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Portada de la novela El Lugar más Secreto de mi alma

El Lugar más Secreto de mi alma

Gonzalo disfrutaba de una aparente plenitud hasta que el destino lo cruza con Sofía, una mujer de firmes convicciones. Entre ellos surge un romance clandestino que desafía las normas de su círculo social. A pesar de los temores y las brechas que los separan, ambos optan por arriesgarlo todo por su conexión. Con una narrativa realista y erótica, esta obra cuestiona si el amor es suficiente para vencer los prejuicios y los sacrificios personales más profundos.
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Capítulo 3

Finalmente se decidió a ir a la habitación y comenzó a caminar, pero al llegar al salón, allí estaba Ana María esperando. Sofía saltó de la sorpresa de encontrarse a alguien de esa forma.

— ¡¡¡An!!! ¡Chica, que casi me matas del susto! — le reclamó. — ¿Qué haces despierta a esta hora y deambulando por la casa en la oscuridad?

—¿Y tú creíste realmente que me iba a dormir muy tranquila? ¡Cuéntame qué pasó con el viejo! — respondió la muchacha quien iba vestida con un pijama que le iba muy grande.

— An, no hables de esa forma de Gonzalo —advirtió.

— Cómo se supone que le diga: ¿el joven del ayer? Le digo viejo, porque es un viejo.

— ¡Es un caballero estupendo! — le contó a su amiga. — Pasamos una velada fabulosa. No nos alcanzó la noche para conversar ¡Sabe tanto de tantas cosas! —dijo ensoñadora Sofía.

— Amiga, ¿te estás escuchando? — le reclamó Ana María — ¡Sabe de todo porque tiene mil años en la tierra! ¡Es un dinosaurio! — agarró a Sofía por los hombros y la zarandeó — ¡Despierta, tonta! ¡Ese hombre podría ser tu padre!!

— ¡Pero no lo es! —le espetó Sofía —y es un hombre tan galante, tan respetuoso, tan amable, tan...

— ¡Tan viejo! — la interrumpió An —¿Sí te das cuenta de que ese señor debe tener mínimo el doble de tu edad? ¿Qué se supone que tienen en común? Reacciona o voy a tener que darte de cachetadas.

— Ya basta, Ana... Gonzalo es guapísimo y si lo conocieras verías lo encantador que es. ¡Pasé una velada como nunca antes con nadie! Me fascinó salir con él y espero que cuando volvamos a vernos sea tan fabuloso como hoy.

— ¿Ah, pero es que pretendes volver a verlo? — le preguntó asombrada su amiga —¿Qué te está pasando, Sofía? Jamás habías salido con alguien como él. Ese tipo es un anciano.

— ¡No exageres, Ana María, por Dios! Tiene unos años más que yo, pero tampoco es un anciano. ¡Y esas canas en las sienes se le ven tan sexy! Y esa boca tan hermosa... ¿Es que de verdad no has podido ver esos ojos? — le preguntó incrédula — ¡Ese hombre está como quiere!

— ¡No, no, no, un momento... como quiere está Chayanne! Que cuando tenga 100 años se va a ver igual de sexy que ahora. Pero eso no se puede decir de todos. No te voy a negar que Gonzalo, que hasta nombre de viejo tiene, es guapo y que en sus tiempos debe haber roto unos cuantos corazones, pero de allí a que me digas que está como quiere... ¡Por favor! Tú debes haber sufrido algún accidente cerebro vascular.

— ¡Bueno ya basta An! ¡Eres mi amiga y te quiero, pero ya está! Me gusta Gonzalo, la pasé muy bien con él, cuando me besó fue especial y...

—¿Te besó?— la interrumpió azorada An con los ojos abiertos al máximo — ¡Ése es el colmo! ¿Cómo me vas a decir que permitiste que te besara? —hizo como si se estremeciera de horror.

— De hecho, casi tuve que pedírselo, porque es tan caballero que no se atrevía a hacerlo... —le sonrió provocadora a su amiga.

— Un aneurisma. ¡Diagnóstico definitivo! Amiga, algo está mal aquí y tienes que aceptarlo. Eso no es normal. ¿Cómo te vas a enamorar de ese hombre tan mayor y así, de golpe? Tú no eres así.

—Yo no he dicho que esté enamorada. solo lo he visto dos veces. Que te diga que me gustó el hombre no significa que estoy loca por él. Quiero volver a verlo. Me gustó cómo me sentí cuando me besó. Es un hombre súper entretenido, habla con ese tono respetuoso que ya no se encuentra, menos aún en esos tipos cutres que conocemos cuya idea de una cita romántica es aparecerse con una rosa que compraron en una esquina y poner alguna balada en el reproductor del auto y nada más le lanzas una media sonrisa y piensan que ya caímos como una colegiala.

