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Portada de la novela El imperio Secreto de la Mafia

El imperio Secreto de la Mafia

La fotógrafa Paulah llega a Italia por trabajo, pero termina extraviada tras un accidente en un bosque aislado. Despierta en Culla del Crimine, un enclave secreto regido por el implacable Benicio Mendelerr. En este pueblo invisible para el mundo, ella queda cautiva bajo el control de un mafioso tan peligroso como magnético. Mientras Paulah intenta huir, se verá envuelta en una trama de misterios y poder donde la atracción y el riesgo se entrelazan.
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Capítulo 3

Paulah

La música de la fiesta seguía sonando a todo volumen, las luces de los coches reflejándose en los charcos de agua esparcidos por el asfalto. Las risas habían sido sustituidas por gritos y pasos apresurados. Ya vienen. Venían todos.

Eché a correr.

Los zapatos de tacón que llevaba antes del alboroto los tiré por el camino. Ahora, mis pies descalzos golpeaban el frío suelo y deseé poder gritar y pedir ayuda. El vestido, antes impecable, estaba ahora roto, sucio de tierra y sudor.

- ¡Ahí! ¡Se fue por ahí! - oí gritar a una voz masculina.

El sonido del metal de las armas que llevaban me hizo acelerar el paso. Me dolía el pecho y sentía que me faltaba el aire, pero el miedo era más fuerte que el cansancio.

Doblé la esquina y tropecé con un cubo de basura caído. El ruido sonó como una explosión en aquella noche silenciosa, y supe que acababa de delatar mi posición.

Las luces de los faroles barrieron la calle y oí pasos rápidos que se acercaban. No lo pensé, corrí hacia el callejón más cercano. Era estrecho, estrecho y el olor era insoportable, pero al menos me escondería temporalmente.

El bosque. Tenía que llegar al bosque.

El sonido de las voces se hizo más fuerte. Algunos estaban nerviosos, otros reían como si fuera un juego. Para ellos, tal vez lo era. Para mí, era la vida o la muerte.

Salí del callejón y corrí en la dirección donde sabía que empezaban los árboles. El cielo estaba oscuro, pero podía ver el contorno de las copas de los árboles a lo lejos.

De repente, el sonido de un disparo. Todo mi cuerpo se congeló durante un segundo antes de empezar a correr de nuevo. No miré atrás. No podía mirar atrás.

- ¡No dejes que se escape! - gritó una mujer, era Elisa.

Pero cuando por fin vi la línea de árboles, algo dentro de mí se iluminó. Era mi única oportunidad. Me adentré en la oscuridad del bosque, sintiendo cómo las ramas me arañaban la piel y las hojas se aferraban a mi pelo suelto. El sonido de las voces se hizo más distante, pero aún podía oír los zapatos aplastando hojas secas. Todavía me seguían.

La oscuridad era total y tropecé varias veces, pero seguí adelante. El suelo era irregular, lleno de raíces y piedras, pero aquel bosque era mi única protección.

- Si Benicio me encuentra, será el fin.

Me temblaban las piernas, pero no podía detenerme. No mientras aún hubiera una oportunidad, por pequeña que fuera...

Fue entonces cuando sucedió.

Mi pie se hundió en algo duro y afilado, y un grito se me escapó antes de que pudiera detenerlo. El dolor era enorme, irradiaba por mi pierna, como si algo me estuviera desgarrando la carne. Miré hacia abajo, jadeé y vi el trozo de madera que me había atravesado la planta del pie y había salido por el otro lado.

- No... no... - gemí, intentando comprender lo que estaba pasando.

Intenté moverme, pero el dolor era insoportable. Todo mi cuerpo empezó a temblar y las lágrimas corrían por mi rostro mientras luchaba por liberarme. El tocón estaba atascado, como si el propio bosque conspirara para retenerme allí y entregarme a Benicio.

En un momento dado, sentí que me iba a desmayar del dolor mientras la sangre fluía profusamente.

Me agarré la pierna con ambas manos y empecé a tirar, ignorando las espinas que me arañaban la piel. El dolor era tan intenso que sentía náuseas, pero no podía rendirme.

- Vamos, vamos, demonios... - susurré para mis adentros, mordiéndome el labio para no gritar.

- ¡Benicio! La hemos encontrado. - dijo uno de los hombres que le seguían.

Las pistolas apuntaban en mi dirección y se acercó directamente, al ver mi situación. Todavía le corría sangre por la cara del golpe que le había dado, y ahora yo sangraba el triple-.

