
El loto del Corazon
Capítulo 2
El teléfono de Héctor vibró una vez más, interrumpiendo el sonido constante de la lluvia sobre el cristal de su ventana. Aún sin entender completamente el giro que su vida había tomado, había decidido tomarse el día libre, pero las noticias no dejaban de llegar, como una ola de preguntas y felicitaciones que no podía controlar. El número desconocido en la pantalla no lo hizo dudar. Lo reconoció al instante, aunque hacía años que no lo veía.
Laura.
Había sido su primer amor. Su relación, llena de promesas rotas y momentos complicados, había quedado atrás mucho tiempo antes de que Héctor tomara su vida en una dirección distinta. La había dejado porque algo en su corazón le decía que no era la mujer con la que quería construir su futuro. Pero, como todo lo que no se cierra adecuadamente, los recuerdos de Laura seguían ahí, como una sombra que siempre se dejaba ver en su periferia.
Sin pensarlo mucho, aceptó la llamada.
-¿Héctor? -la voz de Laura sonaba tranquila, aunque Héctor podía notar algo en su tono, como si intentara ocultar una emoción que no lograba disimular.
-Sí, soy yo -respondió Héctor, sintiendo cómo su pecho se apretaba un poco al escucharla. Después de tantos años, su voz aún tenía ese poder sobre él.
-Escuché lo que pasó... la lotería, ¿verdad? -dijo ella, como si todo fuera lo único que importara en ese momento. Héctor no pudo evitar notar la ligereza en sus palabras, algo que lo hizo sentir incómodo. No era su preocupación lo que lo inquietaba, sino el tono con el que abordaba la situación. Laura nunca había sido muy buena para mostrar empatía.
-Sí, eso... -Héctor respondió, con un tono más frío de lo que había planeado.
Hubo una pausa. Héctor pudo escuchar la respiración de Laura al otro lado de la línea, como si estuviera decidiendo cómo continuar la conversación. Finalmente, ella habló, pero esta vez de una manera diferente, como si estuviera abriendo una puerta que había permanecido cerrada por mucho tiempo.
-Quiero verte, Héctor -dijo Laura, su voz ahora algo más suave-. Necesito hablar contigo, necesito pedirte perdón.
Esas palabras cayeron sobre él como una sorpresa. Perdón. Héctor nunca pensó que Laura usaría esa palabra. Si había algo que él había aprendido de su relación con ella, era que Laura rara vez se disculpaba por nada. Siempre había sido la clase de persona que, aunque cometiera errores, encontraba una manera de justificar sus decisiones.
Héctor respiró hondo y miró a su alrededor, como buscando algo que lo anclara a la realidad. Su vida estaba en una nueva etapa, una que no incluía a Laura. Había dejado todo atrás por una razón, y aunque no todo había sido fácil, había logrado encontrar algo más cercano a la paz que alguna vez pensó que perdería.
-Laura, no sé si eso sea una buena idea -respondió, con una mezcla de firmeza y duda-. Mi vida... ahora está cambiando, y no sé si quiero reabrir viejas heridas.
Laura no se dejó vencer. Sabía cómo hacer que Héctor dudara, cómo manipular las palabras para que sonaran como una promesa en lugar de una demanda.
-Héctor, no te pido que volvamos a ser lo que fuimos. Solo... quiero que me escuches, necesito explicarte muchas cosas. No puedo seguir con mi vida sin cerrar este capítulo. Y lo siento... de verdad, por todo lo que pasó.
Héctor guardó silencio. Sabía que las palabras de Laura siempre tenían un peso, y aunque su relación había terminado, nunca había recibido las respuestas que necesitaba de ella. Durante todo ese tiempo, había quedado una sensación de incomodidad, algo que no se resolvió con el tiempo. Laura nunca le había explicado por qué se había comportado de la manera que lo hizo, por qué lo dejó cuando él más la necesitaba, por qué no luchó por lo que tenían.
