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Portada de la novela El Legado de un Amor Prohibido

El Legado de un Amor Prohibido

Después de un exilio de cinco años en España, vuelvo a México con la pequeña Luna. Ricardo, el tío que me desterró por amarlo en secreto, me recibe con desprecio. Durante una cena, su esposa Elena intenta humillarme con mentiras para apartarme. Para defenderme y herirlo a él, aseguro que Luna es mi hija y que estoy casada. La batalla ha comenzado; no dejaré que me derroten de nuevo mientras enfrento las sombras de este amor prohibido y peligroso.
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Capítulo 2

El avión aterrizó en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México con un golpe seco que me sacó de un sueño ligero y agitado. A mi lado, Luna dormía profundamente en su asiento, con la cabeza apoyada en mi regazo y sus pequeñas manos hechas un puño. El viaje desde Madrid había sido largo, casi doce horas de un zumbido constante que parecía haberse metido dentro de mis huesos.

Miré por la ventanilla. El cielo de México era de un azul intenso, salpicado de nubes blancas que parecían de algodón, muy diferente al cielo gris que había dejado atrás en España. Habían pasado cinco años, cinco largos años desde que me fui.

Una azafata pasó por el pasillo, su sonrisa profesional no ocultaba su cansancio.

"Señorita, hemos llegado. Puede desabrochar su cinturón."

Asentí sin decir nada, mis movimientos eran lentos, pesados. Desperté a Luna con suavidad, susurrándole al oído que ya habíamos llegado a casa. Ella parpadeó, confundida, y se aferró a mi cuello con la fuerza de quien teme ser abandonado.

"¿Ya estamos en México, mami?"

"Sí, mi amor. Ya estamos aquí."

El calor húmedo de la ciudad nos golpeó en la cara en cuanto salimos de la terminal. Era un calor familiar, pegajoso, que me trajo de golpe una avalancha de recuerdos. Recogimos nuestras dos maletas, una grande y una pequeña, todo lo que nos quedaba de nuestra vida en España.

Mi teléfono vibró en mi bolsillo. Era un número desconocido, pero sabía perfectamente quién era. Respiré hondo antes de contestar.

"¿Bueno?"

"Sofía. Soy yo, Ricardo."

Su voz sonaba exactamente igual, fría, distante, como si estuviera hablando con un socio de negocios y no con su sobrina. El corazón me dio un vuelco doloroso en el pecho.

"Tío."

"Ya estás en México, supongo. El vuelo aterrizó a tiempo."

No era una pregunta, era una afirmación. Él siempre lo sabía todo.

"Sí, acabamos de salir."

"Bien. Mandé a mi chofer, Raúl, a recogerte. Debería estar esperando en la puerta tres con un cartel con tu nombre. Te llevará al departamento que alquilé para ti en la colonia Roma."

Su tono era puramente funcional, como si estuviera organizando la logística de una entrega de mercancía.

"Gracias."

"Por cierto," añadió, y hubo una pausa. Pude imaginarlo en su oficina, mirando por la ventana de su rascacielos en Santa Fe, con su traje impecable. "Le compré un regalo a Elena por nuestro aniversario. Es un collar de diamantes. Espero que le guste."

Sentí cómo se me formaba un nudo en la garganta. Elena. Su esposa. La razón por la que yo estaba en España.

"Seguro que le encantará," logré decir, mi voz apenas un susurro.

"Una cosa más, Sofía," su tono se endureció de repente, volviéndose cortante como un cuchillo. "Espero que hayas madurado en estos años. No quiero que tengas pensamientos inapropiados sobre nadie. Especialmente no sobre mí. ¿Entendido?"

El aire se me fue de los pulmones. La humillación de sus palabras me quemó por dentro, tan viva como el día en que me fui.

"Entendido," respondí, mi voz rota.

Colgó sin despedirse.

Me quedé parada en medio del gentío del aeropuerto, con el teléfono en la mano y las lágrimas amenazando con desbordarse. Luna me miró con sus grandes ojos preocupados.

"¿Mami, estás bien?"

La abracé con fuerza, escondiendo mi cara en su pelo.

"Estoy bien, mi vida. Solo estoy un poco cansada."

Pero era una mentira. No estaba cansada, estaba destrozada.

La advertencia de Ricardo me transportó de vuelta a esa noche, la noche de mi vigésimo segundo cumpleaños. Había escrito en mi diario, como siempre hacía, pero esa vez escribí sobre él. Escribí sobre cómo lo amaba, no como a un tío, sino como a un hombre. Escribí sobre su sonrisa, sobre la forma en que sus ojos se arrugaban en las esquinas cuando se reía de verdad, algo que hacía muy pocas veces. Escribí sobre el dolor que sentía al saber que estaba comprometido con Elena.

Él encontró ese diario. No sé cómo, no sé cuándo. Pero lo hizo.

Al día siguiente, en lugar de una fiesta de cumpleaños, me entregó un boleto de avión para España y una carta de aceptación en una universidad que yo nunca había solicitado.

"Es una gran oportunidad para ti, Sofía. Para que estudies, para que veas el mundo," me dijo, su rostro inexpresivo.

Pero yo sabía la verdad. No era una oportunidad, era un exilio. Me estaba desterrando por atreverme a amarlo.

Y ahora, cinco años después, al volver a pisar mi tierra, su primera bienvenida era una advertencia, una forma de recordarme mi lugar. El lugar de la sobrina inapropiada, la que debía mantenerse a distancia.

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