- ¡Adelante! ¡Dispárame una vez! - supliqué y cerré los ojos.

Ningún sonido, el dolor seguía extrañamente igual. Hasta que sentí que sus manos rodeaban mi cintura y apoyaba parte de mi peso en ellas.

- Tira de su pierna - ordenó Benicio.

No tenía fuerzas para gritar y casi me desmayo. Benicio me sentó en el suelo y me hizo un torniquete con su propia corbata. La sangre se detuvo un poco y de repente me levantó en el aire y me echó sobre su hombro como si no pesara nada. Mi cabeza se balanceó hacia abajo y la vista que tuve fue del suelo del bosque, alejándose cada vez más rápido mientras él caminaba con pasos firmes.

Seguido por los demás.

- ¿Te la llevas de vuelta? ¿Te has vuelto loco? - preguntó Elisa.

Benicio no se detuvo a contestarle cuando llegamos a la casa...

- No más juegos por esta noche, ¡vete a casa! ¡Envía a Elton para que se ocupe de ella!

El olor a sudor y sangre se mezclaba con su perfume, una combinación que me producía náuseas. Cada paso que daba hacía que mi cuerpo se balanceara, y la sangre de mi pie magullado goteaba por toda la casa hasta que se acercó la criada.

Con un cuidado sorprendente para alguien tan brutal, Benicio me llevó a la cama. La pierna me palpitaba de dolor y no pude contener el gemido que escapó de mis labios.

- No te muevas. - Su voz era firme, pero no tan dura como antes. Acomodó mi cuerpo en la cama, apartando la tela desgarrada de mi vestido para examinar la herida de mi pie.

Intenté moverme, pero me sujetó el tobillo con firmeza. - No te muevas. Se pondrá peor.

Antes de que pudiera decir nada, la puerta se abrió de repente y un hombre entró corriendo. Llevaba un maletín negro, que reconocí inmediatamente como un maletín de médico.

- Está aquí. - dijo Benicio, sin mirarme siquiera. - Encárgate rápido.

El hombre de pelo gris y gafas colocó el maletín sobre la mesa junto a la cama. Se abrió con un chasquido, revelando una hilera de instrumentos médicos.

- ¿Ha perdido mucha sangre? - preguntó el hombre mientras se ponía guantes de látex.

- No lo sé. Haga lo que tenga que hacer. - Benicio se cruzó de brazos y se hizo a un lado, observando cada movimiento.

El médico se acercó y me miró con expresión neutra, casi demasiado profesional para la situación.

- Esto va a doler un poco. - advirtió antes de empezar a limpiar la herida.

El dolor era como fuego atravesándome el pie, y me retorcí, pero Benicio me puso una mano firme en el hombro, manteniéndome en mi sitio.

- Te he dicho que no te muevas. - dijo Benicio.

Después de la limpieza, la anestesia y unos puntos...

- Mantén la herida limpia, no te pares en ese pie durante unos días y estarás bien. ¡Te he recetado analgésicos y otro para prevenir cualquier infección! - dijo el médico, entregándole a Benicio la receta. - Ahora déjeme revisarle la cabeza.

- Estoy bien, doctor, ¡hará falta mucho más que eso para detenerme!

La respuesta fue para mí, aparte de tanta frialdad... Entendió la situación como un desafío a sus órdenes.

Los dos se fueron un momento, entró la criada.

- ¿Te ha disparado? - preguntó ella.

- Todavía no. - respondí con prontitud.

- No sé por qué, pero me gustas. No luches contra la situación.

- Sólo quiero irme a casa...

- Benicio te salvó la vida, ¡dos veces! - dijo, antes de que pudiera discutirlo-.

- Haga comprar los medicamentos de esta receta en cuanto amanezca. - dijo, entregándole el papel y la mujer se marchó.

Evité mirarle, Benicio parecía hacer lo mismo.

- Mírame a mí. Si vuelves a intentarlo, te juro...

- Dime, Benicio, ¿por qué todo esto?

- Ya estamos casados. Tú perteneces aquí, ¡hace años que protegemos nuestra forma de vida! Esta no es una ciudad ordinaria. Cada persona, cada cara que viste en la fiesta, es parte de algo más grande.

- ¿Qué forma de vida? No sé nada... ¡Lo juro por Dios!