-Está bien -dijo finalmente, más por la necesidad de terminar la conversación que por el deseo genuino de verla. Pero, de alguna forma, también sabía que esta era una oportunidad para encontrar algo que nunca había tenido: cierre.
Poco después, acordaron verse en un café cercano, un lugar neutral para ambos. Héctor, aún con la sensación de incomodidad, se preparó para lo que fuera a suceder. Tomó un abrigo, se arregló un poco, aunque sabía que en ese momento nada de lo que hiciera cambiaría el hecho de que algo de su pasado estaba a punto de reemerger.
La lluvia continuaba su ritmo monótono cuando Héctor llegó al café. Era temprano, casi vacío, con solo un par de personas leyendo o trabajando en sus laptops. Héctor pidió un café negro, algo para calmar los nervios que no sabía bien cómo manejar. Se sentó en una mesa del fondo, esperando.
A los pocos minutos, vio a Laura entrar. No la reconoció de inmediato; los años, las decisiones, todo había cambiado. Aunque seguía siendo la misma mujer que conoció, algo en ella era diferente. Estaba más delgada, tal vez más madura, pero esa misma mirada decidida seguía ahí, intacta.
Ella lo vio y sonrió ligeramente, acercándose con pasos cautelosos. Se sentó frente a él, como si fueran dos desconocidos que intentaban encontrar la conexión que alguna vez tuvieron.
-¿Cómo has estado? -preguntó Laura, intentando sonar casual, pero Héctor pudo notar que había algo en su tono que delataba la tensión.
-Bien, ya sabes, la vida sigue -respondió Héctor, evitando ahondar en detalles. Su respuesta sonó vacía, pero no le importaba. No quería entrar en una conversación trivial.
Laura asintió, sus dedos jugueteando con la taza frente a ella. Después, sin previo aviso, sus ojos se humedecieron, y su voz se quebró un poco.
-Te extraño, Héctor -dijo en voz baja, sin mirarlo directamente. Su confesión fue tan directa que le tomó por sorpresa. Héctor no esperaba escuchar eso de Laura. No de ella.
-Laura, eso... no tiene sentido -dijo Héctor, con la voz firme, aunque algo conflictuado por el dolor que sus palabras causaron en él-. Nos dejamos hace años, y aunque no puedo negar que una parte de mí todavía te recuerda, las cosas cambiaron. Yo cambié. No somos los mismos de antes.
Laura levantó la cabeza, lo miró con esos ojos que habían sido su refugio en el pasado, y por un instante, Héctor sintió que todo el tiempo que había pasado se derrumbaba ante él. Pero entonces, Laura habló con una claridad desconcertante.
-Lo sé. Y no espero que volvamos a estar juntos. Pero necesitaba pedirte perdón, por todo lo que hice, por no valorarte cuando debí. Sé que fui egoísta. Y ahora, quiero que lo sepas, que me arrepiento de todo lo que no supe hacer bien.
Héctor guardó silencio. Por un momento, las palabras de Laura flotaron en el aire entre ellos, pero no tuvo la respuesta correcta. No sabía si debía perdonarla, o si debía dejar que el pasado siguiera siendo eso: pasado.
Laura suspiró y se recostó en la silla, mirando por la ventana. En sus ojos, Héctor pudo ver algo que nunca había percibido antes: vulnerabilidad.
-Te deseo lo mejor, Héctor. De verdad. No sé qué pasa ahora en tu vida, pero espero que encuentres la paz que nunca pude darte. Y si alguna vez necesitas hablar... aquí estaré.
Héctor la miró en silencio, procesando lo que acababa de decir. Algo en su interior lo impulsó a darle una respuesta que, aunque no le daría todas las respuestas que buscaba, sí le traería paz.
-Gracias, Laura -dijo finalmente, con la voz más suave de lo que había planeado. Sabía que, de alguna manera, este era un paso necesario, tanto para él como para ella.
Laura sonrió, se levantó lentamente y, sin decir nada más, se alejó. Héctor la observó salir del café, y aunque su vida había dado un giro radical, algo dentro de él se sentía más liviano.
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