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Portada de la novela El Lugar más Secreto de mi alma

El Lugar más Secreto de mi alma

Gonzalo disfrutaba de una aparente plenitud hasta que el destino lo cruza con Sofía, una mujer de firmes convicciones. Entre ellos surge un romance clandestino que desafía las normas de su círculo social. A pesar de los temores y las brechas que los separan, ambos optan por arriesgarlo todo por su conexión. Con una narrativa realista y erótica, esta obra cuestiona si el amor es suficiente para vencer los prejuicios y los sacrificios personales más profundos.
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Capítulo 1

Su tienda era su orgullo. La había fundado y visto crecer con esfuerzo. Cada antigüedad había sido escogida con esa destreza especial que él tenía para seleccionar las mejores piezas. A sus cincuenta y cinco años había logrado todo lo que se había propuesto. Incluso un buen matrimonio mientras duró.

La rutina hizo mella en aquella unión tranquila que tuvo con Estela, pero se dieron cuenta de que ya no había amor, la pasión se había perdido. Estela era guapa, sofisticada y cariñosa pero entre ellos ya no había lo necesario para continuar siendo una pareja.

Tuvieron dos hijos, Armando y Lucía. Veinteañeros cuando el matrimonio de sus padres se derrumbó. Tuvieron un divorcio tal como lo había sido su matrimonio: amistoso y sin mayores emociones. Ahora era un hombre soltero de nuevo.

Alto, guapo, distinguido, sonrisa encantadora y mirada profunda. Su soltería le gustaba, se sentía cómodo con la vida que tenía.

No sabía cuán cerca estaba de vivir el mayor cambio en su vida, cuando abrió su tienda esa mañana.

Allí se encontraba, tasando algunos artículos, cuando entró aquella joven. Alta, distinguida y elegante. Llevaba unos vaqueros con una delicada camisa blanca sin mangas, hombros finos y suaves bajo su cuello espigado. Una mirada decidida y a la vez cándida en aquellos ojos color caramelo, su boca de labios color rosa, cabello castaño, liso y de corte recto perfecto. En la vida de Gonzalo hubo mujeres hermosas, pero esta chica tenía ese frescor y esa facilidad de movimientos de quien no tiene que hacer nada para ser notada. Inmediatamente Gonzalo mostró su encantadora sonrisa y se dirigió a ella.

— Gonzalo Márquez. ¿En qué puedo ayudarle?

La chica batió su lacia cabellera castaña y le explicó:

—Busco el regalo perfecto para el aniversario de mis padres, pero hasta ahora, nada ha podido convencerme. Quiero algo distinto, interesante, pero no sé lo que es. ¿Puede recomendarme algo?

—Sin duda, señorita...— hizo una pausa a propósito para que dijera su nombre, a lo cual ella repuso enseguida:

—Sofía... Sofía Montemayor— le tendió la mano, la cual él estrechó con la mayor caballerosidad — Es un placer.

— El placer es todo mío, señorita Montemayor.

—Sofía, por favor, llámeme Sofía. Muy bien, Gonzalo. ¿Podría recomendarme algo?

— Efectivamente, tengo algo que si sus padres aprecian las antigüedades, debería fascinarles. Se trata de un juego de baúles gemelos para joyas, del siglo 18 elaborados para una pareja. Acompáñeme y se los enseño.

Se dirigieron a otra zona de la extensa tienda y efectivamente, los baúles eran perfectos. Exquisitamente labrados en madera de ébano. Sofía sintió emoción al conseguir por fin el regalo perfecto. No importaba cuánto debiera pagar por ellos, eran hermosos y a sus padres les encantarían.

Gonzalo comenzó a hablarle de la historia del juego de baúles, pero Sofía ya no le escuchaba. Lo miraba, aparentemente interesada en lo que decía, pero en su interior observaba aquella boca gruesa y sexy, esos ojos profundamente negros en los cuales sentía que podría hundirse. Y cuando le sonrió y mostró sus dientes perfectos, ella literalmente sintió un vuelco dentro de su pecho.

" ¡Sofía, control! ¿Qué te pasa? ¡Este hombre puede ser tu padre!" — se dijo a sí misma llamándose al orden.

Mientras tanto, en la mente de Gonzalo sucedía algo parecido y es que el hombre no lograba comprender lo que despertaba en él esa chica, quien muy probablemente, tuviera la edad de su hijo Armando.

Trató de mantener la compostura y de esa forma, logró realizar la venta y fue al facturar cuando le pidió a Sofía sus datos personales para realizar el envío del obsequio, cuando supo que la joven vivía en uno de los sectores más exclusivos de la ciudad.

—No debe preocuparse por nada, sus padres recibirán su obsequio el día y hora convenidos, yo mismo me ocuparé de ello.

— Confío en usted, Gonzalo. ¡Estoy segura de que mis padres adorarán estos baúles! Tiene mi teléfono por si hubiera algún problema — le tendió su mano y se despidieron amablemente.

Gonzalo se dirigió a su oficina y cerró la puerta. Caminó a su pequeño bar ubicado en una esquina del despacho, se sirvió un trago y se sentó ante su escritorio. Se sintió absurdo al no poder sacar de su cabeza la imagen de la joven. Una y otra vez venía a su mente aquel rostro de barbilla erguida y esos ojos en los que se sumergía. Se regañó a sí mismo al pensar en la edad de la joven.

Esa misma tarde Sofía se encontró con su amiga Ana para comer, quien, viendo a Sofía abstraída en sus pensamientos, la interpeló:

— ¿Entonces vas a decirme de una vez lo que piensas o lo tengo que adivinar? — la chica pelirroja era la mejor amiga de Sofía desde el instituto y siguieron juntas en la universidad mientras cursaban la carrera de Medicina y aún ahora durante la residencia para optar al máster. — Más te vale que me digas qué es eso tan interesante por lo que me tienes hablando sola hace rato.

