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Portada de la novela El lazo de medianoche

El lazo de medianoche

El frío CEO Aarón D'Angelo dedica su vida a proteger el prestigio de su familia, pero su estabilidad se quiebra al conocer a Valeria Montez. Ella es la fisioterapeuta de su madre y posee información oculta sobre el turbio pasado de la riqueza de los D'Angelo. Mientras la pasión surge en la oscuridad, ambos se unen para desentrañar un enigma que pone en riesgo su legado. Aarón enfrentará el dilema de salvar su estatus o amar a quien conoce su secreto.
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Capítulo 3

La mañana en la Mansión D'Angelo se desplegaba con una precisión militar que Aarón apreciaba. A las seis en punto, la luz del sol golpeaba el mármol, a las siete, los informes de mercado estaban en su escritorio, y a las ocho y media, el chófer estaba listo. Era un universo de certidumbre.

Pero ahora, esa certidumbre tenía un nuevo punto focal: el ala de la casa de su madre, Doña Elena.

Aarón, que nunca desayunaba, se encontró tomando un café en la mesa del hall a las siete y cuarenta y cinco de la mañana. Su excusa era esperar un documento de la oficina de París. Su verdadero motivo era el horario de Valeria.

A esa hora, Valeria Montez ya había finalizado la primera sesión de fisioterapia de la mañana con Doña Elena, y comenzaba su labor como asistente de confianza.

Mientras Aarón hojeaba distraídamente un informe financiero, vio a Valeria emerger del pasillo. Llevaba ropa cómoda pero pulcra, su cabello oscuro recogido con la misma disciplina de su carácter. A diferencia de la noche anterior, hoy su rostro reflejaba solo profesionalismo, como si la conversación sobre historias y secretos nunca hubiera existido.

-Buenos días, Señor D'Angelo -saludó con una leve inclinación de cabeza, sin detenerse.

-Valeria -respondió él, su voz algo más grave de lo habitual. Sintió una ligera punzada de decepción por la brevedad del encuentro.

Ella continuó su camino hacia la cocina, supuestamente a preparar el té de hierbas especial de Doña Elena. Aarón observó cómo se movía, con una eficiencia silenciosa que contrastaba con el ritmo frenético de los demás empleados. No se apresuraba, pero tampoco perdía el tiempo.

Minutos después, Aarón dejó caer el pretexto de los informes y caminó hacia el salón principal, donde Doña Elena solía tomar su desayuno. La escena que encontró era un cuadro de intimidad prohibida.

Valeria estaba sentada al lado de Doña Elena, pero no como una empleada; más como una compañera o una nieta. Doña Elena bebía su té y Valeria leía en voz baja las noticias del día. No las noticias financieras que Aarón seguía, sino artículos sobre arte, política local y jardinería. Eran conversaciones de la vida, no de los negocios.

-...y la subasta benéfica del Museo del Prado está generando controversia por el precio base de la escultura -leía Valeria, con un tono neutro, pero cautivador.

-Tonterías -bufó Doña Elena con afecto-. Si fuera mía, ni la pondría en subasta. Aarón, hijo, deja de acechar el pasillo y siéntate.

Aarón entró, sintiéndose de repente como un extraño en su propia casa. Se acercó a su madre y besó su frente.

-Veo que te mantienen al día, madre.

-Valeria me mantiene cuerda -replicó Doña Elena, tomando la mano de Valeria-. No solo me ayuda con mis articulaciones, sino que me recuerda que hay un mundo fuera de los balances contables que tú nos obligas a vivir.

Aarón sintió una punzada de celos que tuvo que reprimir. Valeria había logrado en dos meses lo que él, como hijo, no había logrado en años: darle paz y una conexión auténtica a su madre.

-Me alegra que te sientas bien -dijo Aarón, dirigiéndose a Valeria con un tono formal, intentando reestablecer la jerarquía-. Valeria, ¿puedes asegurarte de que la información del viaje de mi madre a la clínica la semana que viene esté lista?

Valeria asintió sin alterarse.

-Ya está archivada, Señor D'Angelo. Todos los documentos médicos y la coordinación del transporte están listos en la carpeta azul sobre el escritorio.

Su eficiencia era tan impecable que no dejaba margen para una conversación. Era un muro profesional construido con perfección.

Doña Elena, notando la tensión subyacente entre su hijo y su asistente, intervino con astucia:

-Valeria, mientras Aarón intenta imponer su ritmo, ¿por qué no le cuentas sobre la traducción de anoche?

Valeria dudó un instante, mirando a Aarón con una reserva que él encontró fascinante.

-Doña Elena me pidió que tradujera unas notas antiguas de la abuela Lucía -explicó Valeria-. Estaban en un dialecto poco común y contenían referencias a la historia familiar, específicamente a la casa de campo en la que creció su madre.

Aarón se inclinó levemente. Este era el puente que había estado buscando.

-¿La casa de campo? ¿La de Castilla? Mi abuela no solía hablar mucho de ella. ¿Había algo de valor?

Valeria dudó visiblemente, un destello de conflicto en sus ojos.

-Solo valor sentimental, Señor D'Angelo. Describía los jardines, las rosas...

-Tonterías -interrumpió Doña Elena, con una sonrisa pícara-. Yo le dije a Valeria que buscara la historia detrás de la casa, Aarón. Se rumorea que la casa de campo original no estaba en Castilla, sino en la costa. Y que fue... reubicada. ¿Puedes imaginar algo tan absurdo, hijo?

Aarón notó el juego de su madre. Ella estaba utilizando el misterio familiar como una forma de obligar a la interacción entre su hijo y Valeria. Era una táctica sutil y, para Aarón, frustrante.

-Madre, las leyendas rurales no son parte de los activos de D'Angelo. Valeria, agradezco tu dedicación a los intereses personales de mi madre.

El tono de Aarón era cortés, pero firme. Estaba marcando una línea: intereses personales, no de la empresa.

Valeria captó el mensaje de inmediato.

-Por supuesto, Señor D'Angelo. Mi enfoque principal es el bienestar y los requerimientos personales de Doña Elena.

Esa declaración, aunque profesional, reafirmó la posición de Valeria como intocable. Ella estaba bajo la protección directa e incondicional de la matriarca. Si Aarón intentaba acercarse a ella, no solo estaría cruzando la línea de CEO/empleada, sino que estaría traicionando la confianza de su madre y poniendo en riesgo su comodidad y salud.

Aarón observó el fuerte vínculo entre las dos mujeres. Valeria no era simplemente una empleada; era el pilar emocional de su madre. Atentar contra ella sería un acto de vandalismo contra la única paz que reinaba en el clan D'Angelo.

Se levantó de la silla, el café sin terminar, la verdad sobre Valeria latiendo bajo la superficie de su control. Ella representaba no solo un deseo prohibido, sino la posibilidad de la catástrofe familiar.

-Si me disculpan, tengo que llamar a la oficina de Singapur. Que tengan un buen día -dijo Aarón, retirándose del salón.

Mientras caminaba hacia su oficina, se dio cuenta de que su rutina ya no era impecable. Estaba infectada por la presencia constante y la barrera infranqueable de Valeria Montez. El silencio de su oficina, antes un refugio, ahora se sentía como una celda. Quería los hechos duros; ella le ofrecía leyendas que tenían el potencial de hundir su imperio.

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