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Portada de la novela El imperio de las mentiras

El imperio de las mentiras

El influyente magnate Dante Blackwood decide pactar un matrimonio por conveniencia para blindar su patrimonio. La elegida es Siena Rojas, una mujer agobiada por deudas que finge sumisión mientras oculta un oscuro propósito: desmantelar desde dentro la corporación que devastó a su estirpe. En medio de esta red de falsedades, el odio inicial deriva en una pasión arriesgada que pondrá en jaque sus sentimientos y la estabilidad de todo su imperio comercial.
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Capítulo 3

El rasgueo de la pluma estilográfica sobre el grueso papel de algodón sonó increíblemente alto en el silencio del despacho. Al trazar la última letra de su nombre, Siena dejó caer el instrumento metálico sobre el escritorio, como si de repente quemara.

Era el momento. La pieza final de la audición.

Dejó que sus hombros cayeran hacia adelante, colapsando sobre sí misma. Un temblor violento y perfectamente orquestado se apoderó de sus manos, extendiéndose por sus brazos hasta llegar a su pecho. Siena bajó la cabeza, ocultando el rostro entre las palmas, y liberó un sollozo roto, ahogado, el sonido exacto de un animal que acaba de darse cuenta de que la trampa de acero se ha cerrado sobre su pata.

-Dios mío... ¿qué he hecho? -murmuró, su voz rasgada por una desesperación que habría conmovido a cualquier ser humano normal.

Pero Dante Blackwood no era un ser humano normal. Era un depredador en la cúspide de la cadena alimenticia, y el sonido de la claudicación absoluta era música para sus oídos.

Siena forzó su respiración para que se volviera errática, hiperventilando levemente. Las lágrimas que acudieron a sus ojos eran reales; no de tristeza por el contrato, sino extraídas del pozo profundo del duelo por su padre. Usó ese dolor crudo y antiguo para alimentar la farsa del presente. Cuando levantó el rostro, con las mejillas húmedas y los ojos oscuros muy abiertos por el supuesto pánico, parecía la imagen misma del arrepentimiento tardío.

Dante la observó con una fascinación clínica. No se movió de su asiento de inmediato. Dejó que ella se ahogara en su propia angustia durante unos largos y tortuosos segundos, estableciendo firmemente quién tenía el control. El silencio era su herramienta favorita para desmantelar la psique de sus oponentes.

Finalmente, se puso de pie. Su imponente figura bloqueó la luz que entraba por el ventanal a sus espaldas, sumergiendo a Siena en su sombra. Rodeó el escritorio de obsidiana con pasos lentos y deliberados, como un felino acercándose a una presa ya neutralizada.

Se detuvo a su lado. El aroma de su colonia, una mezcla fría de vetiver, cedro y algo metálico, envolvió a Siena, asfixiante y caro.

Dante levantó una mano y, con un solo dedo, apartó un mechón de cabello oscuro que se había pegado a la mejilla húmeda de la mujer. El contraste entre el calor de su piel y la frialdad de su gesto la hizo estremecerse de verdad.

-Lo que ha hecho, Siena, es sobrevivir -dijo él, con una voz baja y aterciopelada que rozaba la amenaza-. Ha vendido su libertad a cambio de su futuro. Es el trato más justo que firmará en su vida. Séquese esas lágrimas. Las esposas de los Blackwood no lloran en público, y ciertamente no se lamentan por decisiones que ya están tomadas.

Dante sacó un pañuelo de lino inmaculado del bolsillo de su chaqueta y lo dejó caer sobre el regazo de ella. Era una orden disfrazada de cortesía.

Siena tomó el pañuelo con manos temblorosas y se secó el rostro, asintiendo mecánicamente, con la mirada clavada en los zapatos italianos de él.

-Yo... lo siento -susurró, interpretando a la perfección a la mujer rota que busca desesperadamente complacer a su nuevo amo para no empeorar las cosas-. Es solo... abrumador.

-Se acostumbrará -sentenció él, regresando a su lado del escritorio. Su tono de voz volvió a ser estrictamente profesional, cerrando cualquier brecha emocional que pudiera haberse abierto-. Mi asistente, el señor Thorne, la está esperando afuera. Le entregará un teléfono con una línea segura, una tarjeta negra sin límite para cualquier gasto inmediato que necesite cubrir hoy, y las instrucciones de seguridad.

Dante recogió el contrato firmado, deslizándolo dentro de una carpeta de cuero que cerró con un clic definitivo.

-Mañana a las ocho de la mañana en punto, un vehículo estará esperándola en su apartamento. Traiga solo lo estrictamente necesario, lo que tenga un valor sentimental real. El resto de su guardarropa y sus pertenencias serán incinerados y reemplazados por mi equipo de imagen. ¿Me ha entendido?

