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Portada de la novela El Divorcio que me Salvó

El Divorcio que me Salvó

Tzatzi decide dejar atrás una etapa de sufrimiento y cambiar su identidad para hallar la paz en un entorno desconocido. Su anhelo de renovación se ve alterado por un percance cotidiano: queda encerrada fuera de su casa. Sin más opciones, pide ayuda a su vecino, un hombre de carácter gélido que la recibe tras salir del baño. Este cruce de caminos desatará una relación imprevista que pondrá a prueba su capacidad de superar el dolor de su divorcio.
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Capítulo 3

-Yo-yo lo-lo si-si-siento no quise… ay por Dios, lo lamento solo… me quedé afuera de mi departamento y… y no tengo forma de contactar a un cerrajero… o-olvidé el teléfono y las llaves adentro y bueno… la verdad yo… ay por favor Tzatsi cállate de una vez que estás haciendo el ridículo. 

Aprieto mi mano contra mi boca para evitar seguir hablando como una máquina y para dejar de parecer una desquiciada ante mi vecino, el cual me observa con una ceja alzada como si esperara a que me callara. Bonita primera impresión…  

La verdad es que sé que tengo un problema que tengo que arreglar sobre mi tema por los hombres, porque soy consciente de que no todos son ese infeliz maldito, que hay gente que es muy buena y su cromosoma es XY, soy perfectamente consciente de ese hecho, pero mi persona reacciona por sí sola y sé que no es algo que vaya a desaparecer. El inconveniente aquí es que, si bien he podido fingir que todo está bien hasta ahora con los individuos del género masculino con los que me he cruzado en el último par de semanas, que este gigante me abriera la puerta fue demasiado.   

Cuando creo que finalmente podré hablar con más calma y normalidad, bajo mi mano, aclaro mi garganta e intento iniciar nuevamente, ésta vez, pareciendo una persona en su sano juicio.  

-Ok, sé lo que esto parece, no soy una loca o paciente psiquiátrica, solo me puse nerviosa y cuando eso pasa, soy una ametralladora de decir tonterías. Me disculpo por eso. Empecemos de nuevo, sé que esto es poco usual, sin embargo, soy nueva y necesito su ayuda. Mi nombre es Tzatsi, como dije, soy su nueva vecina y, por falta de costumbre y prisa, me quedé fuera de mi casa. Lamento molestarlo, evidentemente en la ducha, pero quería saber si sería mucha molestia el que pudiese usar su teléfono para llamar a un cerrajero y que viniera a abrirme la puerta.  

Esos penetrantes ojos verdes, que me recuerdan al musgo fresco, me observan desde arriba en silencio por unos momentos, como si estuviera considerando si debería cerrarme la puerta en el rostro y ahorrarse el problema que es evidente que le estoy trayendo, o si va a ser un buen samaritano y ayudar a la ridícula vecina loca que tiene ahora enfrente.  

Estoy por dar por sentado que quizás es extranjero y no me entiende o quizás es mudo, hasta que termina suspirando con evidente cansancio y se frota los ojos con los dedos como si intentara relajarse.  

Cuando finalmente habla, su voz es ronca, como de fumador de tiempo, y me hace estremecer cada célula, como si vibraran en la misma frecuencia, aunque consigo mantenerme y que no se note. 

-Tengo el celular cargando, pasa y puedes usarlo. El teléfono del cerrajero está pegado en el refrigerador, con el sistema de cerraduras de aquí, es algo que suele ocurrir. Te recomendaría que, si eres del tipo despistado, ocultes alguna llave en un sitio del edificio que puedas recordar y que no puedan encontrar así como así, para evitar tener que volver a pagar por una cerradura y llave nuevas en cada oportunidad. 

-Es un buen consejo…  

-Pasa. 

-Ahora va, tengo que buscar mi comida.  

Su ceja vuelve a alzarse y no digo nada, simplemente me apresuro a juntar la bolsa de papel antes de ingresar al departamento de mi vecino gigante. La verdad es que es bastante bonito, decorado con buen gusto, aunque demasiado masculino, casi frío. Se nota que por aquí no ha pasado una mujer en, quizás, mucho tiempo.  

No puedo decir nada al respecto, después de todo, me acabo de mudar y estoy recién volviendo a poder tener una buena perspectiva de mí misma y de lo que me gusta o quiero, soy la menos indicada para opinar de las decoraciones de una casa ajena.  

Sillones grandes, muebles de madera maciza de colores apagados, aunque bonitos, cuadros de paisajes tranquilos, sobre todo nocturnos y de playas o bosques, electrodomésticos de acero inoxidable y mesadas de cuarzo negro… Lindo, pero frío. Siento que estoy en el set de fotos de una revista de decoración. 

Con la bolsa en mano, no estoy segura de dónde sería bueno dejar el paquete, me aterra ensuciar algo con esto, pero mi vecino parece notar mi predicamento y, aún con solo la toalla en la cadera, me quita la bolsa con calma y la deja sobre la mesada de la isla.  

-El teléfono está conectado ahí, junto al refrigerador y el número está en uno de los imanes, llama con tranquilidad, puedes esperar aquí hasta que llegue. Si me necesitas, llámame, estaré en el baño. 

-Gracias, pero… aún no sé tu nombre.  

-Julio. 

-Es un placer.  

No dice nada más, simplemente asiente y se aleja hacia el pasillo, el cual es igual estructuralmente a de mi departamento, aunque en espejo. Los lugares son iguales, el diseño es el mismo, solo que espejado, invertido en disposición. No inspecciono mucho más, simplemente me acerco al teléfono y, como ya tiene toda su carga, lo suelto del enchufe para poder marcar. Entonces recuerdo que puede que necesite su contraseña, patrón o huella para desbloquearlo, y estoy por llamarlo, cuando con solo apretar el botón, la pantalla se activa sola.  

