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Portada de la novela El Fuego que Quemó Nuestro Amor

El Fuego que Quemó Nuestro Amor

En la novela moderna El Fuego que Quemó Nuestro Amor, tras un lustro de matrimonio civil, el bombero Adrián Lobera pospone su boda por falta de tiempo. Sin embargo, el día del enlace, él asiste a una ceremonia pública del brazo de Roxana García. Mientras internet los elogia, una fuga de gas provoca una explosión en el hogar de su verdadera esposa. Gravemente herida y con la piel ardiendo, ella le suplica auxilio por teléfono, pero Adrián la rechaza con desprecio, restando importancia a su suplantación.
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Capítulo 4

Cuando terminaron de hacerlo, Roxana quedó tan agotada que se quedó dormida.

No sé por qué, pero de pronto Adrián se acordó de mí.

Tomó el celular con cuidado. En WhatsApp, se puso a deslizar la pantalla hasta encontrar por fin nuestro chat. Me escribió:

"Ya deja de hacer berrinche. No te voy a hacer pagar de verdad; con que le dones piel para el injerto a Roxana, basta. Ella es joven, ¿cómo se va a casar si le queda una cicatriz? Vuelve ya. Te espero en el hospital."

Pero mi respuesta nunca llegó.

Como para desahogarse, le plantó un beso a Roxana en la mejilla.

Yo apenas esbocé una mueca. Me dio pena y, al mismo tiempo, alivio. Pena, porque la de antes, la tonta de antes, de verdad habría contestado emocionada, sin imaginar jamás que esa "ternura" ocasional solo le salía por culpa, después de haberme sido infiel.

Y alivio, porque al tocarme el vientre plano sonreí apenas: "Mi bebé, menos mal que no naciste en esta familia."

Los días siguientes, Adrián se la pasó acompañando a Roxana a elegir el vestido y el anillo. Pero cuando llegó el momento de pagar el anticipo, se dio cuenta de que le habían congelado las cuentas.

—¿Cómo es posible? ¿Qué diablos hizo Claudia con la tarjeta que le di?

Al ver su furia, a mí solo me invadió el cansancio.

Desde que nos casamos, jamás me dio su contraseña del celular, ni la del banco, ni siquiera la del club de puntos del súper. Yo no tenía manera de gastar ni un centavo de más: más allá de los doscientos dólares que me daba, no podía disponer de nada. Y, aun así, ahora me culpaba.

—Tengo que volver a buscarla. Tú vuelve al hospital y espérame ahí.

—Sí, ve rápido.

Él salió a toda prisa. Y Roxana también se levantó enseguida, revisando el bolso como si buscara algo.

Cuando Adrián llegó a casa, se quedó helado. El cuartito que antes era cálido y luminoso ya no era más que un cascarón: vacío, cubierto de hollín.

Yo miré el suelo ennegrecido y sentí que me volvían a prender fuego. Me encogí temblando.

Ese recuerdo, tan nítido, de cómo se me carbonizaba el cuerpo—ese dolor, esa desesperación—me hizo tiritar de miedo.

—¿Qué demonios pasó aquí?

Por primera vez, vi pánico en los ojos de Adrián. Y justo entonces le llegó un mensaje del registro civil:

"El divorcio se llevará a cabo a las 16:00. Preséntese puntualmente."

En su mirada se le encendió de nuevo una chispa de esperanza. En el camino al registro civil, llamó a la estación de bomberos.

—Averigua una cosa. El día de la premiación, ¿Claudia reportó el incendio o no?

Del otro lado soltaron una carcajada de desprecio.

—¿Que si reportó el incendio? ¿Roxana no te lo contó?

A Adrián se le apagó la mirada. El gesto se le volvió oscuro, peligroso.

Era el subjefe Guadalupe Rasgado. Siempre se llevaron mal y justo hoy era él quien estaba de turno.

—Menos charla. ¡Dímelo!

—¿No pediste el divorcio con la división de bienes al 50/50? Ve y listo. Ahí la vas a ver.

El auto derrapó de golpe. Adrián corrigió a manotazos el volante hasta enderezarlo.

—¿Cómo lo sabes?

—No solo yo. El mundo entero lo sabe.

Le colgaron.

Adrián pisó el acelerador y llegó como loco al lugar de la "audiencia" del divorcio. Afuera ya había un montón de gente.

Yo flotaba por encima, viendo cómo señalaban mi foto y cuchicheaban.

—Esta mujer sí que no tiene corazón. Adrián se juega la vida y la mantiene, y aun así ella quiere divorciarse.

—Exacto. Yo quiero ver cuánto le va a tocar pagar.

Me estrujé los dedos, inquieta, y entonces vi a Diana entre la multitud, con la cabeza en alto.

Adrián también la vio. Iba a llamarla, pero el funcionario del registro civil lo hizo subir al estrado.

Enseguida apareció el resultado de "lo que él aportó" a la familia: sobre su cabeza brillaban, enormes, doscientos mil dólares.

Abajo estallaron exclamaciones:

—¡Adrián no solo es responsable en el trabajo, también lo da todo en casa!

—Su esposa es una parásita, seguro.

Cuando llegó mi turno, Adrián miró alrededor, desesperado, pero no me encontró.

En cambio, Roxana—que se suponía estaba en el hospital—apareció abajo, con una sonrisa orgullosa.

—Yo digo que sabe que no va a poder pagar y por eso no vino. Lástima, porque esto ya no se puede cancelar: una vez que empieza, se paga y se firma el divorcio.

Yo miré a Diana, con el estómago hecho un nudo.

La casa y el auto los compró Adrián. Yo no tenía trabajo. ¿Cómo iba a poder "ganarle" en esto?

Justo cuando todos estaban convencidos de que yo no me atrevería a aparecer, Diana respiró hondo. El pecho se le agitó con fuerza y, con lágrimas en los ojos, subió de prisa al estrado.

Sobre su cabeza, apareció un número en negativo.

El lugar explotó en carcajadas crueles.

Pero apenas unos segundos después, Adrián levantó la vista, incrédulo…

Y estuvo a nada de volverse loco.

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