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Portada de la novela El Joven Guardaespaldas

El Joven Guardaespaldas

Harta de las limitaciones impuestas por su padre, May se ve forzada a aceptar la vigilancia constante de un guardaespaldas. Lo que comenzó como un método para controlar su carácter rebelde y arrebatarle su libertad, pronto se transforma en una dinámica imprevista. Al convivir bajo el mismo techo, la hostilidad inicial hacia su custodio se desvanece, dando paso a una atracción prohibida. Ahora, su desafío se convierte en un juego de seducción de alto riesgo.
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Capítulo 2

Obedezco, aunque con algo de enojo por su clara libertad a la hora de relacionarse conmigo. Apenas escucho el chasquido que produce mi cinturón al abrocharse, el sonido del motor del auto hace notar su presencia y el acelera, con su mirada fija en el camino. Veo como rodea la fuente circular de mármol que se encuentra enfrente de la casa y frena al aproximarse al enrejado. Otro de los guardias se acerca, abre ese portón negro y el vuelve a acelerar, saliendo a la calle. Escucho el crujido de las vallas de metal detrás de mí y el choque entre ellas, cerrando la única entrada a la casa. Observo al chico desconocido varios segundos a través del espejo retrovisor y bajo la mirada al sentir la vibración de mi celular sobre mis piernas.

- Llegamos (dice de repente, sobresaltándome).

Miro a mi alrededor y no tardo en reconocer el campus de la facultad. Me asombra el hecho de haber estado tan distraída con mi teléfono y ni haber notado el recorrido de ese viaje que siempre suele durar más de diez minutos. El apaga el motor y sale del auto, abriendo mi puerta segundos después. Tomo mi mochila vintage, desciendo del vehículo y entonces la vuelve a cerrar.

May: Salgo a las dos (digo mientras guardo mi celular).

- Igual tengo que esperar acá.

May: ¿Vas a esperar más de cinco horas?

Asiente.

May: ¿Para qué?

- Me exigen eso.

May (bufo): Por mi te podés ir. No me sirve de nada que estés acá.

- No puedo.

May: ¿Por? (Pregunto levantando las cejas).

- Me despedirían.

May: Si se enteraran, pero no lo van a hacer. Confiá en mí.

- ¿En serio?

May: Si obvio. Andá.

Vuelve a sonreír y mis ojos no tardan en clavarse en él. No sé porque lo hago, si siempre "maltraté" a los empleados de la casa, excluyendo a Luisa.

- Gracias (dice algo tímido).

May: De nada (contesto yéndome).

Habiendo caminado ya varios pasos, me volteo y lo observo mientras se quita el saco para dejarlo en el asiento trasero, quedando solo en camisa blanca. Se desabrocha los botones de los puños y se remanga casi hasta los codos, aflojando también el nudo de su corbata bordó. Se despeina un poco el pelo, dejando caer un ligero flequillo sobre su frente y sube al auto. Vuelvo a voltear cuando enciende el motor, para así evitar que me vea al pasar. Segundos después el auto ya no aparece a mi vista.

Camino hacia las extensas escaleras que llevan hacia el interior de la facultad de medicina de una de las universidades más caras del país. Estoy por llegar a la puerta cuando alguien me jala del brazo.

May: Ay, tarada...

Mía: ...que sos.

May: ¿Hola no?

Se ríe y me saluda.

Mía: ¿Pero en serio no me viste? ¿Qué estás ciega boluda?

May: Dormida estoy.

Mía: Mmm...para mirar al chico ese no estabas tan dormida.

May: ¿Qué? (Pregunto frunciendo el ceño).

Mía (ríe): Nada, vamos.

En un rato libre que tengo a mitad del día, no me es difícil notar como alguien me mira fijamente desde el otro extremo de la cafetería y tampoco cuesta reconocerlo. El peinado que lleva y la forma de vestir son algo muy típico de él e inconfundibles aún a varios metros. Es Agustín, el chico nerd y tímido con el que siempre suelo cruzarme en el laboratorio. Cuando capta que ya percibí su mirada, se voltea y baja la cabeza, fingiendo que come. Aunque siempre lo negué, creo que comienzo a aceptar la teoría de Mía de que le gusto.

- Acá estoy (dice sentándose delante mío).

May: Ya era hora lenteja.

Mía: La fila es más larga que los bigotes del profesor de anatomía, ¿qué querés que haga?

Me río ante su comentario y abro mi botella de agua mineral.

Mía: Otra vez te mira (comenta haciendo un gesto con los ojos hacia Agustín).

May: Si, ya sé.

Mía: ¿A la salida vamos a la playa?

Recuerdo mi odiosa realidad a partir de hoy. Ya no solo tengo a uno de los choferes de papá detrás mío, sino un guardaespaldas cuyo trabajo consiste en nada más y nada menos que seguirme a donde quiera que yo vaya. Ir a la playa ya no es otro escape de casa, sino que implica ir con él y que se quede ahí, esperándonos y dejando en evidencia que no es solo un amargo chofer, sino algo mucho peor. No quiero que Mía se entere de eso. No quiero que nadie se entere, sería una burla.

Mía: Tomo ese silencio como un sí (dice de la nada, sorprendiéndome).

May: ¿Qué? No, es que yo...

Mía: Vos nada. Vamos sí o sí.

Agrega para luego darle otra mordida a su sándwich, mientras mi cabeza se tortura, tratando de encontrar alguna forma de ocultar que tengo un guardaespaldas y que casualmente es el chico al que tanto miraba, cuyo nombre ni sé.

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