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Portada de la novela El Hombre Cruel que me enamoro

El Hombre Cruel que me enamoro

Cuatro años después, vuelvo a la hacienda para cerrar capítulos antes de mi boda con Mateo en Madrid. El reencuentro es hostil: Alejandro, quien fue mi tutor y gran amor, ahora está unido a Camila, mi rival de siempre. Él permite las ofensas de su novia y desprecia mi compromiso, calificándolo de mentira. Ante su frialdad y desprecio, decido dejar de ser la joven sumisa. En el altar, mi voluntad pesará más que su aprobación o sus juicios.
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Capítulo 2

Cuatro años. Hacía cuatro años que no pisaba la Hacienda El Paraíso.

El aire de la sabana de Bogotá, fresco y con olor a tierra húmeda y café, me golpeó en la cara. Nada había cambiado. Los cafetales se extendían hasta donde alcanzaba la vista, verdes y ordenados bajo el cielo gris.

Pero yo sí había cambiado.

Volvía a Colombia solo por una razón: visitar la tumba de mis padres en el aniversario de su muerte. Después de eso, regresaría a Madrid para casarme y no volvería jamás.

Un flashback rápido, no deseado, cruzó mi mente. Yo, con dieciocho años, temblando frente a él en su despacho.

"¿Qué es esto, Isabela?"

La voz de Alejandro Vargas era un témpano de hielo. Sobre su escritorio de caoba estaba mi cuaderno de bocetos, abierto en la página donde lo había dibujado a él, sin camisa, con una expresión que solo existía en mis sueños.

"Son solo dibujos, tío Alejandro."

"No me llames así con esa mirada en los ojos," siseó, su rostro una máscara de furia y algo más, algo que en ese momento no entendí. "Te vas a Madrid. A estudiar. Y no volverás hasta que yo te lo permita."

Esa fue la última vez que lo vi. Su prohibición fue una sentencia.

Mi teléfono vibró en mi bolsillo, sacándome de mis pensamientos. Era Mateo.

"¿Llegaste bien, mi amor?"

Su voz, cálida y tranquila, era mi ancla.

"Sí, acabo de llegar a la hacienda. Todo está… igual."

"Solo un par de días, Isa. Luego vuelves a casa, a nuestra casa. Y en un mes, serás la señora Soler."

Sonreí. Una sonrisa genuina, algo que no había hecho en este lugar desde que era una niña.

"Te amo, Mateo."

"Y yo a ti. Cuídate."

Colgué justo cuando un coche deportivo de color rojo brillante entraba por el camino de grava, levantando una nube de polvo. Se detuvo bruscamente frente a la casa principal.

De él bajó Camila Torres.

La misma Camila que me había hecho la vida imposible en cada competición ecuestre durante nuestra adolescencia. Su sonrisa era tan falsa como siempre, sus ojos afilados como cuchillos.

"Vaya, vaya. Miren a quién trajo el viento," dijo, mirándome de arriba abajo con desdén. "La huérfana pródiga regresa."

Antes de que pudiera responder, la puerta principal se abrió.

Alejandro apareció en el umbral. A sus cuarenta y dos años, se veía más imponente que nunca. El poder emanaba de él. Su mirada pasó por encima de mí y se posó en Camila con una suavidad que me robó el aliento.

"Camila, amor, no seas dura con ella," dijo, y luego se dirigió a mí, su voz volviéndose fría de nuevo. "Isabela. Saluda a mi prometida."

Mi cerebro se detuvo. ¿Prometida? ¿Él y Camila?

"Pero, Alejandro, ella…" intenté decir, recordar en voz alta la crueldad, las trampas, las humillaciones.

"Basta," me cortó en seco. Su mirada era una advertencia. "Camila es la mujer con la que me voy a casar. Aprenderás a respetarla."

No había comprensión en sus ojos. Solo una orden.

"No te preocupes, no me quedaré mucho tiempo," dije, mi voz más firme de lo que me sentía. "Solo vine a visitar a mis padres."

Él asintió, como si mi presencia fuera una simple molestia que debía tolerar.

En mi interior, tomé una decisión. Visitaría la tumba mañana, y me iría esa misma tarde. No necesitaba su permiso, ni su hospitalidad. Cerraría este capítulo para siempre.

Esa noche, en la cena, intenté hablar con él. Quería decirle que me iba a casar, invitarlo formalmente a mi boda en Madrid. Un último gesto de la niña que una vez lo adoró.

"Alejandro, hay algo que necesito decirte," comencé, justo cuando la empleada servía el tinto.

Pero Camila fue más rápida. Con un movimiento brusco y supuestamente accidental, volcó la jarra de café hirviendo sobre su propio brazo.

"¡Ahhh!" gritó, sus ojos llenándose de lágrimas. "¡Isabela, cómo pudiste!"

Alejandro se levantó de un salto. Ni siquiera me miró. Su atención estaba toda en Camila, en su piel enrojecida.

"¿¡Qué has hecho!?" me gritó, su voz llena de una furia que me paralizó. "¡No llevas ni un día aquí y ya estás causando problemas! ¡Fuera de mi vista!"

Se llevó a Camila en brazos, dejándome sola en el comedor, con el olor a café quemado y la injusticia pegada a mi piel.

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