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Portada de la novela El Latido Final de Sofía

El Latido Final de Sofía

Sofía muere trágicamente tras un accidente de tráfico mientras Alejandro, su prometido médico, decide priorizar la atención de Valeria, quien finge heridas de gravedad. Abandonada en su agonía junto a su hijo no nato, el alma de Sofía observa cómo su madre desenmascara a la culpable del choque. Al revelarse que Valeria provocó la colisión, la vida de Alejandro se desmorona bajo el peso de una culpa eterna por haber sacrificado a su familia real.
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Capítulo 2

El sonido del metal retorciéndose fue lo último que recordé con claridad, un chillido agudo que pareció desgarrar el aire y el tiempo, seguido por el estallido sordo de los cristales haciéndose añicos.

La cabeza me golpeó contra algo, no supe qué, y por un instante todo fue negro, un silencio pesado que se rompió por el goteo de la lluvia contra el techo abollado del coche.

Abrí los ojos, o al menos lo intenté, el mundo era una mancha borrosa de luces rojas y azules que giraban lentamente. Un dolor punzante me taladraba la sien derecha, pero era un dolor lejano, como si le estuviera pasando a otra persona.

"Alejandro", susurré, o creí susurrar, porque de mi boca no salió ningún sonido.

Lo vi moverse en el asiento del conductor, se quejaba, se tocaba la frente, pero estaba consciente. Luego su mirada se desvió, no hacia mí, sino hacia el asiento trasero.

"Valeria, ¿estás bien? ¡Valeria!".

Su voz, llena de una urgencia que nunca había usado para mí, me atravesó más que cualquier cristal roto. Valeria, mi mejor amiga, estaba allí, hecha un ovillo, sollozando.

Logré girar la cabeza un centímetro, el esfuerzo fue monumental, y la vi. Tenía un corte en la frente, un hilo de sangre que le corría por la mejilla, pero sus ojos estaban abiertos, fijos en Alejandro, llenos de un pánico que parecía perfectamente actuado.

Las puertas se abrieron con un crujido metálico, los paramédicos llegaron, sus voces eran un murmullo confuso a mi alrededor.

"Hay tres heridos, dos mujeres, un hombre".

"La de adelante parece la más afectada, posible traumatismo craneal".

Sentí unas manos tocándome el cuello con cuidado, intentando inmovilizarme. Quise decirles del dolor en mi cabeza, de la náusea que subía por mi garganta, pero Alejandro se interpuso, su figura bloqueando la luz de la ambulancia.

"Yo me encargo", dijo con su voz de neurocirujano, la voz que imponía respeto y obediencia en cualquier hospital.

Se inclinó sobre mí, sus ojos me escanearon de arriba abajo, una evaluación rápida, fría, clínica.

"Sofía, solo son rasguños, estás bien, no te muevas mucho".

No eran solo rasguños, algo dentro de mi cabeza gritaba que no estaba bien, que el dolor crecía, que una presión insoportable se estaba acumulando detrás de mis ojos.

Luego, se giró y se arrodilló junto a Valeria.

"Ella es la que está grave", le dijo a los paramédicos, señalando el corte en la frente de Valeria. "Miren la herida, podría tener una fractura de cráneo, una hemorragia. Soy el doctor Alejandro Cruz, neurocirujano. Necesita una cirugía cerebral urgente, yo la operaré".

Un paramédico se acercó a mí de nuevo, con el ceño fruncido.

"Doctor, pero su novia...", empezó a decir.

"Mi novia está bien, les digo", lo cortó Alejandro con impaciencia. "La prioridad es Valeria. Preparen el quirófano en el Central, ¡ya!".

Su palabra era ley. Sentí cómo la atención se desviaba de mí, cómo las manos que me sostenían se retiraban para concentrarse en la camilla de Valeria.

Me dejaron en mi asiento, con la puerta abierta y la lluvia fría empezando a mojarme la cara. El mundo se volvía cada vez más oscuro, los sonidos se ahogaban en un zumbido grave que nacía dentro de mi cráneo.

Vi cómo subían a Valeria a la ambulancia, con Alejandro a su lado, sosteniéndole la mano, susurrándole palabras de consuelo. Ni una sola vez miró hacia atrás. Ni una sola vez se preguntó si su diagnóstico apresurado era correcto.

Cerré los ojos, el dolor era ya una ola negra que me consumía. Mi mano, por instinto, fue a mi vientre, un secreto que planeaba contarle esa misma noche, una sorpresa que ahora se sentía como una cruel ironía.

Estaba embarazada, Alejandro, íbamos a tener un hijo.

Fue mi último pensamiento coherente.

Después, solo hubo una extraña sensación de ligereza, como si me desprendiera de un peso enorme, el peso de mi propio cuerpo.

Floté hacia arriba, lentamente, atravesando el techo abollado del coche. Desde arriba, vi mi cuerpo inerte, con la cabeza ladeada en un ángulo antinatural y una mancha oscura que empezaba a extenderse en el asiento a la altura de mi cabeza.

Vi la ambulancia alejarse a toda velocidad, llevándose al hombre que amaba y a la mujer que me había traicionado, dejándome atrás, abandonada en medio de la chatarra y la lluvia.

La vida se había ido, y un nuevo tipo de conciencia, fría y terriblemente clara, comenzaba.

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