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Portada de la novela El engaño de Ricardo: Dulce traición

El engaño de Ricardo: Dulce traición

Tras tres años dedicada a la cocina, mi regreso junto a Ricardo se torna en un calvario. Un desconocido invade mi casa reclamándome como prometida, mientras Elena, mi mejor amiga, usurpa mi lugar como esposa de Ricardo con el aval de mis padres. Tildada de traidora y repudiada, sufro un accidente mortal ante la frialdad de Elena. Sin embargo, despierto para entender que fue una visión: un mensaje de Ricardo me advierte que la pesadilla es real.
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Capítulo 3

Mañana era el día. El día de mi regreso. El día que había estado esperando durante tres largos años.

Después de la pesadilla, la ansiedad se apoderó de mí. Pasé el resto del día inquieta, revisando mis maletas una y otra vez, mirando el reloj cada cinco minutos.

Le envié un mensaje a Ricardo.

"Yo también te amo. No puedo esperar a verte. ¿Estarás esperándome en casa?"

Quería asegurarme. Necesitaba escucharlo de él, necesitaba que la realidad borrara por completo los restos de esa horrible visión.

Su respuesta llegó casi de inmediato.

"Claro que sí, mi amor. Estaré en la puerta de nuestro departamento, esperándote con los brazos abiertos. Como siempre."

Leí el mensaje y, en lugar de calmarme, mi corazón dio un vuelco. "Estaré en la puerta... esperándote". Era una frase normal, pero después de mi pesadilla, sonaba extrañamente específica. Casi como si supiera lo que había soñado.

Negué con la cabeza. "Para, Sofía. Te estás volviendo paranoica."

Al día siguiente, tomé un taxi desde el centro de investigación hasta nuestro edificio. Cada semáforo en rojo aumentaba mi nerviosismo. ¿Y si la pesadilla era real? ¿Y si al llegar, ese hombre, Manuel, estaba allí?

Cuando el taxi se detuvo frente al edificio, respiré hondo. Todo estaba bien. Era solo mi imaginación.

Pagué al conductor y salí del coche, arrastrando mi maleta. Caminé hacia la entrada, mi corazón latiendo con una mezcla de emoción y un miedo persistente.

Y entonces lo vi.

Apoyado contra la pared junto a la entrada principal, estaba él. El hombre de mi pesadilla. Manuel.

La misma calva brillante, la misma camiseta manchada, y en su mano, una bolsa de plástico de la que emanaba un inconfundible olor a pepinillos.

Se me heló la sangre.

Me vio y su rostro se iluminó con una sonrisa grasienta. Caminó hacia mí, con los brazos abiertos.

"¡Mi amor! ¡Finalmente llegaste!"

Intentó abrazarme, pero retrocedí horrorizada, chocando contra mi maleta y casi cayendo.

"¡Aléjate de mí!", grité, mi voz temblando.

La gente que pasaba se detuvo a mirar. Manuel me miró con una expresión de dolor fingido.

"Sofía, ¿qué te pasa? Soy yo, tu Manuel. ¿No me reconoces?"

Se acercó de nuevo, esta vez logrando agarrar mi brazo. Su tacto era húmedo y desagradable. La gente nos rodeaba, susurrando.

"¡Suéltame! ¡No te conozco!", grité, tratando de liberarme.

"¡Ayúdenme!", le supliqué a la multitud. "Este hombre me está acosando."

Manuel me miró, sus ojos se llenaron de lágrimas falsas.

"Pero mi vida... ¿no recuerdas lo que me dijiste anoche por teléfono? Me dijiste que estabas deseando volver a casa conmigo, que haríamos nuestra famosa noche de tacos con extra de pepinillos."

Me quedé paralizada. Esas palabras... eran una distorsión de mi conversación con Ricardo. ¿Cómo podía saberlo?

Me sentí mareada, mi mente daba vueltas. La multitud me miraba con una mezcla de lástima y sospecha.

"¡Está mintiendo! ¡Mi prometido es Ricardo, no este... este hombre!"

Mi voz se quebró en un sollozo de desesperación. Manuel adoptó la postura de una víctima, agachando la cabeza.

"Sé que el experimento fue duro para ti, mi amor. Pero no tienes que desquitarte conmigo."

Las miradas de la gente se suavizaron hacia él. Empezaron a murmurar entre ellos, ahora mirándome a mí con desaprobación.

"Pobre hombre, ella parece fuera de sí."

"Quizás el encierro la afectó."

Una mujer mayor se acercó a mí con una mirada compasiva.

"Tranquila, mija. A veces la presión nos hace olvidar las cosas. Pero tu esposo se ve que te quiere mucho."

"¡No es mi esposo!", grité, sintiendo que me derrumbaba.

"Señorita, ¿necesita que llamemos a la policía?", preguntó un hombre joven, mirando a Manuel con desconfianza.

Por un segundo, sentí una oleada de esperanza. "Sí, por favor, ¡llámenla!"

Pero Manuel levantó una mano, con una expresión de tristeza infinita.

"No, no es necesario. Entiendo que esté confundida."

Luego, metió la mano en el bolsillo trasero de sus pantalones y sacó una cartera gastada. De ella, extrajo un documento doblado y se lo entregó al hombre joven.

"Mire. No estoy mintiendo. Somos marido y mujer."

El hombre desdobló el papel. Su expresión cambió de sospecha a sorpresa, y luego a vergüenza. Le pasó el documento a la mujer mayor. Ella se puso las gafas y lo leyó, abriendo los ojos como platos.

Era un acta de matrimonio. Con mi nombre, Sofía Ramírez, y el suyo, Manuel González.

El silencio se apoderó de la multitud. Luego, todas las miradas se giraron hacia mí. Ya no había compasión. Solo había desprecio.

"No puede ser...", susurré. "Es falso. ¡Es una falsificación!"

Saqué mi teléfono frenéticamente, con las manos temblando tanto que apenas podía desbloquearlo. Fui a mi galería de fotos, a la carpeta de "Ricardo y yo". Necesitaba mostrarles. Necesitaba pruebas.

Pero cuando abrí la carpeta, mi corazón se detuvo.

Las fotos habían cambiado.

En cada una de ellas, donde debería estar el rostro sonriente y guapo de Ricardo, ahora estaba la cara de Manuel. Manuel en la playa conmigo. Manuel en la cena de Navidad con mis padres. Manuel y yo, sonriendo a la cámara, en una foto que recordaba perfectamente haber tomado con Ricardo el día que nos comprometimos.

Un grito ahogado escapó de mis labios. El miedo, puro y absoluto, me invadió. Esto no era posible. Alguien había manipulado mi teléfono, mi vida, mi realidad.

Le mostré el teléfono a la mujer mayor, desesperada. "¡Mire! ¡Esto no es real! ¡Alguien cambió mis fotos!"

La mujer me miró con lástima, como se mira a alguien que ha perdido la razón.

"Claro, mija. Claro."

Me devolvió el teléfono y se alejó, sacudiendo la cabeza.

La multitud empezó a dispersarse, lanzándome miradas de asco.

"Qué vergüenza, negar a su propio esposo en público."

"Pobre tipo, tener que aguantar a una loca así."

"Deberían llevarla a un psiquiatra."

Me quedé sola en la acera, rodeada por el silencio acusador. Manuel se acercó lentamente, su falsa expresión de preocupación de vuelta en su rostro.

"Ya, ya, mi amor. Vámonos a casa. Necesitas descansar."

Intentó tomar mi brazo de nuevo, pero lo aparté con la poca fuerza que me quedaba. Mi mente estaba en blanco, mi corazón hecho pedazos. Estaba atrapada. Atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.

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