- Somos una ciudad entera de gángsters. Hombres, mujeres, familias enteras, todos unidos por un pacto que se firmó hace muchas décadas. Nadie entra aquí sin ser visto. ¡Y nadie sale de aquí contando historias!

Tragué con fuerza, sintiendo que la sangre se me helaba en las venas, pero él continuó, sin dar lugar a interrupciones.

- Nuestro secreto es lo que nos mantiene vivos. Lo que nos mantiene en el poder. Si el mundo exterior descubre que existimos, todo lo que hemos construido se desmoronará. Yo soy el líder, capo... - Se señaló a sí mismo, con la mirada clavada en mí. - No dejaré que eso ocurra.

- Así que...

- Bajo nuestro regimiento, si algún intruso entra en nuestras instalaciones... ¡Debe morir! ¡Pero encontré la forma de controlarla convirtiéndola en una de nosotros mediante el matrimonio!

Ahora entendía lo que había dicho la criada, si Benicio o cualquiera de esos hombres compitieran por mí en las cartas... ¡Yo ya estaría muerta!

- Así que Paulah, tienes dos opciones. O aprendes a vivir con ello... o desapareces como todos los que intentaron desenmascararnos.

- I...

- No tienes un pasado allá afuera.

- ¿Cómo sabes eso? ¡Estás mintiendo! - Grité.

- Sólo tienes una hermana llamada Lucía, con la que no hablas desde hace ocho años. Una última aventura que terminó hace tiempo... Amistades poco sólidas y una carrera mediocre.

- ¡Buscaste en mi vida! Estúpido...

- ¡Ya basta, descansa un poco! - dijo en voz baja y salió de la habitación.

No pude decir nada más, las lágrimas se sucedían una tras otra. Sin duda Benicio me odiaba y yo sólo pensaba en que nunca podría irme. Tenía razón, mi vida fuera era un fracaso total y él lo sabía...

La anestesia me dio sueño y, a pesar de todo lo que mi mente necesitaba procesar, me dormí.

- ¡Buenos días! - Oí la voz de una niña que me despertó. Era la niña que había visto ayer en la calle y en la fiesta.

- Buenos días...

- ¿Todavía te duele el pie? - me preguntó sentándose a un lado de la cama.

- No mucho. Ayer me lo curó el médico. ¿Cómo te llamas?

- Sara, el tuyo es Paulah.

- Sí. Tus padres... ¿Viven aquí?

- Yo nací aquí, Benicio es mi tío. Pero... ¿por qué intentabas irte?

- Olvídalo Sara, olvídalo.

Benicio entró en la habitación de repente, nunca llama a la puerta.

- Traerán la medicina en unas horas. Veo que has conocido...

- ¡Me gustó, tío!

- Me alegro. Ahora déjanos un momento a solas, Sara.

- Sí, tío. - Contestó ella, dándole un beso en la mejilla y marchándose.

- Todos tenemos algo valioso que perder, ¿verdad?

- ¿Cree que haría daño a un niño, señor Mendelerr? ¡Ustedes son los malos aquí! - Tragó en seco. - ¿Cómo está tu cabeza?

- Mejor que tu pie.

- Entonces sobreviviremos...

Llamaron a Benicio desde fuera de la habitación. Dudó un momento, echándome una última mirada antes de salir. En cuanto se cerró la puerta, solté un suspiro que ni siquiera me di cuenta de que estaba conteniendo.

No sé cómo descifrar a este hombre. A veces parece el mismísimo diablo, con esa mirada fría, como si pudiera aplastar a cualquiera con una simple orden. Su presencia me sofoca, me hace sentir pequeña, impotente.

Luego... hay momentos como ahora. Momentos en los que actúa con cuidado, como cuando me metió en la cama o envió al médico a cuidarme. Por mucho que quisiera odiarlo por completo, hay algo en él que me confunde.

Esta dualidad me vuelve loca. No sé si debo temerle más de lo que ya le temo o si, de alguna manera insana, puedo confiar en él.

Intento levantarme de la cama aunque sé que no debo, camino sobre mi único pie bueno, miro por la ventana y lo veo hablando con Elisa. Siento que una ola me atraviesa la garganta...

- Esta mujer me quiere muerto. ¡Acabará convenciéndole!

De repente, ella lo besa y yo me cubro los labios con la mano derecha... Como si quisiera cubrir los suyos y protegerle de ella. Benicio se gira hacia la ventana y yo esquivo rápidamente para que no me vea, olvidando de paso mi pie herido.

- ¡M**rd*! Espero que no me hayan visto.

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