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Portada de la novela El Heredero Ya No Quiere Esconder

El Heredero Ya No Quiere Esconder

Después de dos años de lealtad, Valeria me humilla públicamente y me deja por considerarme un becado sin futuro. Ante la burla de sus amigas, decido no rogar. Al ver su verdadera codicia, guardo el costoso regalo que tenía preparado y me acerco a Sofía, otra víctima de su arrogancia. Es el momento de dejar de fingir: usaré mi identidad oculta como heredero para ejecutar una venganza implacable contra quienes me despreciaron. La guerra ha comenzado.
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Capítulo 3

Valeria no reaccionó de inmediato. Se quedó paralizada, con la boca entreabierta, su perfecta compostura rota en mil pedazos. Me dio una pequeña satisfacción verla así de descolocada.

"Leonardo, ¿qué crees que estás haciendo?", gritó finalmente, su voz chillona rompiendo el silencio.

No le respondí. Ni siquiera la miré. Mantuve mi atención en Sofía, que seguía temblando ligeramente.

"¿Estás bien?", le pregunté en voz baja.

Ella asintió, aunque sus ojos seguían fijos en el collar, como si fuera un objeto de otro planeta.

"No... no puedo aceptar esto", susurró, intentando desabrochar el broche con dedos torpes.

Puse mi mano sobre la suya suavemente para detenerla.

"Por favor. Quédatelo. Considéralo un regalo por aguantar a esta gente".

Valeria marchó hacia nosotros, sus tacones resonando con furia en el piso de madera.

"¡Quítale eso! ¡Ese collar era para mí!".

Se detuvo justo frente a nosotros, su cara roja de ira. Sus amigas la siguieron como un coro de arpías.

"¡Leo, te está hablando!", exclamó Ximena.

Yo seguía sin mirarla. Me concentré en Sofía, que parecía a punto de desmayarse. La tomé suavemente del brazo.

"Vamos a tomar un poco de aire", le sugerí.

Comenzamos a caminar hacia la terraza, y sentí la mirada de Valeria quemándome la espalda.

"¡No te atrevas a darme la espalda, Leonardo!", gritó, su voz temblando de rabia.

La ignoré por completo. Salir de ese salón era la única respuesta que le daría. Cada paso que daba alejándome de ella era una declaración.

Una vez en la terraza, el aire fresco de la noche nos golpeó. Sofía respiró hondo, como si hubiera estado conteniendo el aliento.

"De verdad, no puedo...", comenzó de nuevo, tocando el collar.

"Sí puedes", la interrumpí. "No te pedí permiso".

Me miró con sus grandes ojos cafés, llenos de confusión.

"¿Por qué yo?".

Era una buena pregunta. ¿Por qué ella? Porque vi en ella un reflejo de cómo me sentía yo en ese momento: solo, humillado, invisible para un mundo que solo valora las apariencias.

"Porque eres amable", respondí con sinceridad. "Te he visto en clase. Mientras todos los demás compiten por ser los más populares, tú solo te dedicas a tu arte. Eres genuina".

Un leve sonrojo apareció en sus mejillas.

"Gracias", murmuró, bajando la mirada.

De repente, la puerta de la terraza se abrió de golpe. Era Valeria. Sola esta vez. Su furia se había transformado en una especie de desesperación helada.

"Necesitamos hablar. A solas", dijo, lanzándole una mirada asesina a Sofía.

"Ya dijiste todo lo que tenías que decir", respondí con calma.

"¡No! ¡Tú no entiendes! ¡Lo arruinaste todo!", exclamó, acercándose.

"No, Valeria. Tú lo arruinaste".

Se quedó sin palabras por un segundo, sorprendida por mi firmeza. Luego, su rostro se endureció de nuevo.

"Bien. Quédate con tu... proyecto de caridad", dijo con desdén, mirando a Sofía de arriba abajo. "Cuando te canses de jugar al salvador, no vengas a buscarme".

Se dio la vuelta y se fue, cerrando la puerta con un portazo que resonó en la noche.

Sofía se estremeció.

"Tal vez tiene razón. No quiero causarte problemas", dijo, su voz apenas un hilo.

"Tú no eres el problema. Ellos lo son", afirmé. "Y no te preocupes, sé cómo manejar a gente como ella".

Nos quedamos en silencio un momento, mirando las luces de la ciudad.

"Gracias", dijo finalmente. "Nadie nunca... nadie nunca me había defendido".

"Ya era hora de que alguien lo hiciera".

Regresamos al interior. La fiesta intentaba recuperar su ritmo, pero la gente nos miraba de reojo, susurrando. Decidí que ya había tenido suficiente por una noche.

"¿Quieres que te lleve a casa?", le ofrecí a Sofía.

Ella dudó. "Vivo lejos. Tomo el autobús".

"No esta noche. Yo te llevo".

Aceptó con un tímido asentimiento. Mientras nos dirigíamos a la salida, pasamos por el rincón donde ella había estado antes. Vi su bolso en el suelo, un bolso de tela viejo y gastado. Me agaché para recogerlo. Al hacerlo, algo se cayó.

Era un pequeño cuaderno de dibujo. Se abrió en una página que mostraba el boceto de un vestido de noche, increíblemente detallado y hermoso. Era un diseño original, lleno de talento y sueños. Al lado, había escrito con letra pequeña: "Algún día".

Lo recogí y se lo entregué. Nuestros dedos se rozaron.

"Diseñas muy bien", le dije.

Se sonrojó profundamente y guardó el cuaderno rápidamente en su bolso, como si fuera un secreto que no quería compartir.

"No es nada", mintió.

Pero yo sabía que era todo. Era su sueño, su pasión. Y Valeria y sus amigos se habrían reído de él, igual que se rieron de su vestido y de su refresco derramado.

Salimos del edificio y nos dirigimos a mi auto. Un modelo viejo, discreto, que usaba para mantener mi perfil bajo.

"Gracias de nuevo, Leonardo", dijo Sofía cuando se sentó en el asiento del copiloto.

"De nada, Sofía".

Mientras conducía, vi por el espejo retrovisor. Valeria estaba en la entrada del edificio, observándome ir. A su lado estaba Damián, que le pasaba un brazo por los hombros. Pero ella no lo miraba. Me miraba a mí. Y en su rostro, por primera vez, vi algo que no era arrogancia ni desprecio. Era una sombra de arrepentimiento.

Demasiado tarde. El juego había cambiado.

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