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Portada de la novela EL MAL DE LOS BUENOS

EL MAL DE LOS BUENOS

Tras salvar a Sofía Sullivan del cruel Gael Cliff, Leonel Vos renunció a su vida para protegerla desde las sombras. Cinco años después, el destino los cruza de nuevo, pero el oficial carismático ha sido reemplazado por un hombre gélido y hostil. En medio de un entorno peligroso, una pasión arrolladora renace entre ambos. Sofía deberá confrontar la cruda transformación de Leonel, quien arriesgará todo para resguardarla de las amenazas que lo persiguen.
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Capítulo 2

—¿Robo? ¿Denuncia? ¿Cómo que robo? ¡Jamás he robado nada en mi vida!

Vos se reservó sus palabras, pero quería creerle.

—¡No pueden llevarme sin ningún tipo de información, esto es un secuestro! ¿Quién me ha denunciado por robo? ¡¿Quién?!

—Le pedimos que permanezca en silencio hasta que lleguemos —gruñó el novato, recibiendo una severa mirada de su superior.

Vos miró entonces el retrovisor central y se encontró con la encendida mirada de Sofía.

Tragó grueso. Detenido en un semáforo, un haz de luz diurna pintó aquellos ojos y pudo verlos más claros. Inmediatamente quiso detallarlos, verlos de cerca y corroborar su inocencia.

Sofía se quedó callada, pero sostuvo su mirada con determinación, decidida a no dejarse intimidar por él, ni siquiera por el viaje que daba hacia un futuro incierto. Aún con la respiración acelerada y los nervios de punta, llevaba un enredo dentro de su cabeza intentando descubrir quién pudo haberla metido en una patrulla como si fuera delincuente.

Pensaba en su pequeño hijo de tan solo un año de edad. Lo dejaba en la guardería mientras trabajaba en el café por las mañanas y ya le preocupaba todo, quién lo buscaría, hasta qué hora podrían esperar las cuidadoras mientras ella resolvía salir de ese embrollo, si es que salía. La angustia era enorme y su presentimiento le decía que esos oficiales no entenderían su situación de ella seguir reclamando.

Llegaron en quince minutos. El vehículo no se estacionó frente al gran edificio, tampoco entró al estacionamiento a cielo abierto.

—¿A dónde me llevan? —preguntó con urgencia, cuando bordearon la conocida edificación y bajaron por un estacionamiento subterráneo que ella no sabía que existía.

El silencio de ambos oficiales hizo que pegara su cuerpo al asiento. Todas las alarmas en su mente fueron encendidas.

Estacionaron el vehículo junto a otros, también rotulados, aunque distintos, y le abrieron la puerta para que saliera. La carencia de ruido, de gente y el eco que producían los movimientos la llenó de ansiedad, por lo que optó por memorizarse bien los rostros de los uniformados para no olvidar a los sujetos que la llevaron hasta allí.

—Por acá —habló Vos, pero ella no se movió. Pies pegados al suelo, ojos afilados—. ¿Se encuentra bien? —preguntó él notando su aprehensión.

Ella vio cómo el otro policía se adelantó a ellos, caminó hacia una pequeña puerta de vidrio ahumado y se paró allí a esperarlos.

—No entiendo por qué estamos entrando por aquí y no por la puerta principal —dijo ella.

Vos inhaló de nuevo por la nariz y por allí mismo sacó todo el aire. Debía seguir órdenes, hacer que la mujer Sofía Sullivan entrara por la puerta de atrás, así mismo le indicó su jefe al colocarle esa extraña misión, pero él sabía quién auspiciaba todo eso y ahora, viendo la respuesta de ella ante lo que sucedía, comenzaba a entender que la mujer estaba metida en un gran aprieto y no lo merecía. Él esperó encontrarse con una altanera, quizás con una mujer de sangre fría, consciente de sus perversos actos delictivos, así como las que solía ver en los bajos fondos y otros estatus sociales, féminas creyentes de poseer un poder sin igual y sobre todo, que la justicia les resbala.

Por el contrario, frente a sí tenía a una chica joven, asustadiza, muy nerviosa y a la vez muy segura de lo que defendía. Su intuición de policía le gritaba: “te estás equivocando con ella”.

Dándole la espalda a su compañero, la enfrentó, acercándose todo lo que pudo sin que pareciera acosador. El estacionamiento llevaba cámaras y no podía arriesgar nada.

