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Portada de la novela El Pacto Roto Por La Envidia

El Pacto Roto Por La Envidia

La envidia dictó el destino de Estela y el mío al ser vinculadas a los hermanos Vázquez. Durante mi embarazo, sufrí una agresión brutal mientras mi esposo, Marcelo, me ignoraba para socorrer a Daniela, su hermana adoptiva. El ataque me hizo perder a mi bebé y dejó a Estela lisiada por protegerme. Tras ser acusada injustamente por Marcelo, pedí el divorcio y busqué justicia. Todo cambió cuando los captores confesaron que Daniela orquestó nuestra muerte.
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Capítulo 1

La envidia era una bestia sedienta en nuestra comunidad, siempre hambrienta de lo que otros poseían. Nunca pensé que sus colmillos se clavarían en mi carne, en la de Estela y en la de nuestras vidas. Nos ofrecieron, a mi hermana gemela Estela y a mí, a los hermanos Vázquez, Marcelo y Efraín, como un sacrificio, un pacto. Parecía un cuento de hadas retorcido, una bendición. Pero la envidia, esa misma envidia que nos elevó, nos arrastró en picada hacia la tragedia más oscura, un abismo del que no creí que saldríamos.

Estaba embarazada de cinco meses cuando unos hombres armados nos interceptaron a mi hermana gemela y a mí en medio de la noche.

Aterrorizada, marqué el número de mi esposo, Marcelo, una y otra vez, suplicando por nuestras vidas.

Pero él me colgó, furioso, porque estaba ocupado consolando a su "hermanita" adoptiva, Daniela, por un simple corte en el dedo.

"¡Deja de hacer drama y no me molestes! Daniela está asustada y me necesita."

Esa fue la última vez que escuché su voz antes de que los golpes me hicieran perder a nuestro bebé.

Mi hermana Estela, mi leona, se interpuso para protegerme y le destrozaron la pierna con una barra de hierro, acabando para siempre con su carrera de bailarina.

Cuando despertamos en un hospital público, solas y rotas, descubrí que Marcelo y su hermano estaban en una clínica de lujo, cuidando a Daniela como si fuera de cristal.

Para colmo, Marcelo me acusó de haber "deshecho" a nuestro hijo a propósito solo para manipularlo por celos.

El dolor se convirtió en una frialdad absoluta.

Me limpié las lágrimas, firmé los papeles de divorcio y me dirigí a la policía para contar toda la verdad.

Lo que Marcelo no sabía era que, al caer los secuestradores, confesarían que la dulce Daniela fue quien ordenó nuestra ejecución.

Capítulo 1

Mireya POV:

Estaba embarazada de cinco meses, la vida dentro de mí era un secreto milagroso que solo Marcelo y yo conocíamos de verdad. Sentía cada pequeño movimiento, cada patadita. Era nuestro futuro, una promesa que me aferraba a la esperanza de que, tal vez, nuestro matrimonio sí funcionaría. Pero esa noche, la conexión con Marcelo, mi esposo, se cortó de golpe. No fue solo el teléfono. Fue algo más profundo, un hilo invisible que nos unía, que se rompió sin previo aviso.

Éramos dos mujeres solas en un coche de lujo, de camino al teatro donde Estela ensayaba para su gran debut. Ella, mi espíritu libre, mi hermana gemela, mi otra mitad. Un convoy nos interceptó. De la oscuridad salieron hombres armados, sus siluetas eran sombras de muerte que avanzaban hacia nosotras. El miedo me heló la sangre. Mi corazón golpeaba contra mis costillas, intentando escapar.

Agarré mi teléfono, mis dedos temblaban tanto que apenas podía marcar. La primera llamada a Marcelo fue rechazada. La segunda, la tercera, la cuarta. Una y otra vez. Nuestro peligro, nuestra desesperación, no eran lo suficientemente importantes. No para él. La ira me invadió, una oleada caliente que luchaba contra el frío del miedo. ¿Cómo podía ignorarnos? ¿Cómo podía ser tan ciego?

Él estaba ocupado. Ocupado consolando a Daniela, su 'hermana' adoptiva, por un insignificante corte en un dedo. Me colgó, su voz, fría como el hielo, advirtiendo que no lo molestara. Podía escuchar la dulce voz de Daniela de fondo, susurrando y quejándose. Ella siempre era la prioridad. Siempre había sido ella.

Estela y yo estábamos solas, abandonadas a la crueldad de nuestros captores. Éramos descartables. Las palabras del hombre, su voz áspera, resonaron en mis oídos. Querían la tierra del norte de la ciudad. Usaron mi vida, la de Estela, como moneda de cambio. Les dije que Marcelo no les daría nada, que no le importábamos. No me creyeron. Me golpearon.

En medio de los golpes, mientras la sangre me empapaba, seguí marcando su número, una y otra vez. Pero él siguió colgando. Seguía ocupado con Daniela. El terror se convirtió en desesperación. Las patadas, los puñetazos... No eran para mí, sino para el bebé. El dolor era insoportable, un fuego líquido que me consumía desde dentro.

