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Portada de la novela El infierno de Robert Cameron

El infierno de Robert Cameron

Tras ganar las tierras de Raphael Clark en el póker y provocar su suicidio, el hacendado Robert Cameron reclama la deuda a su viuda. Al ver a Madisson, la hija menor, ofrece devolver la propiedad a cambio de un matrimonio forzado. Aunque ella ama a un militar y planea una huida, Robert frustra su escape y la arrastra a su hacienda. En medio de esta unión violenta, él intentará someterla sin sospechar que un oscuro secreto conyugal podría cambiarlo todo.
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Capítulo 3

Inverness

Raphael Clark caminaba con paso apresurado en dirección hacia su casa. Sus ojos recorrieron el valle franqueado por dos grandes colinas en el que se situaba Inverness, su ciudad. Hacía mucho calor, por lo que quitó su sombrero de ala ancha y se atusó el pelo. Con el dorso de la mano se limpió el sudor que comenzó a escurrirse por la frente.

Se paró delante de su casa, una majestuosa mansión de tres plantas situada en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. La fachada de acceso, revestida de ladrillo tallado, estaba dividida en dos cuerpos, con una altura igual a la del resto del edificio. Abrió la puerta y le dio la bienvenida la brisa fresca que recorría el jardín central. Los arbustos de lilo común desprendían un entrañable olor a almizcle y miel y elegantes tallos de rosas se erguían esplendorosos entre las plantas de hoja verde, repartiendo alrededor una deliciosa fragancia. Alzó la vista y observó que las dos plantas de arcos sostenidas por columnas de mármol que rodeaban el jardín estaban solitarias. Se sentó agradecido en un banco guarecido por la sombra y comenzó a abanicarse con un viejo periódico que encontró sobre la mesa. Más sosegado, se agachó y sacó de su bolso de piel de vacuno unos papeles envejecidos por el tiempo. Se trataba de las escrituras de la única finca que aún conservaba; la salvación de su familia. La propiedad estaba en ruinas, apenas quedaban unos pocos mozos trabajando en ella. Ahí se criaban vacas, ovejas, gallinas y gansos, pero a Raphael no le quedaba dinero para mantener aquello. Sus malas gestiones unidas a su vicio de jugar al póquer, mermaron sus pertenencias y el dinero heredado de sus antepasados.

La heredad era su última carta para encauzar la situación, y Raphael se la jugaría esa misma tarde. En la ciudad había aparecido un adinerado caballero, dispuesto a organizar un torneo de póquer en el que se jugaba grandiosas sumas de dinero. No tenía efectivo, sin embargo, el noble aceptaba sustitutivos al dinero, como escrituras de propiedades, heredades o tierras.

—Don Raphael, ¿le apetece tomar una limonada?

Una sirvienta, que apareció de la nada, le alteró. Guardó las escrituras en su bolso y negó enérgico con la cabeza. Lo que él necesitaba era una buena jarra de vino, pero su delicado corazón le negaba ese capricho tan ansiado. Además, Victoria, su esposa, se pondría furiosa.

—Me gustaría que me trajeras un vaso de vino, llévamelo a la biblioteca. —Se levantó de la silla con gesto cansado y, mirando fijamente a la joven sirvienta, la advirtió—: ¡Que no te vea la señora Victoria!

Subió con dificultad los peldaños de la escalera, mientras sentía el sol calentándole la nuca. Accedió a la biblioteca, dejó la carpeta sobre su escritorio y se acomodó en su sillón favorito. Escuchó golpes en la puerta y pensando que sería la criada, la invitó a pasar.

Su hija menor, Madisson, apareció en su campo visual. La niña de sus ojos, su más preciado tesoro. Alta y esbelta llevaba su largo vestido de muselina con elegancia. A sus diecisiete años era considerada como una de las muchachas más bellas de la ciudad.

—Padre, ¿está muy ocupado? —Madisson entornó sus grandes ojos oscuros, rodeados por densas y largas pestañas.

—Para ti nunca estoy ocupado. Ven, mi querida niña, siéntate aquí a mi lado.

Madisson recogió los pliegues de su amplio vestido color verde esmeralda y se sentó de forma recatada en la silla. Dejó las manos descansar en su regazo, como aprendió que hacía una niña de su condición.

