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Portada de la novela El frío CEO ruega por mi amor

El frío CEO ruega por mi amor

Noreen entregó una década de su vida a Caiden, apoyándolo incondicionalmente hasta que alcanzó el éxito. No obstante, tras dos años de matrimonio, solo recibió indiferencia de su marido y humillaciones por parte de su amante. Cansada del desprecio de la élite y del vacío emocional, decide terminar con su calvario. Aunque el gélido empresario intenta rectificar y suplica perdón, Noreen elige su libertad y firma el divorcio para empezar de nuevo.
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Capítulo 3

"Estoy bien", respondió Noreen con un tono tan plano que parecía salir de un robot en lugar de una persona.

Caiden por fin alzó la mirada de la revista. Sus ojos fríos se posaron en su rostro desnudo antes de deslizarse hacia el anillo de bodas en su dedo.

Por un fugaz instante, ella pensó que había captado un destello de calidez que suavizaba sus facciones angulosas, pero desapareció antes de que pudiera estar segura.

"Esta tarde vamos a casa de mis padres", anunció Caiden con frialdad.

Un impulso instintivo por negarse se anudó en el pecho de la joven.

Se estremeció ante la idea de regresar a casa, donde la madre de Caiden, Ivy Evans, llenaba el lugar con un desprecio silencioso y asfixiante.

Antes de que pudiera hablar, él continuó con voz cortante: "Ya les dije que irías. No lo arruines".

Las palabras que ella estaba a punto de decir se marchitaron en su lengua.

Bajó la vista y revolvió de nuevo la avena, aunque la idea de comer le revolvía el estómago.

La mirada de él volvió a posarse en ella, esta vez con el ceño fruncido. "¿Qué le pasa a la avena? ¿No te gusta?".

"Está bien", respondió ella con ligereza. "Honestamente, es la mejor avena que he probado. Perfecta, de verdad".

Los labios del hombre se entreabrieron, como si iba a decir algo, pero al final se tragó sus palabras.

Sin decir nada más, sus dedos largos y elegantes deslizaron una bolsa de regalo verde oscuro sobre la mesa. Las letras doradas del logo brillaban sobre la superficie aterciopelada, atrapando los reflejos de la luz matinal.

La mirada de Noreen se detuvo en ella y la comprensión le tensó el pecho.

El logotipo era el de la joyería favorita de las mujeres de la familia Evans; las nuevas colecciones siempre se enviaban directamente a su finca para una selección privada.

Ella no hizo ademán de aceptarlo. Con un gesto leve, abrió la bolsa y dejó al descubierto una caja de terciopelo azul oscuro que descansaba en su interior.

"Póntelo esta tarde cuando volvamos. De lo contrario, la gente podría hacerse una idea equivocada y pensar que no te cuido", dijo Caiden, con un tono deliberadamente casual, como si nada de eso importara.

Los dedos de Noreen se apretaron ligeramente contra su palma.

"Está bien", contestó en un susurro tan suave que casi desapareció en el silencio de la estancia.

Él finalmente levantó la cabeza. Su mirada gélida rozó su clavícula desnuda antes de desviarse sin un ápice de calidez.

"No es nada especial", agregó con rigidez, casi a la defensiva. "Solo algo que compré por ahí".

Un breve silencio se extendió entre ellos. Luego, como si sintiera que eso no había sido suficiente, prosiguió: "Iba a tirarlo de todos modos, así que pensé que podría dártelo".

"Bueno". La respuesta sencilla de Noreen no transmitió ni peso ni calidez. Apartó la bolsa con la misma indiferencia.

La luz del sol se filtraba a través de los amplios ventanales, trazando una línea dorada pálida que parecía dividir la habitación y a ellos.

Caiden vio que sus pestañas bajas proyectaban una sombra tenue sobre sus mejillas. Por un instante, su mano se levantó, como si fuera a tocarle el rostro, pero el movimiento vaciló a mitad de camino. Sus dedos se curvaron hacia atrás y, en su lugar, alcanzó la taza de café.

"Quizá deberías intentar sonreír más, en lugar de andar con esa cara sombría todo el día. Eso arruina el ambiente", murmuró finalmente.

Mientras él se levantaba para irse, una brisa ligera se deslizó por la ventana y agitó un mechón suelto de cabello junto a su oreja.

Solo cuando sus pasos se desvanecieron en lo alto de la escalera, Noreen abrió con cuidado la caja de joyas.

Dentro había un collar de esmeraldas, cuyo brillo verde intenso atrapaba la luz de la mañana.

Su diseño era similar al que Cheryl solía usar con más frecuencia, aunque no estaba segura.

Los obsequios de Caiden siempre eran descuidados y este no era diferente: solo un cachivache que estaba a punto de tirar, como un regalo sobrante que no le importaba en absoluto.

"¡Vaya! ¿No es ese collar una de las piezas antiguas que la señora Cheryl solía usar?". La voz curiosa de Greta se oyó desde atrás.

Ella había trabajado para la familia Evans durante años, siempre al lado de Cheryl. Después de que Noreen se casara con la familia, Cheryl la había asignado para que la cuidara.

Noreen parpadeó, sorprendida por la observación. "¿En serio?".

Acercándose, Greta examinó la esmeralda con cuidado y asintió con tranquila convicción. "Estoy segura. La señora Cheryl tenía dos idénticos, y ambos pasaron al señor Evans".

Un atisbo de calidez apareció en los rasgos de Greta mientras sonreía. "Si se lo ha dado a usted, significa que aún la tiene en su corazón".

Con una mirada fugaz hacia la escalera, Noreen se contuvo y permitió que la empleada le abrochara con cuidado el collar.

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