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Portada de la novela El imperio de las mentiras

El imperio de las mentiras

El influyente magnate Dante Blackwood decide pactar un matrimonio por conveniencia para blindar su patrimonio. La elegida es Siena Rojas, una mujer agobiada por deudas que finge sumisión mientras oculta un oscuro propósito: desmantelar desde dentro la corporación que devastó a su estirpe. En medio de esta red de falsedades, el odio inicial deriva en una pasión arriesgada que pondrá en jaque sus sentimientos y la estabilidad de todo su imperio comercial.
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Capítulo 1

El espejo del baño público del vestíbulo le devolvió la imagen de una mujer al borde del abismo. Siena se ajustó el cuello de la blusa de poliéster barato y alisó la falda de un traje sastre azul marino que había comprado en una tienda de segunda mano. Le quedaba un poco holgado, acentuando la delgadez de quien sobrevive a base de café negro, horas de insomnio y pura ansiedad. Todo en ella gritaba desesperación. Todo en ella era una mentira meticulosamente construida.

Salió del baño y se enfrentó a la inmensidad del vestíbulo de Industrias Blackwood. El suelo de mármol negro reflejaba la luz fría de los candelabros modernos, creando un ambiente estéril y despiadado. No era simplemente un edificio; era un mausoleo erigido sobre las ruinas de hombres como su padre. Siena apretó la correa de su bolso gastado, asegurándose de que el ligero temblor de sus manos fuera visible. Había pasado los últimos cinco años orquestando su propia ruina financiera: medio millón en deudas médicas falsificadas, notificaciones de desalojo meticulosamente documentadas, un historial crediticio masacrado sin piedad. Había moldeado su identidad hasta convertirse en el cebo perfecto para el depredador que acechaba en la cima de aquella torre de cristal.

Tras anunciarse en la recepción, bajo la mirada despectiva de los guardias de seguridad, fue escoltada en silencio hacia el ascensor privado. Ochenta y cinco pisos de ascenso ininterrumpido. El zumbido silencioso de la maquinaria le oprimió los oídos, pero su mente estaba clara, afilada como el hielo. Estaba a punto de entrar en la jaula del hombre que controlaba los hilos de media economía nacional y que, según sus evidencias, había firmado la sentencia de muerte de su familia.

Las puertas se abrieron con un susurro, revelando una antesala de proporciones intimidantes y diseño minimalista. Un asistente de traje inmaculado, sin mediar palabra, abrió las dobles puertas de caoba maciza que daban al sanctum sanctorum.

—Pase, señorita Rojas. El señor Blackwood la espera.

Siena cruzó el umbral y contuvo el aliento. La temperatura de la habitación parecía varios grados más baja que en el pasillo, un frío calculado y opresivo. El despacho era inmenso, flanqueado por ventanales del suelo al techo que ofrecían una vista panorámica de la ciudad a sus pies, reduciendo el mundo exterior a un simple tablero de juego. No había adornos personales, ni fotografías, ni un solo indicio de calidez humana. Solo líneas rectas, acero pulido, cuero oscuro y cristal inmaculado.

Detrás de un escritorio que parecía esculpido en un bloque sólido de obsidiana, estaba Dante Blackwood.

No levantó la vista de los documentos que revisaba. Era un maestro en el uso del silencio como arma de intimidación. Siena se detuvo en el centro de la alfombra gris, obligándose a bajar los hombros en una postura de sumisión y absoluta vulnerabilidad. Lo observó de reojo, grabando cada detalle en su memoria. Mandíbula tensa, cabello oscuro peinado con una precisión milimétrica, un traje gris carbón que gritaba poder absoluto y dinero antiguo. Había una violencia latente en su quietud, la postura contenida de un lobo evaluando a la presa antes del salto definitivo.

El clic seco de su pluma estilográfica al cerrarse resonó como un disparo en la enorme oficina. Dante levantó la mirada.

Sus ojos eran gélidos, de un gris tormenta que diseccionaba todo a su paso. Recorrieron a Siena desde los zapatos desgastados hasta el cabello recogido en un moño estricto y aburrido. Ella sintió el impacto físico de esa mirada, fría y calculadora, sopesando su valor comercial, buscando sus fracturas psicológicas. Por una fracción de segundo, la intensidad pura de su presencia estuvo a punto de hacerla flaquear. El monstruo corporativo era mucho más imponente y letal en persona.

—Siéntese —ordenó. Su voz era profunda, un barítono sin inflexiones que no admitía réplica ni demora.

Siena obedeció, sentándose al borde de la silla de cuero frente a él, manteniendo las manos entrelazadas sobre su regazo con un nerviosismo ensayado.

—Siena Rojas —comenzó Dante, deslizando una delgada carpeta hacia el centro del escritorio impecable—. Veintiocho años. Trabajos administrativos esporádicos. Sin familia conocida. Sin pareja. Y, según mi equipo de inteligencia privada, con una deuda combinada que supera el medio millón de dólares. Su prestamista principal ejecutará el embargo de sus pocos bienes este mismo viernes.

Siena abrió los ojos, fingiendo un pánico absoluto y vergonzoso. Tragó saliva, asegurándose de que el sonido fuera audible en el silencio mortal del despacho.

—Yo... no entiendo qué tiene que ver mi situación financiera privada con el puesto de asistente ejecutiva, señor Blackwood.

Una sonrisa áspera y carente de humor curvó apenas la comisura de los labios de Dante. Se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre el escritorio, invadiendo el espacio entre ambos con una dominación aplastante que le robó el aire a la habitación.

—No hay ningún puesto de asistente ejecutiva, señorita Rojas. Eso fue un filtro. Un anuncio diseñado con parámetros muy específicos para atraer un perfil muy específico. Usted no está aquí para organizar mi agenda ni responder mis llamadas.

Siena retrocedió un centímetro en la silla, aferrando su bolso contra el pecho como si fuera un escudo inútil.

—¿Entonces para qué me hizo venir?

—Para comprarla —respondió él, con la misma frialdad y naturalidad con la que hablaría de adquirir acciones de una compañía en quiebra—. Necesito una fachada impecable. Una esposa manejable, desesperada y dispuesta a obedecer mis reglas sin hacer preguntas, a cambio de su salvación financiera inmediata. Mi junta directiva exige estabilidad, y usted, señorita Rojas, es la presa perfecta que ha caído en mi red.

El silencio que siguió fue denso, asfixiante, cargado de una tensión eléctrica. Siena lo miró con los ojos muy abiertos, proyectando el terror incontrolable de una mujer acorralada sin salida.

Pero por dentro, en lo más profundo de su mente calculadora, sonrió.

La trampa había funcionado a la perfección. Él había mordido el anzuelo. Y Dante Blackwood, en toda su arrogancia y genio corporativo, aún no tenía idea de quién había cazado a quién.

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