—Padre, siempre me ha enseñado que las personas valen por sí misma y no por su ascendencia o linaje.

—Cierto, un buen linaje apunta hacia una persona valiosa, pero no es una norma general. A lo largo de los tiempos hemos encontrado hombres valientes que provenían de la clase baja y nobles muy estirados que resultaron ser unos cobardes —le contestó, escrutándola con la mirada—. ¿Por qué me lo preguntas?

Madisson inclinó la cabeza y contempló cómo se retorcían sus manos. Su padre se acercó a ella, le alzó el mentón mirándola fijamente a los ojos.

—Siempre nos lo hemos contado todo. ¿Qué te preocupa, mi niña querida?

—¡Ay, padre, no sé como decirle eso!¡Estoy enamorada! —se sinceró. Ante el semblante atónito de su progenitor, sus mejillas se encendieron y un resplandor intenso iluminó sus ojos—. Se llama Scott, es militar y no tiene fortuna.

Raphael palideció. Durante años compartió la pasión por la lectura con Madisson. Padre e hija admiraban por igual los ideales de los héroes literarios. Habían abogado por la justicia, la bondad y la igualdad de los seres humanos. Aquello había estado bien mientras ella era una niña y no se enfrentaba al mundo propiamente dicho; escucharla ahora poner en práctica unos ideales tan lejanos lo aterró.

—¡Padre, diga algo, se lo ruego! —le suplicó a punto de comenzar a llorar—. Scott es un caballero, es justo, es noble y… ¡muy apuesto!

«Aparte, de no tener donde caerse muerto», reflexionó Raphael con el corazón encogido. Se esforzó y esgrimió una sonrisa tensa, al tiempo que le atusaba el pelo con delicadeza.

—Estoy seguro de que tu elección es la adecuada; no obstante, tendré que conocerlo para saber si es digno de ti. Acuérdate que la perfección exterior no lo es todo.

Madisson se abalanzó hacia su cuello y le abrazó. Apoyó la cabeza en su pech, agradecida.

—Gracias, padre, es todo lo que le pido. Conocerlo, por ahora. Los dos somos conscientes de que su condición de soldado es un punto desfavorable en nuestro futuro.

¿Futuro?

Raphael palideció. ¿Cómo podría tener «la luz de sus ojos» futuro con un vulgar soldado? Madisson interpretó su desconcierto como una invitación a seguir y desveló ilusionada los planes que rondaban por su cabeza.

—En unas semanas se alistará voluntario con la esperanza de conseguir logros y ascender. A su regreso, podríamos tomarnos el matrimonio en serio.

La palabra «matrimonio» retumbó en los oídos de su padre. Había estado tan enfrascado en sus asuntos que no se percató de que su niña se había convertido en una mujer. Una mujer hermosa, con un futuro prometedor por delante pero impetuosa e idealista. Se le encogió el corazón al pensar que su deseo era del todo imposible. La situación financiera de los Clark pasaba por su peor momento. ¡Necesitaba ganar el torneo de póquer esa tarde!

La entrada de la criada dio la conversación por terminada. Tras ver la jarra de vino, Madisson le regañó con la mirada, pero se abstuvo de recriminárselo.

—Por el momento, mantendremos esta conversación en secreto. No le digas nada a tu madre —le rogó.

Ella asintió sonriente y salió de la biblioteca.

En cuanto se quedó solo, Raphael se sirvió una copa de vino y, antes de tomarlo, admiró su intenso color carmesí. Inspiró su olor frutal, una mezcla de grosella, cerezas y ciruelas y lo acabó de un trago. Las preocupaciones se multiplicaron dentro de su cabeza, por lo que intentó aliviarse con otra copa. Levemente mareado, se sentó para descansar en su sillón favorito y cerró los ojos. Medio adormilado pensó que se llevaría también las escrituras de la mansión al torneo de póquer de aquella tarde. Se lo jugaría todo.

Con unas buenas ganancias podría enderechar su mala situación económica y dejar a su hija elegir su futuro.

«¿Y si lo pierdes todo?», se empeñó una vocecita a empañarle la serenidad recién adquirida. Ante aquella frustrante interrogación se quedó dormido.

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