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Portada de la novela El padre de mis hijos

El padre de mis hijos

La vida de Lilibeth da un giro radical al descubrir que el padre de sus hijos no ha muerto. Para salvarlo de sus captores, debe regresar a Italia y sumergirse en el oscuro mundo de la mafia. Aunque logra encontrarlo, él no conserva ningún recuerdo de ella. Entre conspiraciones y sed de venganza, ella enfrentará un dilema: confiar en el inmenso poder que él le ofrece o rendirse ante un amor que, tras el olvido, parece haberse desvanecido para siempre.
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Capítulo 1

Luciano De Angelis

Despierto una vez más —igual que otras tantas veces— a causa del mismo sueño. Esa mujer que no deja de aparecer cada noche: hermosa, delgada, de baja estatura, cabellera larga y castaña, con unos hermosos ojos color almendra y tez blanca. Es como si la conociera de antes, aunque estoy seguro de no haberla visto nunca y siento una añoranza que invade mi cuerpo y hace que mi corazón duela.

Aún recuerdo la primera vez que le comenté a mi novia sobre esta mujer —así como la descripción de ella—, casi se vuelve loca. Después de ello pidió que me revisara mi médico, quien comenzó a darme algunas pastillas para dormir mejor y dejé de soñar con ella.

No me gusta tomar esas pastillas, debido a que me hace sentir como aturdido e incluso algunas veces llegaba a olvidar ciertas cosas. Es por ello por lo que desde hace varias semanas les he hecho creer que las tomo cuando en realidad las guardo en mis bolsillos y debido a ello, he tenido el mismo sueño, una y otra vez con esa mujer desconocida.

Me doy la vuelta y veo a mi lado a mi futura prometida, Maritza Salvatore. Me levanto de la cama sin hacer ruido y me dirijo a tomar una ducha para despejar mi mente de ese lindo sueño. Cuando regreso para vestirme mi novia está despierta y molesta conmigo por no despertarla para darnos una ducha juntos. La mayor parte del tiempo esta mujer me desquicia y no entiendo cómo es posible que en algún momento de mi vida me haya enamorado de ella.

—¿Por qué no me despertaste amor? Podríamos habernos dado una ducha juntos como lo hacíamos hace tiempo —se queja con un puchero que pretende ser tierno.

—No me gusta despertarte. Eso ya lo sabes, además, aun no me siento muy bien como para compartir la ducha contigo —replico, reprimiendo un suspiro de frustración.

—Siempre dices lo mismo. Tal parece que no soy tu novia y te recuerdo que ya tiene algunos meses que dejaste las terapias de rehabilitación —se queja, chasqueando la lengua.

—¡Ya basta Maritza! No quiero empezar una discusión tan temprano. Bajaré a desayunar —la corto, ya que todos los días es lo mismo con ella. Salgo de la habitación sin mirar atrás.

Después de desayunar me apresuro a salir de casa. Estar en el mismo lugar que Maritza es sofocante y esas pocas horas en las que estoy sin ella me relajan.

Como cada vez que salgo, miro a los guaruras que me acompañan y pongo los ojos en blanco. Odio que Maritza no me permita salir solo, según ella debido al atentado que sufrí hace un año es mejor que está acompañado en todo momento.

Llego hasta la cafetería La Casa de D'Angelo disfrutando un buen café cuando en la cafetería de enfrente llamada Otto's Caffè veo a la misma mujer de mis sueños. Y sé que es ella porque cuando por un momento se retira las gafas oscuras reconozco esos bellos ojos y mi corazón se paraliza al saber que no es producto de mi imaginación. Esa mujer en verdad existe y aunque se ve un poco diferente a mis sueños, estoy completamente seguro de que es ella.

La mujer entra a la cafetería y a pesar de esperar por más de una hora, ella no vuelve a salir, provocando con ello mi frustración.

Me retiro del lugar con cierto pesar y me dirijo a la tienda donde he encargado mi traje —mañana por lo noche será la fiesta donde daremos a conocer nuestro compromiso Maritza y yo—, a decir verdad, aún no estoy convencido de querer casarme con ella, pero ha insistido tanto que tuve que no tuve más opción que aceptar.

No entiendo la razón, pero algo dentro de mí no acepta a esa mujer. Es como si mi cuerpo me gritase que escape de ella.

La noche del día siguiente llega tan rápido que desearía seguir postrado en esa cama y no rumbo a mi fiesta de compromiso. Maritza y yo acordamos que nuestros invitados podrían usar un antifaz —debido al tipo de negocio en el cual están mi futuro suegro y novia—, para proteger su identidad.

Bajo al lugar de la recepción y encuentro a mi novia enfundada en un vestido dorado, el cual en la parte superior parece un tipo corsé casi transparente hecho de pedrería con un escote bastante profundo. Unido a una falda larga de Chiffon con una abertura a todo lo largo de su pierna izquierda, con un bolso y zapatos a juego. Siempre ha sido una mujer que le gusta ser provocativa con su ropa y hasta cierto punto exhibicionista. Desvío mi mirada, no sé porque me molesta tanto su sola presencia.

Me poso a lado de mi novia cuando a lo lejos veo una mujer, la cual me roba la respiración. Lleva un vestido rojo con escote de hombros caídos y estilo sirena, que se ajusta perfectamente a las curvas de su cuerpo. Se pierde entre la multitud y no puedo evitar tratar de seguirla con la mirada, aunque sé que es imposible.

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