aunque a todos les he dicho que ya no soy más su señora y que ahora todos somos una familia, ellos se niegan a verme de otra forma.

Después de un rato deambulando por el lugar anuncian que los novios se presentarán para dar inicio con la fiesta de compromiso. Nos acercamos a una distancia prudente para no ser reconocidos y mi corazón se detiene al observar al hombre que está junto con Maritza. Es él. No hay duda de que es mi Massimo.

Sin poder evitarlo unas cuantas lágrimas escapan de mis ojos, por lo que Donato se apresura a darme un pequeño abrazo en un intento por ocultar mi cara y que nadie se dé cuenta de lo que me sucede.

Y justo como dijeron Otto y su esposa. El Massimo que está frente a nosotros es diferente, como si no fuese él mismo de antes. Lo observo por algunos segundos y me doy cuenta de que sus ojos no demuestran amor por la mujer que tiene en frente, mientras que los de ella se deleitan observándolo, tocándolo y por último besándolo. No lo soporto más, cuando estoy a punto de ir hacia ellos y desenmascararlos, Donato me detiene.

—No señora. No tenemos oportunidad de escapar de aquí. Solo estamos usted y yo, no puedo permitir que algo le suceda. Debemos de pensar las cosas con calma y ver que haremos con esa mujer —musita, señalando con un breve gesto hacia Maritza.

Y aunque sus palabras me tranquilizan, estoy desesperada por ir con Massimo y exigirle una razón de peso para lo que nos hizo hace un año a sus hijos y a mí.

Luciano

Después del anuncio de nuestro compromiso algunas personas se acercan a felicitarnos y es cuando por fin veo nuevamente a la misteriosa mujer de hace un momento.

La mujer sale al jardín dejando a su acompañante momento que aprovecho para disculparme con los invitados diciendo que necesito fumar un rato y salgo al jardín en busca de esa mujer.

Después de un rato la veo un poco escondida entre unos arbustos, tal como si estuviese mirando a la nada. Me acerco intentando no hacer ruido, sin embargo, ella escucha mis pasos y gira sobre su eje. Al verme abre sus ojos por la sorpresa y después intenta huir de mí.

—Espere señorita —antes de que pueda escapar, la tomo por el brazo y al instante una delicada fragancia con un toque de cerezas inunda mis fosas. En cuestión de segundos mi mente trata de traer recuerdos olvidados, pero me es imposible.

—Dígame, ¿en qué le puedo ayudar? —escucho esa melodiosa voz y siento como si una descarga eléctrica recorriese todo mi cuerpo, anhelando estar más cerca de ella.

—¡Lo siento! ¿Nos conocemos? —su mirada muestra un poco de tristeza cuando pregunto esto, pero solo dura una fracción de segundo para después mostrarse indiferente, por lo que no estoy seguro si vi un rastro de tristeza o lo imaginé.

—No lo creo, señor. Ahora podría soltarme, por favor. Mi acompañante me debe estar buscando —la ignoro por completo y me acerco un poco más a ella. Levanto mi mano con la intención de retirar su antifaz y aunque trata de impedírmelo soy más rápido que ella y se lo quito.

Cuando mis ojos detallan su rostro, me doy cuenta de que la mujer detrás del antifaz es con la que he soñado todo este tiempo y es la misma que vi ayer por la mañana. Solo que hoy usa lentillas verdes y su cabellera es rubia.

—La recuerdo. Ayer la vi, solo que se veía muy diferente a como luce hoy —musito, mientras miro su pequeña boca, sintiendo el loco impulso de besarla y cuando estoy por hacerlo alguien nos interrumpe.

—Lucrecia, qué bueno que te encuentro. Es momento de retirarnos.

Me doy la vuelta y veo que se trata de su acompañante. Ella aprovecha la oportunidad y se aleja rápidamente de mí para irse con ese hombre. No sé la razón, pero me molesta la forma en que ese la rodea con su brazo para salir de este lugar.

Al menos ahora sé que se llama Lucrecia y con el deseo de averiguar más sobre ella regreso a la fiesta.

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