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Portada de la novela El Madrileño

El Madrileño

Cayetano Rodríguez, un gélido magnate madrileño, reemplazó el amor por los excesos tras sufrir una traición sentimental. Conocido como Tano Sin Miedo, su vida de desenfreno da un vuelco drástico al descubrir su paternidad. El encuentro con la pequeña María E. y una mujer colombiana en Málaga lo obligará a confrontar su cinismo. Cayetano deberá decidir si protege este nuevo vínculo y permite que su coraza se derrita ante una familia inesperada.
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Capítulo 3

Tano:

En la actualidad

—¡JODER, JODER! Esto es una broma—dije al borde de un shock nervioso. Esto, definitivamente me tomaba por sorpresa. ¿Qué haría yo con una bebé?, si soy un completo inútil, mi nana me cocina, lava y plancha.

Ya se me hace tarde como para plantearme que soy “padre” esto, esto es una confusión.

Sacó el móvil, inmediatamente llamó a Nath, de seguro él, sabrá que hacer. De dos timbrazos, el bicho este me responde con su voz ronca y adormitada, odiando al mundo completamente. Me vale una madre.

—¿Qué pasa tío?, son las siete y pico de la mañana, joder—exclama en modo de protesta.

Suelto un suspiro hondo, tomando a la niña de la cesta, se remueve en mis brazos incomoda, genial. ¡Ya somos dos!

—Estoy en serios problemas, necesito que vengas urgente a la oficina de papá, también quiero que pases a un supermercado, necesito pañales y biberones—espetó con molestia, la niña no deja de quejarse.

—¿Pañales, biberones… que coño esta pasando?—dice asombrado, ya despabilado.

¡Dios, dame paciencia!

—Me vinieron a dejar a una niña en una cesta, el problema no es que no quiera cuidarla, el problema es que la madre es una de las tías que me he follado quien sabe cuando. Necesito ayuda urgente y ya es tarde. Debo salir y no tengo con quien dejarla—exclamó frustrado, de fortuna la niña dejó de quejarse y se durmió en mis brazos.

Trato de acomodarla en el sofá, pero no puedo y ya es tarde.

—¡Mierda, mierda! ¿Dónde está Marina?—pregunta exasperado por mí nana, la cual hoy, tiene el día libre.

—Hoy es su día libre, no puedo molestarla, haga lo que le pedí y me alcanza en la oficina. No puedo dejar a la bebé aquí sola.—cuelgo el teléfono y me pongo en marcha, la meto de nuevo en la cesta gigante, bajo el ascensor y me enfiló al parqueadero, veo que los mismos socios del edificio me miran con desagrado, me importa un pepino.

Engancho con los cintos de seguridad la cesta, me subo al piloto del auto y me voy directo a la empresa, papá no estará de humor con tanto que llevo para contarle. La bebé empieza a sollozar, supongo es por la posición y el lugar incomodo, que sé yo. Gracias al cielo estamos ya a unos pocos metros de entrar al parking del edificio. Terminó de aparcar, me salgo del auto y estando a unos veinte pasos de distancia, recuerdo que la niña se quedó en el auto, corro para verla y ella está ahí, dedicándome una mirada seria. ¿Será que entiende que soy un tonto total? Pueda que sí.

—Perdóname, no tengo una idea de como tratar con niños y peor, de tu edad—trato de explicarle y sé, no me entiende un pepino.

Ver sus manitas tan pequeñas me causa ternura, pero debo de ir de inmediato a servicios familiares y ponerla a merced del estado, ni siquiera sabría si es mía, me he cuidado en todos los encuentros que he tenido.

Ahora sí, vamos juntos hacia el elevador, presionó el botón del piso 21, con una niña en brazos que de seguro tiene hambre, mandare a pedir Nuggets de pollo para darle y algún refresco, sí, seguro.

Entro al fin a las instalaciones donde se encuentra mi padre, con 45 minutos de retraso, entró como si nada al recinto, del bullicio de las computadoras, impresoras, gente murmullando y algún que otro tipejo cantando flamenquillo en horario laboral, el silencio sepulcral se hace notar y palpar en cuanto me ven con la bebé en brazos.

—Demasiadas bocazas abiertas—espete irritado.

De inmediato, todos aplacan mis palabras y nuevamente se dedican a “trabajar” siendo lo que menos hacen por acá.

—Señor Cayetano, ya lo anunció—dice Raquel, la recepcionista más vieja que tiene la empresa, la que forma ya parte del inventario.

—Que no me digas señor, Raquelita. Con que me digas Tano, es más que suficiente—Ella sonríe y cuando me ve detalladamente, se queda perpleja.

—Ella es María E, la hija de una buena amiga. No tenía quien la cuidara y me ofrecí a hacerlo pero, no tengo puta idea de que hacer—digo, meciendo a la bebé en mis brazos, veo que se durmió y eso, en cierta parte me hace entrar en calma.

—Se nota, querido. Dame aquí a ese retoño que de seguro tiene hambre, frío y necesita un cambio de pañal—dice en tono preocupado.

Se la entrego de inmediato, —Manda a pedir unos Nuggets de pollo y un refresco, cárgalo a mi cuenta y dale de comer—acotó sin más. Ella me ve con una cara de susto y risa, no se como pero, es graciosa.

—Tano, esta bebé tiene a lo mucho unos cuatro meses. No come aún más que sólo fórmula o leche materna. No podemos darle Nuggets, ahora, dame la pañalera—exclama.

No sé ni que es una pañalera, Dios.

—¿Qué es eso? No sé, pero si son pañales, Nathan debe de traerlos y unos biberones, te la encargo, voy a con papá—estoy a punto de girarme para entrar al despacho de papá pero, inmediatamente Raquel me toma del brazo.

—Dicen que las señoras de mi edad, con el tiempo adquirimos más sabiduría. ¿De dónde sacaste a esta niña? Ella no es hija de una amiga. Tiene tus rasgos, recuerda que yo te conocí de crio—dice con su voz risueña y a la vez asustada.

No puedo mentirle a este pan de Dios.

—Me la llegaron a dejar a la puerta, Raquel. No sé quien será o si es una pésima broma. No puedo criar a esta bebé, ni siquiera se que darle de comer… prometo que resolveré esto, mientras, debo de entrar con papá a decirle que acepto ser el ceo de esta empresa pero que no hay boda con Constanza DiVaio.

Ella se queda atónita, la bebé sigue dormida y yo, paso los dedos sobre mi cabello, con un toque de ligera preocupación. No puedo demostrar que estoy asustado y muriendo, no puedo.

—Esta bien, yo me encargo de esta belleza. ¿Me puedes dejar la tarjeta de crédito? Esta bebé necesita un baño, ropita y demás cosas… yo te ayudare en lo que pueda—me abraza fuertemente y agradezco tener una mano amiga en estos instantes.

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