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Portada de la novela El magnate arrepentido quiere una segunda oportunidad

El magnate arrepentido quiere una segunda oportunidad

Thea se entera de que espera un hijo tras un año de casada, pero su felicidad termina cuando Jerred prioriza el retorno de una antigua amante enferma. Ignorada y herida por la frialdad de su esposo, ella opta por pedir el divorcio y desaparecer. No obstante, al intentar huir, el magnate la alcanza en el aeropuerto. Allí, arrodillado y desesperado, le suplica que no lo abandone y que no se lleve a su hijo, buscando una redención que parece imposible.
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Capítulo 3

Afuera, la lluvia azotaba las ventanas y el estruendo constante llenaba la noche.

Thea se movía inquieta bajo las sábanas, sin poder dormir. Los recuerdos del año que había pasado con Jerred se repetían sin cesar en su mente.

Sus abuelos paternos eran amigos cercanos, lo que unió a las familias Dawson y Willis. Ese vínculo había puesto a Jerred en su vida desde que era muy pequeña.

Desde que tenía ocho años, él se comportaba con una madurez solemne; siempre vestido con un elegante traje negro, distante y ajeno al mundo.

Ella, a los cinco años, era todo lo contrario: alegre y cariñosa, siempre tirando de su manga, desesperada por llamar su atención.

La cortesía innata nunca le permitió apartarla, así que se mantenía cerca, tolerando su cháchara e incluso asumiendo el silencioso papel de su protector.

Una tarde de verano, la niña cayó a un lago por sus travesuras, hundiéndose bajo el agua helada. Jerred se había lanzado a ayudarla sin dudarlo, arrastrándola hasta la orilla y devolviéndole el aliento con respiración boca a boca.

Cuando ella por fin abrió los ojos, a través de la neblina del frío y el miedo, creyó ver a un ángel cuando sus ojos se posaron en Jerred.

Luego, tras el trágico accidente automovilístico de sus padres, quedó al cuidado de sus abuelos, pero el resto de la familia Dawson no tardó en considerarla una carga.

La enviaron al campo y, desde entonces, Thea no regresó a Braptin ni volvió a ver a Jerred.

Fue apenas hace un año que su tío finalmente la encontró en la pequeña y desgastada cabaña donde había vivido todo ese tiempo.

La gente suponía que se había casado con él para escapar de las penurias del campo y conseguir riqueza y estatus.

Pero solo Thea conocía la verdad: su corazón se había desbocado de alegría al saber que se convertiría en su esposa.

Aun así, entendía lo que era ese matrimonio: un sueño fugaz concedido por el destino, frágil y efímero.

Y ahora, había llegado el momento de despertar.

Afuera, la tormenta rugía en el cielo nocturno; los relámpagos partían la oscuridad mientras los truenos retumbaban como cañonazos.

Acurrucada bajo la manta, se arropó aún más, y su corazón se fue calmando poco a poco.

A la mañana siguiente, fue el agudo zumbido de su celular lo que la despertó.

La voz de Maggie cortó la somnolencia de Thea como una navaja, cargada de desprecio. "¿Estás todavía en la cama a estas horas? ¿Cómo fue que mi hijo terminó atrapado con una perezosa como tú?".

Durante un año entero, Thea había aguantado las punzantes críticas de Maggie sin responder una sola palabra.

Su silencio nunca había sido por debilidad.

Se había quedado callada porque discutir con Maggie solo le haría la vida más difícil a Jerred.

Él ya cargaba con suficiente peso sobre sus hombros por ser el CEO de la empresa más poderosa de Braptin, y ella no quería molestarlo con conflictos familiares.

Pero ese día, algo dentro de ella había cambiado. Estaba harta de soportar esa situación.

El desprecio en la voz de Maggie solo se intensificó. "Si mi familia no hubiera estado en apuros el año pasado, jamás habría permitido que te casaras con mi hijo. No lo mereces. Nunca estarás a su altura...".

Thea se incorporó en la cama y, con voz tranquila pero firme, dijo: "Tienes razón. Nunca he sido digna de Jerred. Pero el matrimonio es cosa de dos".

Tomó aire y continuó con firmeza: "Si soy una decepción tan grande, entonces dile a tu hijo que se divorcie de mí y se case con alguien que consideres digna. Jerred se casó conmigo hace un año por obligación, pero los problemas de su familia ya están resueltos, ¿no? Puede divorciarse de mí".

Maggie se quedó muda, completamente atónita por la respuesta de Thea.

No podía creer que la mujer, que siempre había sido sumisa y callada, ahora tuviera el valor de contestarle así.

¿Acaso se había vuelto loca?

En ese momento, la voz de Thea volvió a sonar, nítida e inquebrantable. "¿De verdad me llamaste solo para regañarme, Maggie? Si tienes tanto tiempo libre, tal vez deberías usarlo para convencer a tu hijo de que se divorcie de mí. No pienso perder ni un segundo más contigo. Voy a seguir durmiendo. Adiós".

Colgó con un gesto decidido, sin darle a Maggie la oportunidad de responder.

La furia de esta última estalló.

Thea no solo había ignorado su reprimenda, sino que se había atrevido a faltarle al respeto y a colgarle.

La insolencia la carcomía.

Hirviendo de rabia, marcó el número de Jerred. En cuanto él contestó, ella descargó su furia: "¿Tu esposa se volvió loca? La llamé para despertarla y me respondió de mala manera. ¡Incluso me pidió que te dijera que te divorciaras de ella! ¿Quién se cree que es para actuar con tanta arrogancia?".

En el pasillo del hospital, Jerred permanecía inmóvil, con la mirada perdida en las hojas mojadas por la lluvia tras la ventana. Frunció levemente el ceño, sintiendo una punzada de frustración. "¿De verdad dijo eso?".

"¡Sí!", espetó Maggie con furia. "Jerred, llevo un año diciéndote que te divorcies de ella, pero siempre pones excusas para evitarlo. Ahora que ella misma lo mencionó, es la oportunidad perfecta. No me importan tus pretextos; ¡tienes que dejarla ahora mismo! ¿Sabes cuánta gente de la alta sociedad se burla de nuestra familia a nuestras espaldas solo porque te casaste con ella? Tú...".

"Mamá", la interrumpió Jerred, aún con el ceño fruncido. "Probablemente la tormenta de anoche no dejó dormir a Thea. Por eso está de mal humor".

Desvió la mirada hacia el brillo metálico del reloj en su muñeca y luego añadió con calma: "Apenas son las siete y hoy no hay nada urgente. ¿Por qué interrumpirle el sueño?".

Mientras pronunciaba esas palabras, su mirada se dirigió hacia la puerta de la habitación, donde una figura frágil con bata de hospital se apoyaba en el marco.

Su expresión se tensó y bajó la voz. "Surgió algo. Tengo que colgar".

Guardó el celular en su bolsillo y caminó hacia la joven. "¿Por qué te levantaste de la cama?", preguntó, con un tono cargado de preocupación.

Pálida y débil, Jaylynn le dedicó una sonrisa débil. "Escuché a tu mamá decir que Thea quiere el divorcio... ¿Es por mi culpa?".

Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras lo miraba. "Jerred... Quizá no debí haber regresado".

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