Grité, un alarido que se perdió en la noche. Sentí el último latido de mi bebé, un aleteo moribundo, mientras el dolor me desgarraba. Lo vi, borroso, cómo se lo llevaron. La vida se me fue con él. La sangre no paraba. Mi cuerpo se enfriaba. Quería que terminara. Quería desvanecerme, como mi bebé.

Entonces, un destello. Estela. Ella llegó, arrastrándose, gritando. '¡Mireya! ¿Por qué no pediste ayuda? ¿Por qué no luchaste?' Sus ojos ardían, llenos de un fuego que yo había perdido. Intentó llamar a Efraín. Lo mismo. Colgó sin piedad. Su desinterés era una enfermedad que nos estaba matando.

Pero Estela, mi Leona, se puso delante de mí. Recibió cada golpe, cada patada, cada barra de hierro que venía hacia mí. El grito de Estela. El sonido de su hueso rompiéndose. Su pierna derecha. Su danza. Su vida. Arruinada por protegerme.

Un milagro. Luces intermitentes. La Patrulla Fronteriza. Nos encontraron, a Estela y a mí, tiradas en la tierra, la vida colgando de un hilo. Las palabras de los médicos. Frías, clínicas. 'Lo siento, señorita Villa, el bebé no sobrevivió'. 'Su hermana, su pierna... es irreversible'. Miré a Estela, inconsciente. Su sacrificio. Su amor. Había pagado el precio máximo por la indiferencia de ellos. Y por mi supervivencia.

Cuando Estela despertó en el hospital público, con los ojos llenos de un dolor que incluso la morfina no podía borrar, supe lo que tenía que hacer. Marcelo y yo habíamos terminado. Le envié un mensaje, claro y conciso: "Nosotras hemos terminado. Para siempre." La respuesta fue el silencio. Luego, me bloqueó.

No podía hablar. Mi garganta estaba seca, mi corazón, un desierto. Le escribí, con los dedos temblorosos, mis lágrimas cayendo sobre la pantalla: "Tu hijo ha muerto."

El teléfono sonó al instante. Era él. Su voz estalló en el auricular, llena de furia, acusaciones y un veneno que me quemó la piel. "¡Mireya! ¿Qué mierda es esto? ¿Por qué me mandas este mensaje? ¿Estás tratando de manipularme con mentiras enfermas?"

Me gritó que lo había hecho a propósito, que había 'deshecho' a nuestro bebé para manipularlo. Su crueldad no tenía límites. Él no podía creer que yo fuera capaz de tal cosa. Era surrealista.

Luego, el cambio. Su tono se suavizó, pero no para mí. Defendió a Daniela, dijo que ella era frágil, que ella había tenido un 'ataque de pánico' real por un mísero corte. Ella siempre era lo importante. Siempre. Escuché la voz de Daniela, melosa, detrás de él. "Marcelo, amor, ¿estás bien? No dejes que ella te altere. La enfermera dice que es hora de mi medicina." Su supuesta preocupación era una puñalada más profunda.

Su voz se calmó al instante para Daniela. "Sí, mi amor, estoy bien. No te preocupes." Y luego, la llamada se cortó. Sin una palabra más para mí.

Mi puesto en su vida, en su corazón, era claro. Una estadística. Un estorbo. Nada. Toqué mi vientre liso. El espacio vacío donde nuestro hijo debería haber crecido. El dolor me ahogó, un tsunami de pena. Los médicos me lo habían dicho. Mi útero estaba dañado. Quizás nunca más podría tener hijos. Otra cosa que él me había quitado.

Él no sabía nada. Ni cuánto me había costado su indiferencia, ni la vida que habíamos perdido. Mientras yacía en esa cama de hospital, la verdad se me reveló. El ataque no fue aleatorio. Era una venganza. Una venganza contra él.

El hombre que me golpeó, antes de que todo se oscureciera, me había dicho por qué. Marcelo había desplazado a su gente, les había quitado todo. Y ahora, ellos nos quitaban a nosotras. Cuando se dieron cuenta de que él no respondería, de que éramos inútiles para su chantaje, su crueldad no conoció límites. Ya no éramos rehenes, éramos juguetes rotos.

Miré a Estela, inconsciente. Su sacrificio. Su amor. Había pagado el precio máximo por la indiferencia de ellos. Y por mi supervivencia. Fue un milagro que la Patrulla Fronteriza nos encontrara, a Estela y a mí, tiradas en la tierra, la vida colgando de un hilo. Pero ese milagro venía con un precio. El bebé no sobrevivió. La pierna de Estela no se recuperaría.

El dolor era un pozo sin fondo. Pero en ese pozo, una chispa fría de determinación comenzó a arder. Marcelo había sembrado el viento. Ahora, cosecharía la tormenta.

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