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Portada de la novela El esposo infiel de la CEO

El esposo infiel de la CEO

Lo que comenzó como una unión pactada por sus padres entre dos médicos profesionales terminó en una pesadilla matrimonial. Desde su gélida noche de bodas, ella se enfrentó a la traición tras hallar pruebas de la amante de su marido. Pese a los desprecios y la actitud cruel de él, un amor angustioso la mantiene ligada a su lado. Ahora, consumida por el odio y la esperanza de un cambio, debe decidir si seguirá perdonando o si buscará el divorcio.
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Capítulo 1

Hoy reaccioné mal y, sin pensar, le pedí el divorcio. Sí, en la relación he sido la más débil, mi prioridad ha sido salvar el matrimonio, pero me cansé de esperar a que cambie y me corresponda.

Mi intención no fue causar otra pelea, apenas le pregunté dónde estaba porque no había podido dormir esperándolo. Y me gritó con todas sus fuerzas, perdí la cuenta de las veces que me gritó... de ese modo, como si yo no valiera nada y le desagradara demasiado verme. Me gritó a la cara que lo dejara, que me divorciara. Y lo peor es que no le he dado motivos, soy tan cuidadosa con el tono de voz que uso y nunca he tenido un reproche ni un mal gesto hacia él.

Sé que no quería casarse conmigo sino con ella y, a pesar de ello, he aguantado mi desgracia con la certeza en mi corazón de que iba a dejarla. 

Cuando llegué al hospital esta mañana la vi bajarse del auto de Sebastián y despedirse con un beso: la sonrisa en su rostro era de satisfacción. Sé que mi esposo la mantiene ilusionada y que le dice palabras bonitas para mantenerla dispuesta a esperar. A esperar que se deshaga del compromiso que tiene conmigo. Sé que a ella le propuso matrimonio por amor y su madre lo obligó a romper para casarse conmigo. Quizás por eso me odia, me desprecia, porque soy la razón de su infelicidad. 

La amante de mi esposo, Camila, ese es su nombre, es médico residente en el Hospital Rivas, donde también trabajamos mi esposo y yo. En el que me desempeño como Directora General, una posición que me amarra, que me mantiene en control de mis actos. Sufro callada, los veo y me limito de hacer cualquier comentario; finjo normalidad cuando por dentro me muero de celos e impotencia.

Me quedé un rato más en el estacionamiento antes de ingresar al área techada, donde están ubicados los puestos asignados a los directivos: el mío, era el más cercano al ascensor, rotulado en amarillo, Director General. Un puesto que, en el pasado, siempre había sido ocupado por hombres. La junta directiva no me designó por mi trayectoria, aunque es obvio que soy una excelente profesional, pero apenas tengo treinta años de edad. Lo motivó el hecho de ser nieta del médico fundador de la institución: un hombre que, al igual que mis padres, tuvo un desempeño importante mientras estuvo activo.

Caminé en dirección a mi oficina, a paso rápido, para no tropezarme con ellos. Descuelgo la bata del perchero y me la pongo: ajusto el cuello y mi cabellera mientras se enciende la computadora. Me quedo mirando la pantalla y respiro profundo, descansando la espalda.

-Buenos días, Valentina, ¿estás nerviosa? -la sonrisa espontánea de mi mejor amiga, María Fernanda, era lo que necesitaba para volver a pisar tierra. Me hizo reír cuando curiosa se quedó observando mis zapatos de tacón jugando con la base de la silla giratoria.

-Feliz día, cariño. Estoy aquí tragando grueso, me los acabo de encontrar: ¡tanto que le he dicho que guarde las apariencias en público y no me hace caso! En fin, disculpa, por venirte con esta descarga, pero no tengo con quien desahogarme, estoy estresada. -Después que solté todo ese veneno me dio vergüenza.

María Fernanda me miró con compasión y me abrazó. -Tienes que aguantar, ¿qué más te queda?, esa zorra se tiene que cansar y dejarlo. No te creas que es tan fácil ser la otra, debe llorar tanto como tú o más -acariciaba mi cabello-. Él tiene que estar haciendo un trabajo diario, levantándole el ánimo: prometiendo que te dejará, para que ella aguante y lo espere. 

-¿Quién sabe qué le dirá? Todo esto es culpa de mi cuñada, Lucía, no ha debido presentarlos. Ella sabía de sobra que hace años nuestras familias hablan del compromiso. Esa muchacha irresponsable y fiestera: ¡claro!, ellas son amigas, por allí viene la cosa. 

-No me habías contado ese detalle. ¿Así que no se conocieron aquí en el hospital?