-Sí, señor Blackwood.

-Dante -la corrigió él, y por primera vez, sus fríos ojos grises se clavaron en los de ella con una intensidad posesiva-. Frente al resto del mundo, e incluso aquí adentro, soy su prometido. Será mejor que empiece a practicar.

-Sí... Dante.

Él asintió, despidiéndola con un simple gesto de la mano. La audiencia había terminado.

Siena se puso de pie torpemente, agarrando su bolso gastado como si fuera un chaleco salvavidas. Caminó hacia la salida de roble macizo con pasos vacilantes, manteniendo la cabeza baja y los hombros encogidos. Al salir al pasillo, el asistente Thorne le entregó un sobre sellado con una mirada de absoluta indiferencia, ignorando por completo sus ojos enrojecidos.

El viaje de descenso en el ascensor privado fue un ejercicio de contención brutal. Siena mantuvo la mirada fija en los números digitales que disminuían, obligándose a seguir temblando ligeramente, consciente de que probablemente había cámaras ocultas en el techo del cubículo de caoba.

Cruzó el enorme y gélido vestíbulo de mármol con prisa y torpeza, tropezando ligeramente cerca de las puertas giratorias para el deleite silencioso de los guardias de seguridad. Salió a la calle y el estruendo de la ciudad la golpeó de inmediato: bocinas, sirenas, el olor a asfalto húmedo y comida callejera.

Caminó tres manzanas completas, cruzando avenidas a toda prisa, sin mirar atrás. Se adentró en una estación de metro abarrotada de gente, dejándose tragar por la multitud anónima que se apresuraba en la hora pico. Bajó las escaleras hasta los andenes subterráneos, donde el aire estaba viciado y el ruido de los trenes enmascaraba cualquier otro sonido.

Se detuvo frente a una máquina expendedora de billetes rota, en un rincón mal iluminado y fuera del alcance de las cámaras de seguridad del recinto.

Allí, en la semioscuridad del metro, la magia desapareció.

El temblor de sus manos se detuvo en seco, como si alguien hubiera apagado un interruptor. Sus hombros encorvados se enderezaron lentamente, estirando la columna hasta adoptar una postura letal y orgullosa. Siena respiró hondo, un suspiro largo y controladísimo que no tenía nada que ver con el pánico y todo que ver con la pura, fría y calculada victoria.

Sacó el pañuelo de lino inmaculado de Dante de su bolsillo. Aún conservaba el aroma a vetiver y poder. Lo arrugó sin piedad dentro de su puño, sintiendo una sonrisa oscura, casi salvaje, curvar sus labios.

El monstruo se había tragado el anzuelo entero. Dante Blackwood, el hombre que presumía de leer el alma y los balances financieros de todos los que lo rodeaban, acababa de abrirle la puerta principal de su fortaleza a la arquitecta de su destrucción. Él se creía el domador; no tenía idea de que acababa de meter al lobo en su propia jaula.

Con la mano izquierda, rebuscó en el fondo falso de su bolso y extrajo un teléfono móvil grueso, un modelo descartable y encriptado que Camila le había proporcionado la noche anterior. Lo encendió. La pantalla brilló débilmente en la penumbra de la estación.

Escribió un mensaje de texto rápido a un número no registrado:

«Contrato firmado. Nivel 1 completado. El rey me acaba de dar las llaves del castillo.»

Apenas tres segundos después, la pantalla se iluminó con la respuesta de Camila:

«Revisando los registros de deudas. Las acaban de liquidar todas en una sola transferencia masiva hace dos minutos. Eres oficialmente intocable. Bienvenida a la guerra, Siena.»

Siena apagó el teléfono, lo guardó, y sacó del sobre que le dio Thorne la tarjeta negra brillante y el teléfono seguro de la empresa. Sopesó el plástico de la tarjeta entre sus dedos. Cincuenta mil dólares al mes. Acceso ilimitado.

Su padre había muerto en un hospital público por no poder pagar un tratamiento, mientras Dante Blackwood construía su imperio sobre los huesos de su ingenio.

Siena miró hacia el techo de la estación, imaginando que podía ver a través del cemento y el acero, directamente hasta el piso ochenta y cinco de la torre Blackwood.

-Compraste a la mujer equivocada, Dante -susurró al vacío de la estación-. Disfruta tu falso control mientras dure.

Con paso firme y la mente afilada como un bisturí, Siena se dirigió hacia el andén. Era hora de hacer las maletas; el infierno la estaba esperando a las ocho en punto de la mañana.

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