—Si usted es inocente, no debe asustarse —susurró lo más que pudo, sin moverse para que su compañero no se percatara de ese quiebre en el protocolo policial—. Míreme bien y no se atreva a mentirme, esto no es un interrogatorio oficial. ¿Está segura que no sabe por qué la trajimos acá?

—¡Por supuesto que no! —susurró fuerte, siguiéndole la corriente en el tono de su voz, percatándose que aquel oficial no quería que el más jovencito escuchase ni viese nada.

Vos exhaló una buena ráfaga de aire. No quería expresar demasiado, pero sus dudas fueron claras en su cara.

—La ha denunciado Gael Cliff —le aclaró él—. ¿Usted le conoce?

El rostro de Sofía se tornó pálido, tan pálido como la hoja de un cuaderno.

—Le conoce —respondió él mismo, apretando la mandíbula.

Ella sostuvo la respiración al escuchar ese nombre, le costó mucho hablar de nuevo.

—¿Cómo es posible? —susurró ella para sí misma.

—¿De dónde le conoce y por qué la ha denunciado por robo?

Ella, quien perdió su mirada un instante en los recuerdos no tan lejanos que trajeron a colación ese nombre y apellido, levantó la cara, anonadada, para responderle.

—No tengo la menor idea del porqué él me ha denunciado.

El oficial apretó los dientes nuevamente. Vio su rostro en el carnet de identificación que la data arrojó y que su jefe le proporcionó con datos menores sobre ella, además del nombre y lugar de trabajo. La identificó justo al entrar al café, pero puso en duda toda la misión cuando la tuvo cerca. La mujer de la fotografía no era tan hermosa como la que tenía de frente. Cuando la vio detrás de la barra usando ese delantal, jamás pensó encontrarse a esa hermosa chica.

Joven, con el rostro más angelical que hubiese visto, su cabello se veía oscuro dentro del local, pero al ser tocado por la luz del sol pudo darse cuenta que era rojo como el fuego. Su piel blanca y su rostro de porcelana parecían brillar, a pesar de los nervios, el desconcierto y la rabia. Sus ojos claros como el caramelo, sus labios carnosos, rojizos también. Mirándola de cerca, se preguntó fugazmente cómo se verían si sonriera. «Sofía Sullivan no puede ser culpable de nada», pensó él y ahora lo ratificaba. Y conociendo al personaje que la denunció, sus dudas se fortalecían.

Sofía sentía mucha rabia, una lejana y que ya pensaba extinta. No podía creer que aquel sujeto que llevaba más de un año sin ver le estuviese haciendo esto. Tan solo fue escuchar ese nombre y sus ojos comenzaron a arder.

—¿Él fue quien me denunció? ¿Está seguro? —indagó ella con los dientes apretados, manteniendo la voz baja.

—Dígame de dónde lo conoce y le responderé.

—No hace falta que lo haga, oficial, ya me ha dado la respuesta al colocarme una condición.

Ella tuvo que suspirar y tragar para calmarse. No se había dado cuenta que llevaba las manos empuñadas, ya le dolían por tenerlas así. Además, el oficial L. Vos, como lo indicaba su pequeña insignia del lado izquierdo del pecho, parecía tener razones para romper las reglas. Sofía no desaprovecharía esa oportunidad, la misma que le mostraba una luz de esperanza en medio de tanta rareza.

Le miró al rostro muy bien. Vos era guapo, muy guapo, demasiado, y quiso saber de qué era la L. de su nombre. ¿A caso era Luis? ¿Leonardo? Su mentón era un tanto cuadrado, pero conservaba un rostro de niño. Parecía ser muy joven, pero su anatomía musculosa y delgada a la vez, añadido el uniforme, le hacían ver mayor. Era la primera vez que veía a un uniformado tan apuesto.

Ella no sabía qué edad tenía o cuánto tiempo llevaba de servicio, pero sus ojos, los cuales parecían estar llenos de expectativa y preocupación, además de gallardía, le decían que ahora, y por una desconocida razón, estaba de su lado.

—Gael Cliff es el padre de Liam —decidió contestar, sintiendo su estómago revolverse por haberle mencionado.

—¿Liam?

Su rostro se tornó triste.

—Sí. Liam es nuestro pequeño hijo.

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