-No, él mismo me lo dijo en una discusión que se salió de control. Él fue a una fiesta a acompañar a Lucía y conoció a Camila. Ellas son amigas. 

-Entonces, ¿ya estaban saliendo cuando ella empezó como residente aquí?

-Parece que se gustaron y no pasó de allí, luego se reencontraron en el trabajo y fue donde se enamoraron, Pero, yo no creo que él la ame como dice. Lo que pasa es que ella es lo opuesto a mí: relajada, sexy, ese tipo de mujer siempre llama la atención de los hombres.

-¿Qué le dirá?, ¿te lo has preguntado?, porque ella lo conoció soltero, era una situación muy distinta. Ahora es un hombre casado.

-Lo que dicen los hombres: que no dormimos juntos y que la ama a ella, no a mí. 

-Es una tonta -María Fernanda suelta una carcajada-. 

-Obvio que sí, muy poco se valora. Se casó conmigo y no pienso divorciarme.

-¡Desgraciado!, bueno, te voy a dar la razón, pero yo en tu lugar no sé qué haría. Eres tan buena, amiga. Tan noble. Le das tantas oportunidades...

Nos quedamos en silencio, pensando y no nos percatamos...

-¡Mira la hora! Anda de una vez al área de cirugía, seguro que deben estar preparándose para la intervención programada para las 10:00 a.m. Me cuentas lo que hagan o digan, tú eres mis ojos y oídos allá.

-¡Ay!, amiga. A veces me siento feliz por el nombramiento que me diste. Otras veces, creo que me designaste jefa del área de cirugía solo para que le incomodara la jornada a esos dos. 

-¡No seas tonta!, lo hice porque eres la más capacitada y porque confío en ti, deja de pensar bobadas. 

-¡Me fui!, te escribo...

María Fernanda cerró la puerta y yo me quedé unos minutos sin hacer nada, apenas mirando el teclado de mi computadora. 

Miré la foto en mi escritorio: la foto de nuestra boda. Recuerdo ese día, en esa imagen mis ojos lo decían todo: pura ilusión. A mi lado, Sebastián: serio y posando su mano sobre la mía. No por iniciativa propia, sino porque siguió las indicaciones del fotógrafo. ¡Como pasa el tiempo!, ya vamos a cumplir nuestro primer año de casados. 

Nos casamos de día, en la iglesia más antigua de la ciudad de Porlamar, ubicada en la plaza Bolívar. Un lugar muy concurrido y de difícil acceso, hasta si vas en tu propio automóvil. En medio del bullicio: vendedores ambulantes y cornetas sonando, un tráfico infernal. Familiares y amigos esperábamos a que el novio se presentara: esa fue una mala señal, no llegaba. Pero mi madre y mi mejor amiga se encargaron de que yo no me diera cuenta. No me respondían cuando preguntaba la hora y tampoco me dejaban salir del cuarto donde esperaba paciente a que iniciara la ceremonia. 

Después, supe de todas las llamadas que le hicieron a la señora Isabel, mi suegra, preguntando por qué se demoraban tanto en llegar. La pobre señora estaba como loca intentando convencer a su hijo, quien al parecer tuvo un ataque de indecisión de último momento.

Resulta que estaban todos listos, menos el novio, a quien se le ocurrió encerrarse en su habitación y apagar el celular, justo minutos antes de la hora fijada para nuestro matrimonio. 

Tomé el portarretrato en mis manos y me quedé mirando detalladamente aquel recuerdo. Por un momento, me pregunté: ¿qué hubiese sido de mi vida si no nos hubiésemos casado? Con certeza supe la respuesta: habría llorado, al menos dos días seguido; hubiera roto todas sus fotos; y, a lo mejor, en este día estuviera sola, pero tranquila, haciendo lo que más me gusta: trabajar. 

Llevaba una hora en la oficina y mi mano tomaba y soltaba el mouse. Seguía sin decidirme cuál archivo revisar para empezar la jornada. En fin, a veces hubiese querido meterme en su cabeza para saber qué era lo que pensaba: ¿cuál era su versión de los hechos? Porque Sebastián se limitaba a decir mentiras o se negaba a hablar y cuando lo presionaba mucho me recordaba que no quería casarse, como si me hubiese hecho un favor al estar conmigo. Me deprimía saber que no me deseaba ni me quería, aunque sea un poco, mientras yo cada vez me enamoraba más de él. La última pelea fue anoche, nos gritamos y me pidió que lo dejara en paz, que no quería que me entrometiera en su vida. Los gritos se escuchaban afuera, cada vez se hacía más difícil disimular y aparentar ante los demás que éramos una pareja feliz.

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