— Es cierto, hay mucho patán suelto, pero de ahí a salir con un viejo...

— Pues voy a seguir viéndolo... Nadie ha hablado de algo serio, pero disfruté mucho con él y quiero seguir haciéndolo.

—Hasta donde yo sé soy soltera, sin compromiso, soy mayor de edad y puedo decidir lo que hago con mi vida. Ya me quiero ir a dormir...

— Y supongo que a soñar con tu noviosaurio? — sonrió Ana a su amiga — escucha bien lo que te voy a decir: sí, eres libre de hacer lo que quieras, pero... ¿él también lo es? Porque a esa edad no creo que sea solterito y sin compromiso. El hombre no es feo, es verdad... ¿no te dijo si existe una señora Márquez?

— No le pregunté. En verdad no me pareció adecuado.

— ¿Cómo que adecuado? ¡Eso es lo primero que hay que averiguar, Sofía! Más aún cuando hasta te has besado con él. ¿Dónde dejaste el cerebro guardado, chica? — le reclamó asombrada Ana

— Si, tienes razón. Te prometo que lo voy a averiguar y si el hombre es casado lo mando a nadar al Mar Muerto. ¿Te basta eso? — la miró suplicante —¿Me vas a dejar que vaya a dormir en paz?

— No, porque... — Ana pasó su brazo sobre los hombros de su amiga —primero me tienes que contar todo, absolutamente todo de lo que pasó esta noche y qué hizo el gerontosaurio para dejarte con esa mirada de idiota — sonrió y le pellizcó una mejilla a Sofía — ¡Y mira que dije tooooodoooo!

Las chicas se fueron a la habitación de An riendo y empujándose una a la otra.

La semana transcurrió con mucho trabajo para Sofía. Parecía como que la emergencia jamás se iba a vaciar. Estaba exhausta y se sentó un rato en la sala de descanso. Casi deseaba dormirse sentada. Había salido un par de veces con Gonzalo durante las noches que no había tenido guardia y ahora su cuerpo acusaba la falta de sueño.

Sentada allí, recordaba con placer lo bien que la había pasado con él. La sorprendió gratamente cuando la invitó a una obra de teatro que ella deseaba ver desde su estreno y nunca sacaba el tiempo para hacerlo y al terminar, fueron a comer. Sofía no recordaba haberse divertido tanto nunca con ningún otro hombre en una cita. Le encantaba su sarcasmo ante la vida y su sentido del humor sin filtros.

Luego, a mitad de semana, por el trabajo de la chica, las noches se complicaban para verse, así que Gonzalo la llamó un día para buscarla un rato antes de la hora de almorzar y Sofía no entendía por qué se dirigía a un parque, hasta que al llegar, él abrió su maletero y sacó una canasta y tomado de la mano con Sofía, la guió hasta un claro debajo de un árbol. Allí desplegó un mantel y dispuso todo un picnic para ellos. Comieron en agradable conversación y tuvo que ser cuidadosa con el delicioso vino que Gonzalo le servía para no aparecerse en el hospital pasada de tragos. Con su copa en la mano, lo observaba relajado recostado en el tronco del árbol, con su camisa sin corbata. Se veía tan guapo, tan seguro de sí mismo, tan dueño del mundo. La miraba con esos ojos negros profundos pero tan limpios, tan sinceros. ¡Todo era tan cliché, pero se sentía super bien!

Sin desearlo en lo más mínimo, se vio obligada a recordarle que debía ir a trabajar y aunque lo único que deseaba era recostarse en el pecho de Gonzalo y tomar vino, se levantaron y Gonzalo la llevó al hospital.

Este día estaba allí, cansada a niveles de dolor, cuando una de sus compañeras la llamó. Sofía se quejó y le dijo que estaba en su descanso, que alguien más atendiera la emergencia, pero la joven insistió. Ella se levantó y arrastrando los pies, salió para encontrarse con un joven que sostenía en sus manos un inmenso ramo de flores, lirios, sus favoritos.

Sofía le indicó donde ponerlo y revisó la tarjeta.

"Algo hermoso que mirar, para que sientas lo que yo, cuando estoy contigo." Tuyo. G.M.

Sofía aún no salía de su embeleso, cuando todos sus compañeros comenzaron a bromear con ella, como era la costumbre si alguien recibía algún obsequio delante de los otros.

— ¡Vayan a trabajar, pesados! —guardó la tarjeta en su bolsillo, mientras una sonrisa iluminaba su rostro.

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