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Portada de la novela El hijo del millonario y la chica reprimida

El hijo del millonario y la chica reprimida

El heredero ilegítimo de un imperio financiero busca justicia y el control total de la empresa familiar tras años de humillaciones. Su vida se entrelazó con la de una joven que escapaba de un entorno doméstico hostil, pero el tiempo terminó distanciándolos. Ahora, el destino los sitúa en la misma oficina: ella como empleada y él como el poderoso CEO. En este entorno corporativo, la antigua conexión y el deseo desafían cualquier barrera profesional.
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Capítulo 3

Las miradas desorbitadas de ambos jóvenes se cruzan y el mutismo se adueña del lugar. Ella lo reconoce al instante, puesto que este no le ha pasado desapercibido en las clases que tienen en conjunto. Además, las compañeras que han coincidido con él hablan sobre lo guapo y sexy que es, aparte de que la mayoría hace planes para poder captar la atención de él.

Por su parte, se pone nerviosa cada vez que este entra al aula cuando les tocan materias juntos. Quizás es el efecto de tener tan cerca de un chico atractivo como él o solo sea parte de su timidez. Sin importar la razón de las extrañas sensaciones que siente cuando este está presente, es una persona con la que debe mantener distancia.

—¿Qué haces en el baño de mujeres? —interpela mortificada y asustada. Él, por su parte, traga pesado al no poder articular palabras.

—Viene conmigo, ¿algún problema? —responde la morena por él, quien sale con pasos de diva y mirada desafiante.

—Oh, entiendo… —musita ella avergonzada, pero aliviada de que no se tratara de un pervertido. La chica sale del baño sin agregar más, con pasos torpes y mirada baja.

Adam la observa marcharse mortificado de lo que ella debe estar pensando de él, y con unas ganas inmensas de ir tras esa niña rara que lo descoloca. Sin deseo de volver a involucrarse con la morena loca, él sale del baño en silencio y busca su patineta para regresar a casa.

Por otro lado, la chica, de comportamiento reprimido y deseos cohibidos, camina hasta la entrada de la universidad. Allí la pasa a buscar el tío, quien se ha tomado la tarea de llevarla a casa. Ella odia ese momento, debido a que este no respeta que ella sea de su propia sangre, y le cuenta sus experiencias con los encuentros sexuales que a ella no le competen. Asimismo, busca la manera de tener roces sutiles y “accidentales” que tienen como objetivos mancillar la piel delicada de la joven.

Desearía poder irse sola a la universidad y de igual manera regresar a casa, pero eso no le es permitido por su madre, quien le controla cada cosa, incluso la hora de llegada.

—Buenas tardes, Samantha —saluda el tío, dentro del vehículo.

—Buenas tardes, Paco —le devuelve el saludo con desdén. Con gran incomodidad y terror, entra al auto. De inmediato, el tío casi se le tira encima para besarle la mejilla, acción que la aturde, puesto que siente el peso de él, su colonia y ese aliento, que, aunque no es hediondo, ella odia.

—¿Cómo te fue hoy? —pregunta mientras le roza los dedos por las rodillas. Ella da un respingo al sentirse ultrajada y le quita la mano de forma disimulada.

—Bien —responde cortante y enfoca la mirada en la ventana. En su mente, ruega por llegar rápido a casa y refugiarse en la seguridad de su habitación.

***

Encima de su medio de transporte, Adam se siente invencible y poderoso.

Hace varios saltos y piruetas, llamando la atención de los transeúntes que caminan por la calle. Se siente tan bien de que lo miren con admiración, que se deja llevar por la emoción, razón para saltar sin vacilar sobre la baranda de unas anchas escaleras que lo conducen a otra calle. Es esa seguridad que le brinda su destreza y habilidad, la que lo hace actuar como si fuera Superman y tuviera el poder de violar las leyes físicas.

Con la adrenalina a flor de piel, se desliza sobre la baranda, sintiéndose libre y poderoso, ante las miradas de asombro y fascinación de parte de las personas que bajan y suben las escaleras.

«Sí, puedo pasar por alto la necesidad de bajar y subir los escalones, como lo hacen esos simples mortales. Tengo el poder de hacer lo que se me antoje», alardea en sus pensamientos.

—¡Soy Superman, carajo! ¡Puedo volar...!

Y eso es lo que hace.

Desciende al suelo de golpe, captando la atención de todos los transeúntes ante su brusca caída. Un grupo de personas se le acercan para inspeccionar que esté bien y entero. Entonces, la chica de cabellera castaña se pone de cuclillas ante él con la mirada café llena de preocupación.

—¿Estás bien? —Su voz suena como la más dulce melodía para él.

Este no responde, en su lugar le evade la mirada. Se niega a creer que perdió el equilibrio porque notó la presencia de la chica, cuando esta bajaba las escaleras.

«¡Vaya Superman que soy...!», ironiza en su interior.

El mutismo se ha adueñado de él, al verla de frente y tan cerca. Ella, por su parte, lo escudriña en busca de alguna herida seria, mas se sonroja cuando se encuentra con la mirada celeste, que la observa con intensidad y fiereza.

—¡Llamen a una ambulancia! —vocifera una señora. Al instante, se escuchan murmullos y más personas se agrupan alrededor de él, lo que incrementa su vergüenza.

«¿Una ambulancia? ¿Para quién? ¿Para mí?», piensa espantado, «¡Perfecto, esto era lo que me faltaba!»

De inmediato, sale de su trance y se levanta con dificultad. No cree que se le haya roto ningún hueso, aunque tiene uno que otro golpe y raspones.

—¡No es necesario! ¡Estoy bien! —exclama en voz alta para que lo dejen en paz. Lo menos que necesita, es que lo lleven al hospital en una ambulancia, debido a que eso le provocaría un ataque de nervios a su madre, trayendo como resultado su paranoia, drama y exageración del asunto y está convencido de que esta lo privaría de usar su patineta.

—¿Estás seguro, muchacho? —cuestiona la señora con expresión incrédula, al tiempo que señala todos sus golpes y habla de lo fuerte que fue la caída.

Por su parte, Adam trata de convencerlos y hasta exagera sus movimientos, para que lo dejen tranquilo de una buena vez. Como resultado, todos los curiosos se disipan, tal vez decepcionados de que no haya sido grave el asunto y quedarse sin un tema amarillista del cual hablar.

—Samantha, vámonos —comanda una joven mujer, de cabellera castaña y ojos color café, quien agarra a la causante de su accidente por el brazo, y ambas se marchan con urgencia.

Adam maldice en su interior, por no tener el chance de agradecerle que se haya detenido para revisar que él esté bien, de igual manera, poder presentarse y pedirle su número de teléfono.

Con mirada fiera, como de depredador que observa a su próxima presa, la observa alejarse con prisa junto a aquella otra mujer que, a juzgar por el parecido, diría que es su hermana mayor o una prima.

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