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Portada de la novela El Francotirador: Disparo al corazón

El Francotirador: Disparo al corazón

Tras la muerte de su hermano, el exmilitar de élite Ariel Fuentes abandona su retiro para buscar justicia. Su investigación lo lleva hasta Aliska Brooke, una mujer envuelta en misterio que él cree vinculada al asesino. Sin embargo, la verdad lo golpea al descubrir que ella era la esposa de su hermano. Entre la acción y el peligro, surge una pasión prohibida que lo obliga a elegir entre su sed de venganza y un amor que desafía toda lealtad familiar.
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Capítulo 2

—En posición —Ariel escucha la voz de Campos en el radio transmisor conectado al audífono que cada uno de los cuatro hombres que fueron asignados a esta misión tienen en el oído.

Diez días tienen en el mismo lugar, cinco días detallando el terreno, y al objetivo asignado, y el resto esperando el momento ideal para cumplir con el trabajo sin fallar y sin levantar polvo. La orden es la discreción, ser pacientes, ecuánimes, no dejar a ninguno del objetivo vivo, pero sin alterar el entorno. 

Están en una zona boscosa, expuestos a los miles de animales raros que han tenido la oportunidad de ver allí. El calor es agobiante en el día y en las noches el frío hace de las suyas, lo que aunque Ariel reconoce es tremendo, en nada les afecta. Ya han pasado por pruebas donde la exposición a las altas y bajas temperaturas ha sido objeto de evaluación, y hasta de resistencia en las diferentes misiones a las cuales han sido asignados.

Se dice que los que están allí, incluso Ariel Fuentes, son los mejores en la elite, más, sin embargo, Ariel no siente la misma motivación con la que iniciaba y terminaba cada trabajo que le encomendaban. Otrora, recuerda era uno de los primeros en todo. Su trabajo sigue siendo de calidad, pero no con la misma transparencia que evidenciaba, ante todo.

—Listo, tengo al objetivo enfocado —Responde Ariel, procurando estar concentrado en su objetivo. Habla casi en un susurro por el transmisor que tiene pegado a la chaqueta con la que además de cubrirse para evitar ser identificado, procura cubrir su cuerpo del frío y los bichos raros que salen en horas de la noche.

En lo alto de la montaña donde se encuentran, el viento sopla con violencia, no se escucha ruido alguno diferente al paso del viento chocando en el rostro de cada uno, todo es calma, una tranquilidad ensordecedora, pero tan acostumbrados están a esto que no les afecta para nada. El entrenamiento que han recibido les ayuda a concentrarse y no perderse en medio de tanta tranquilidad. 

Este trabajo pudiera considerarse el más aburrido, tedioso, requieren de tanta concentración que el enfocar los pensamientos solo en el objetivo y todas las particularidades que pudieran contribuir o afectar la misión, debería ser el único de sus pensamientos. 

¡Qué situación tan compleja para un hombre con tantas situaciones de vida afectándole! ¡Qué retador pudiera ser para cualquiera que, como Ariel, afronte la peor crisis de su vida!

Pasar por una perdida, es duro para cualquiera, y sobre todo para un hombre que puso toda su vida en manos de esa persona que ahora no está. Esta experiencia fácilmente puede distraer a cualquiera, sin embargo, en un militar especializado en tirar del gatillo se espera que no sea así. Están entrenados para suprimir el dolor, se obligan mentalmente a no sentirlo, a ignorar toda señal que los altere.

Esto ha procurado hacer Ariel, solo que la situación parece salírsele de control. La ausencia de ella la ha sentido aun estando a kilómetros de distancia de su país. En todos esos que han transcurrido, desde su pérdida, no ha superado la agonía de no tenerla.

—Atentos —Anuncia Campos al ver que Ariel no acciona el arma—. Fuentes el objetivo se nos va a escapar, esta es la última oportunidad con la que contamos —Le advierte sintiéndose desesperar al ver que el lugar comienza a llenarse de hombres armados.

La orden es disparar sin armar una guerra como la que Campos prevé sucederá de no proceder de inmediato. Ve que el objetivo se mueve y Ariel no aprovechó la oportunidad. Aquel camina hacia un grupo de diez hombres que se reunieron, quedando de espalda a Ariel, perfecto para darle el tiro ganador. 

Ariel volviendo en sí decide accionar su rifle disparando dos veces sobre la humanidad del hombre que cayó al suelo de manera dramática y sin darse tiempo a reaccionar. Justo en ese instante al ver que los que estaban alrededor, se pusieron alerta, recordando la orden de no dejar cabo suelto, no le quedó más que disparar a todo lo que comenzó a moverse en el espacio donde cayó su objetivo, pues estos tenían la intención de responder a donde quiera que pudieran estarle enviando las balas. 

La oscuridad es tan densa, que pareciera que todo confabuló para que lograran cumplir con la misión. Con el apoyo del resto de sus compañeros, Ariel y el resto de los tres chicos, le dio de baja a todos los que estaban en el terreno. 

Conociendo de sobra el procedimiento de retirada, recogieron todo de manera estratégica y arrastrándose por el suelo, llegaron a la zona más densa, donde pudieron ponerse de pie y caminar entre la oscuridad y las numerosas plantas altas, hasta el lugar donde recuerdan dejaron el jeep. Dos horas de camino para no ser descubiertos, dos horas que les dio la oportunidad de relajar los músculos entumecidos por tantos días de inactividad real.

