
El Fénix Renace: Amor y Traición
Capítulo 3
Me acerqué al oído de mi abuelo, el olor a tabaco y cuero viejo de su chaqueta me trajo una extraña calma.
"Mi elección es Luis 'El Rayo' Mendoza", susurré, mi voz firme, sin un ápice de duda.
Mi abuelo se apartó un poco para mirarme a los ojos, su mirada profunda buscando cualquier señal de vacilación. Solo encontró determinación. Una lenta sonrisa se dibujó en su rostro arrugado, una sonrisa de aprobación. Él no necesitaba saber mis razones, confiaba en mi instinto, el mismo instinto que me convirtió en La Fénix.
Se enderezó, su presencia imponente llenando el salón y silenciando cualquier murmullo. Miró a Ricardo, que seguía arrodillado con una expresión de creciente confusión.
"Ricardo", dijo mi abuelo, su voz resonando con autoridad, "levántate. La decisión de Sofía será anunciada a su debido tiempo y en el lugar apropiado. Por ahora, espera como los demás".
Ricardo se puso de pie, desconcertado. Me lanzó una mirada, una mezcla de incredulidad y molestia. Estaba claro que no entendía. En su mente retorcida, mi silencio y mi sonrisa eran solo una táctica para hacerlo desear más lo que creía que ya era suyo. Una sonrisa de suficiencia se dibujó en su rostro mientras se reunía con Lucía en un rincón. La vi susurrarle algo, probablemente asegurándole que todo era parte de mi juego, que al final cedería, como siempre lo había hecho en nuestra vida anterior. Su arrogancia era tan predecible, tan patética.
Más tarde, los encontré cerca del garaje principal, el santuario donde descansaba el "Alma del Fénix". Lucía se acercó a mí primero, su rostro una máscara de falsa amistad.
"Sofía, amiga, gracias", dijo, intentando tomar mi mano. La retiré antes de que pudiera tocarme. "Sabía que entenderías. El amor de Ricardo y yo es verdadero, pero respetamos la tradición. Juntos, los tres, llevaremos al Nido a la cima".
Su hipocresía era tan densa que casi podía tocarla. Asentí lentamente, sin decir una palabra, dejando que su veneno se gastara en el aire.
Entonces Ricardo se interpuso, su actitud era la de un hombre que ya era el dueño de todo.
"Sofía, basta de juegos", dijo con impaciencia. "Necesito las llaves del 'Alma del Fénix'. El campeonato está cerca y tengo que empezar a entrenar con él. No podemos perder el tiempo".
Extendió la mano, esperando que yo, como una sirvienta obediente, le entregara la llave del coche más poderoso de México. La llave de mi legado. La llave que en nuestra vida pasada le había costado la vida.
"El coche necesita sentir a su piloto", añadió, su voz cargada de una posesividad que me revolvió el estómago. "Y ese piloto soy yo".
Un escalofrío recorrió mi espalda, un eco fantasmal de la traición. Recordé la última vez que le di esas llaves. Recordé su sonrisa mientras se alejaba en mi coche, dejándome atrás para enfrentar la ruina que él había orquestado. Mi mano, por instinto, fue a mi bolsillo, donde las frías llaves del "Alma" descansaban.
En ese momento, una figura silenciosa pasó junto a nosotros. Era Luis "El Rayo" Mendoza. Era más joven que Ricardo, un piloto de inmenso talento natural pero de pocas palabras, siempre manteniendo un perfil bajo. Siempre me había observado desde la distancia, con una mezcla de respeto y admiración que nunca pedía nada a cambio. Nos vio, asintió con la cabeza en señal de respeto hacia mí y siguió su camino hacia los garajes secundarios.
Ricardo soltó una risa burlona al verlo pasar.
"¿Ese güey?", escupió con desdén. "¿Todavía corre para nosotros? Pensé que ya lo habíamos mandado a competir en carreras de carritos de supermercado. Ni siquiera sabe cambiar una llanta sin la ayuda de un manual".
Lucía se rió, una risa chillona y desagradable.
"Tranquilo, mi amor", dijo ella, acariciando el brazo de Ricardo. "No es competencia para ti. Nadie lo es".
Los observé, un par de víboras convencidas de que el mundo les pertenecía. No dije nada. Dejé que se regodearan en su ignorancia. No sabían que el silencioso piloto al que acababan de despreciar era el hombre que estaba a punto de tomar todo lo que ellos creían asegurado. Mi silencio no era debilidad, era el preludio de la tormenta.
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