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Portada de la novela El Lugar Donde Se Pone El Sol

El Lugar Donde Se Pone El Sol

Mila Dervishi regresa a Berat para liquidar el legado de su abuela, una propiedad envuelta en mitos sombríos. Aunque su plan inicial es vender la casa, el hallazgo de pistas sobre la extraña desaparición de su madre altera su rumbo. Junto a Blerim, un restaurador marcado por el dolor, Mila descifra antiguos retratos y cartas que cuestionan su identidad. Entre un amor emergente y enigmas familiares, ella enfrentará el dilema de escapar o sanar su linaje.
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Capítulo 3

A la mañana siguiente, Mila se despertó con el sonido de pasos afuera. Se levantó despacio, con el cuerpo dolorido de tanto cargar cajas y doblar sábanas viejas el día anterior.

Miró a su alrededor: el cuarto improvisado todavía parecía un depósito, pero al menos había una cama sin manchas y un enchufe funcionando donde pudo cargar el celular.

Blerim había cumplido su promesa. Al final de la tarde anterior, reapareció con un electricista y un fontanero locales. Pasaron horas hablando en albanés, señalando los cables colgando del techo, manipulando las tuberías oxidadas que salían de la pared del pasillo. Mila no entendió ni la mitad de la conversación, pero al final, escuchó la noticia que no sabía que deseaba tanto:

- Luz y agua funcionando. - Blerim había dicho, limpiándose las manos con un trapo sucio. - No recomiendo confiar mucho en el calentador, pero al menos puedes ducharte con agua caliente.

En ese instante, casi sonrió. Casi.

Ahora, mientras se calzaba las zapatillas, sentía el frío del suelo subir por las plantas de los pies. Era julio, pero ahí dentro todo parecía guardar un invierno antiguo.

Caminó por el pasillo despacio, observando cómo la luz filtrada por las cortinas polvorientas dibujaba formas en el suelo - sombras alargadas que se movían a medida que caminaba. Al fondo, oyó a Blerim hablando por teléfono, la voz baja y firme. Cuando se acercó, él colgó y se dio la vuelta hacia ella.

- ¿Dormiste aquí mismo? - preguntó, alzando una ceja.

- Dormí. - dijo Mila, intentando no parecer insegura. - El cuarto está... aceptable.

- ¿Y el baño?

- Funcional, por lo menos. - respiró hondo. - Mejor de lo que esperaba.

Él sonrió levemente.

- La casa agradece tu indulgencia.

Ella cruzó los brazos, arqueando una ceja.

- ¿La casa agradece?

- Sí. - se encogió de hombros. - ¿No lo notaste? Parece más... viva. Menos abandonada.

Mila negó con la cabeza, pero no respondió. Porque, en el fondo, sentía exactamente eso. Cada habitación que tocaba parecía despertar despacio, como si reconociera su presencia.

- Hoy voy a seguir por la parte de atrás. - dijo él, cambiando de tema. - Necesito verificar si la estructura ahí está comprometida. Pero si quieres empezar a organizar lo que pretendes conservar, puedes usar el cuarto al lado del tuyo. El piso allí está firme.

- Gracias.

- Y, Mila... - dudó, como si pensara si debía hablar. - Si sientes que... que no estás bien, avísame. A veces, estas casas antiguas nos remueven por dentro de una forma extraña.

Ella contuvo la respiración por un instante. No sabía si molestarse por la condescendencia o conmoverse por la preocupación. Eligió no responder nada y pasó junto a él, yendo hasta el cuarto que había decidido transformar en depósito temporal.

El cuarto era estrecho, con una sola ventana alta. En las paredes, pequeños clavos aún sujetaban trozos de tela que debían haber sido cortinas. Mila apiló algunas cajas vacías en una esquina y comenzó a abrir las que Blerim había traído desde la sala.

Dentro, había de todo: fotografías sin fecha, libros con dedicatorias en caligrafía antigua, toallas bordadas, latas vacías de galletas, pañuelos que conservaban el olor de alcanfor y algo que recordaba a tierra mojada.

En una de las cajas, encontró un álbum de tapa roja. Lo abrió despacio. Las primeras páginas estaban pegadas, pero después, surgieron las fotografías - retratos de boda, niños que no reconocía, rostros que se repetían en fiestas, entierros, bautizos. Algunos miraban a la cámara como si supieran que serían observados mucho tiempo después.

En el fondo del álbum, un sobre pequeño. En él, solo una palabra escrita a lápiz: Për të. Para ella.

El corazón de Mila dio un vuelco.

Se sentó en el suelo, con el álbum en el regazo, respirando hondo antes de abrir el sobre. Dentro, encontró un trozo de papel doblado muchas veces. Al desplegarlo, reconoció la caligrafía firme de su abuela.

Mila, si estás leyendo esto, significa que ya no estoy ahí para explicarte. Tal vez nunca fui buena con las palabras. Tal vez tomé decisiones que jamás vas a entender. Pero quiero que sepas que todo lo que hice fue para protegerte. La casa guarda verdades que pueden herir y sanar al mismo tiempo. Cuídala si puedes. Pero, sobre todo, cuídate a ti.

Cerró los ojos, presionando el papel contra el pecho. Una lágrima caliente se deslizó, demasiado rápida para contener. Intentó alejar la voz interior que le decía que tal vez nunca descubriría todas las verdades - y que, en el fondo, no sabía si quería.

Más tarde, encontró a Blerim en el pasillo del fondo. Estaba arrodillado cerca de una pila de ladrillos sueltos, examinando lo que parecía ser un antiguo pasaje bloqueado.

- ¿Algún problema? - preguntó ella, con la voz aún ronca.

Él levantó la vista.

- No lo sé con certeza. Puede ser solo una reforma mal hecha, pero... - Pasó la mano por la pared, como quien intenta sentir algo más allá de la superficie. - Puede que aquí haya habido una trampilla. O una conexión con el sótano.

- ¿Sótano?

- Cada casa antigua como esta tiene uno. Y no siempre son lugares donde quieres entrar.

Ella tragó saliva.

- ¿Lo vas a abrir?

- No hoy. Necesito las herramientas adecuadas. - Se puso de pie, limpiándose las manos en el pantalón. - Pero si quieres, podemos sellarlo y fingir que nunca estuvo aquí.

Mila pensó por un instante. Y se dio cuenta de que ya no quería fingir nada.

- No. - dijo, bajando la voz. - Si hay algo ahí, quiero saberlo.

Blerim la observó por un momento que pareció más largo de lo debido. Luego asintió.

- Está bien.

Al final del día, cuando él ya se había ido, Mila se quedó sentada en el escalón de la entrada. El cielo comenzaba a oscurecer en tonos de lila y óxido, y la casa parecía respirar detrás de ella - un suspiro antiguo, profundo, que subía por las paredes y llegaba hasta el tejado.

Miró hacia la calle, donde no pasaba nadie. Todo Berat parecía contener el aliento.

Por un instante, pensó en tomar las maletas y volver a la pensión. Pero no pudo moverse.

Tal vez fuera más fácil pensar que todo aquello era solo madera y piedra. Pero algo en ella - algo que se negaba a callar - sabía que no era solo eso.

Allí, en ese lugar donde el sol se ponía despacio, Mila comprendió que no solo estaba abriendo puertas. Estaba dejándose quedar.

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