—Con sinceridad, An... — hizo un gesto de resignación ante la intensidad de su amiga —Hoy conocí a alguien.

— ¡Ya lo sabía! ¡Cuéntamelo todo!

— No hay nada que contar, no seas cotilla.

—¿Y quién es él?

— Se trata del dueño de la tienda donde compré el regalo de aniversario de mis padres. Un par de baúles antiguos, tipo joyeros, preciosos.

— No me interesan los baúles. Acabas de decir "el dueño". ¿Se trata de una tienda de antigüedades?

— Sí, la que está en la avenida 12...

— No me interesa dónde está. — Exclamó con ojos muy abiertos — ¡Háblame del hombre, por Dios!

— No sé cómo explicarte, tiene una mirada profunda, unos labios muy sensuales y una sonrisa espectacular.

— ¿Y qué pasó? ¿Le diste tu número?

— Sí, al principio no encontraba nada que me gustara, pero tan pronto me atendió él, supo lo que buscaba, pareció cómo si me leyera la mente. Es un experto.

— ¿Y ese experto no te tiró los tejos?

— En realidad, creo que sí, pero no estoy segura.

— ¿Y qué hizo? ¡Venga, canta de una vez!

— Nada, no hizo nada. ¡Es un caballero! Es que es un poco mayor que yo — dijo cautelosamente Sofía— Quizás por eso...

—¿Qué tan mayor? Tú tienes 26... Digamos que de algunos 30 o 35? Digo, porque es el dueño... — expresó pensativa Ana.

— Creo que... podría tener un poco más— expresó cautelosa la joven.

— Un poco más...¿cómo cuánto? porque mira que ya va pasando de categoría, de tipazo a vintage. Tampoco es cuestión de andar mirando clásicos.

— Sinceramente, un poco más. No podría precisarte. Y dime ¿por fin te dijeron tus padres si estarán en la ciudad para ir a la fiesta de aniversario? — eludió la conversación y cambió el tema.

Los días transcurrían y Gonzalo no lograba sacar de su pensamiento a aquella chica. Esos ojos lo atormentaban y moría de ganas de verlos de nuevo. Eso pasaba por su cabeza cuando, sin detenerse a pensar lo que hacía, tomó su móvil y comenzó a marcar el número que aparecía en la factura de Sofía.

Cuando comenzó a sonar, sintió un instante de pánico y deseó que no respondieran, pero no fue así y la suave voz de Sofía se escuchó al teléfono. Sorprendido de su propio atrevimiento, la saludó respetuosamente:

— Hola, Sofía, habla Gonzalo Márquez... quizás no me recuerda. Soy...

— Claro que le recuerdo, Gonzalo, ¿qué tal? ¿Hay algún problema con el regalo de mis padres? — preguntó curiosa y muy extrañada.

—No, ningún problema afortunadamente. Solo quise confirmar la fecha y la hora de la entrega por si hubiera surgido algún cambio... — cerró los ojos regañándose por lo estúpido de su excusa.

—No, hasta ahora no hay cambios...— habló atropelladamente Sofía sintiéndose nerviosa como una colegiala.

— Sofía... —la detuvo antes de que continuara la frase y aclaró su voz —antes que nada, me disculpo si consideras esto un abuso de mi parte, pero realmente te llamo para invitarte a tomar algo conmigo, o quizás a cenar — comenzó a tutearla y se sintió como un tonto. Cerró los ojos esperando escuchar la negativa de la joven. ¡¿Por qué una mujer tan joven querría salir con él?!

— Me encantaría, Gonzalo. — se sorprendió a sí misma Sofía respondiendo a su nueva forma de hablarle— Sí, me gustaría ir a cenar contigo.

Aún sin poder creerlo, Gonzalo se las arregló para responder.

— ¿Te parece bien el viernes a las 8? ¿Podría pasar a buscarte a tu casa?

— Muy bien, pero estoy quedándome en casa de una amiga por un par de semanas. Toma nota de la dirección.

Gonzalo apuntó la información y se despidió amablemente. Colgó el teléfono y lo dejó sobre el escritorio. Luego se llevó las manos a la cabeza sin poder creer en su atrevimiento de llamarla y menos aún en la aceptación de la joven.

Por su lado, Sofía estaba en shock y su amiga de pie a su lado, la miraba expectante.

— ¡¿Y a ti qué te ha pasado?! ¿Quién llamó que tienes esa cara?

— Era Gonzalo... quería invitarme a cenar el viernes— dijo tratando de sonar casual.

—¡Entonces vas a salir con él y no te hiciste de rogar! ¿Qué pasará con este Gonzalo que te trae de un ala?

Sofía hizo un mohín a su amiga, le dijo que se callase.

— No me importa que no quieras hablar. Igual lo voy a conocer el viernes cuando pase por ti a mi casa.

Sofía se dio cuenta de su error. ¡Debió citarse con Gonzalo en otro lugar! Ana haría un escándalo cuando lo conociese. Supo que debió negarse, pero tenía tantas ganas de verlo de nuevo.

Ambas chicas se dedicaron a su trabajo con los pacientes del hospital, sabían lo importante que era para ellas ser médicos residentes en lugar de ser estudiantes de Medicina, aunque para Sofía eso, en ese justo momento, no era su prioridad, sino saber qué le ocurría con ese hombre tan distinto a todos aquellos con los que había salido hasta ese momento.

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