Dos días después retornaron a la base. Ariel se disponía a descansar después de ducharse, cuando recibió un llamado de su superior por lo que le tocó desistir de la idea del descanso.

—Permiso para entrar, Mayor —Solicita Ariel al estar en la entrada del despacho del Mayor Corleone.

—Adelante, Fuentes, cierre la puerta y tome asiento —Le ordena sin quitar la vista de lo que parece un informe.

Aguarda en silencio mientras el Mayor termina de leer. Mientras mira hacia el piso.

—Bueno, Fuentes —Inicia el Mayor—. Una vez más lo felicito por su actuación; pero, no puedo sentirme tan satisfecho porque puso en riesgo la misión y a sus compañeros.

—Comprendo, Mayor —Admite Ariel mirándolo serio.

—Fuentes, he venido observándolo en los últimos meses y, de hecho, pedí a uno de los especialistas que lo evalúe desde la distancia —hace una pausa—. Cuénteme ¿Qué le está sucediendo? Usted no es ni sombra del agente que solía ser.

—No tengo nada, tal vez es agotamiento, solo eso, Mayor —Le responde con tranquilidad.

—Aquí tengo el informe que pedí elaborarán de usted y al resto de los compañeros del grupo. Su trabajo sigue siendo excelente pero no con la pulcritud a la que nos tiene acostumbrados —Le informa—. Voy a ser sincero con usted. Esta es la segunda misión en la que por distracción comete un error, mínimo, pero error al fin. Error que, de proseguir y acentuarse, puede poner en riesgo la seguridad de todo un país —Le expresa con firmeza el Mayor—. No crea que no nos hemos dado cuenta que no ha superado la muerte de su novia. Desde que se reincorporó lo vemos más distante, centrado en el trabajo, pero inconscientemente apático al cumplimiento de ciertas rutinas que usted bien sabe son importantes en la preparación de un agente con la responsabilidad que usted lleva a cuesta.

—No sé qué decirle Mayor —Responde Ariel, reconociendo que el Mayor tiene razón en su observación.

—La junta tomó una decisión, como es tan buen recurso para nosotros, para el país, después de una reunión donde fue evaluada la situación de varios agentes, entre ellos, usted, la junta decidió solicitar una evaluación con un especialista de la fuerza especial —Le informa mirando con atención la reacción de Ariel—. Del resultado de la misma se decidirá que resolución hemos de tomar con usted. Mañana a primera hora deberá presentarse al consultorio del Doctor Capote. Él se encargará de hacerle la evaluación y de inmediato informarnos sobre su observación.

—Así lo haré, Mayor —Responde Ariel conforme con la petición—. Sí no hay más que ordenar, pido permiso para retirarme.

—Concedido —Contesta el Mayor, quien lo acompaña con la mirada en su recorrido por el despacho hasta que cerró la puerta a su espalda.

A paso lento Ariel avanzó por el pasillo. Reconoce que no se siente el mismo después de la muerte de Sherelyn, pero estima que no es para tanto. Sin embargo, es una orden de su superior, y como tal debe cumplirse.

Al día siguiente, siendo las siete de la mañana, no fue a desayunar como acostumbra, sino que se dirigió al consultorio. Una de las reglas que le impone el cumplimiento del deber es la puntualidad y por eso se encuentra frente a la puerta del doctor, esperando ser llamado para salir de esto que le parece una perdida de tiempo. Solo por protocolo trata de cumplir.

—Adelante, agente Fuentes —Le pide la secretaria del doctor.

Durante la evaluación, que pareció más una conversación, donde solo él habló de su vida, comenzando desde la infancia, fue sometido una y otra vez a interrogantes un tanto tediosas, y que vieron su punto de algidez cuando llegó al tema de Sherelyn. En esa etapa, desde el comienzo de la relación hasta el propio día de su muerte e incluso al de hoy, fue donde el doctor se detuvo una y otra vez en interrogantes, de las cuales, muchas Ariel no quería responder. 

En este momento se dio cuenta que nunca había hablado este tema con nadie, le cuesta hablar de ella, de su muerte, del efecto que esa experiencia dejó en él, sobre todo la amargura, el deseo constante de morir que lo acompaña en todo momento, los momentos de excesivo apetito y otros en los que nada le provoca, como ahora, solo quiere dormir, escapar de la realidad que lo rodea, y solo por el compromiso que asumió con la institución, se mantiene en pie todavía. 

Cansado de tantas preguntas, llegó un instante en el que se mostró más irritado que otros días. 

—¿Podemos terminar? —Le pregunta Ariel con brusquedad al doctor, poniéndose de pie de manera inesperada y de golpe—. Necesito salir de aquí, me siento asfixiado.

—Espere, me faltan algunas preguntas —Le pide el doctor al verlo avanzar hacia la puerta.

—Para mí ya fue suficiente —Le dice Ariel con decisión al tiempo que abre la puerta sin la sutileza que se espera de un agente que dista mucho de la serenidad que debe caracterizarlos—. Haga lo que quiera con lo que le conté.

Salió al pasillo azotando la puerta. Se siente desesperar, con deseos de salir de allí y acabar con lo que le rodea, es consciente que no puede actuar como bien quisiera, pero es lo que le pide el subconsciente, es lo que le pide su corazón destruido. Dentro de él no hay un sentimiento pulcro, bonito, como los que tuvo antes de perder a Sherelyn. Ellos murieron con ella, y ahora solo desea acabar con todo y más con su vida, si con eso dejará de sentirse tan mal.

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