-¿Quién hoy en día no pone seguridad en su teléfono? 

Niego y simplemente busco el número que me dijo para llamar. Menos de diez minutos después, estoy sentada en la barra de la isla, terminando de comer lo que me quedaba del wok empezado, sabiendo que está tibio y que no hay que desperdiciar. Al menos está rico.  

Los pesados pasos vuelven a escucharse, solo que ésta vez es evidente que no son descalzos, sino con calzado, y poco después, el corpachón de mi vecino aparece en la cocina, ahora vestido con un vaquero obscuro desgastado del frente, botas parecidas a las de los motoristas y una camiseta negra lisa de cuello de pico que, para ser honesta, le queda de muerte. El cabello negro echado hacia el frente, con las puntas acariciando sus obscuras cejas, le da ese aire maquiavélico que me impacta junto con esa mirada verde intensa. 

-¿Qué dijo el cerrajero?  

-Que estará aquí en cuarenta y cinco minutos como temprano. Está ocupado ahora mismo, al parecer, y una duende de metro y medio, con una gran bolsa de comida japonesa y con un cerebro despistado que olvidó tanto su teléfono como sus llaves dentro de su departamento, no está entre sus prioridades justo ahora.  

-Sí, eso suena como Patrick.  

-¿Te gusta el sushi o los woks de arroz y mariscos? ¿O quizás las bombas de salmón y queso phila en tempura? Es todo lo que puedo ofrecerte ahora mismo por tu ayuda.  

Su ceja se vuelve a alzar mientras observa la bolsa que es casi de la mitad de mi estatura y devuelve su atención a mí. 

-¿Planeabas tener invitados? 

-Para ser franca, la verdad no. Puede que mida metro y cincuenta, mas mi estómago no parece enterado de ese hecho. La verdad es que todo eso era para mí…  

-¿Es una broma? 

-Qué más quisiera, sin embargo, es mi triste realidad. Mi ex solía… 

La sola mención de ese desgraciado me hace morderme la lengua y bajo mi mirada al embace ahora vacío, con los pocos arroces que aún quedan luego de que me comiera todo lo demás. Ha ahogado tanto mi vida que ya no puedo decir más de cinco frases sin que se inmiscuya en el tema de forma involuntaria.  

-¿Tu ex qué? 

La voz de Julio me hace alzar la mirada a su rostro curioso y trato de quitarle hierro al asunto, haciendo como si no fuera nada.  

-Nada solo… solía decir que comía demasiado. Que le daba vergüenza llevarme a comer en público porque parecía un barril sin fondo. Que tenía suerte de tener buen metabolismo o hace mucho que me habría convertido en una bola de grasa. 

No dice nada, simplemente se acerca a la bolsa y la abre, sacando uno de los paquetes y unos palillos para empezar a comer el contenido: un wok de arroz y pulpo.  

-La verdad, si dijo eso era un idiota. Si tienes buen metabolismo, úsalo, muchas mujeres matarían por poder comer lo que quisieran sin preocuparse de subir de peso. Además, esto está delicioso y no hay que desperdiciar la oportunidad de comer bien cuando se puede.  

La simpleza casi sin emociones con la que habla, me causa cierta gracia y decido sacar yo otro paquete, siendo ésta vez una bandeja de piezas de sushi. La abro y como un par con mucho gusto, sintiéndome relajada por comer con alguien por primera vez en mucho tiempo sin que me juzguen por lo que ingiero, ya sea en variedad o cantidad.  

Incluso hasta se roba un par de piezas de mi bandeja, lo cual me resulta un poco cómico.  

Comemos en silencio, uno cómodo y tranquilo, el cual ninguno parece tener la necesidad de romper, y para cuando me quiero dar cuenta, ya no hay nada en la bolsa y los empaques vacíos están esparcidos por la mesada.  

Como si estuviéramos sincronizados, nos ponemos a juntar todo y a meterlo en la bolsa principal, hasta que ambos queremos tomar el último y rápidamente retiro mi mano de la suya: la diferencia de tamaño es casi apabullante, pues estoy segura de que una de las suyas es casi el doble de las mías, ¿cómo es eso posible?  

Sin saber qué hacer o decir, porque sé que seguramente por mi culpa es que el ambiente está tan tenso, miro la hora en el reloj que hay en la pared y noto que ha pasado casi media hora, lo que significa que aún faltan como mínimo, otros quince minutos. ¿Debería irme?  

Aparentemente ajeno a mi duda interna con respecto a qué hacer, Julio termina de limpiar todo y de desechar los empaques en el cesto de basura para luego mirarme con ese rostro serio y neutro. ¿Este hombre no sonríe jamás? Quizás mi presencia le molesta, después de todo, soy una intrusa en su casa. 

-Bueno, creo que… creo que ya debería irme.  

-¿Patrick no dijo que cuarenta y cinco minutos mínimo? A penas si ha pasado media hora y él no es precisamente puntual. 

-¿Y entonces por qué me lo recomendaste? 

-Porque es el único en la zona y no se puede evitar el que se aproveche de eso. Estoy seguro de que si otro cerrajero viniera a instalarse por aquí, se haría millonario.  

-Bueno, de todas formas, ya he invadido demasiado tu hogar, lo mejor sería que me retirara, ¿no crees? 

-¿Planeas quedarte sentada en el suelo del pasillo hasta que tu trasero quede frío y plano? Eso sería un desperdicio.  

Ante la broma dicha con esa seriedad, no puedo evitar echarme a reír como foca con epilepsia, al punto de que hasta me caigo de la banqueta y quedo de espaldas en el suelo.  

-¡TZATSI! 

Por la falta de aire debida al golpe, mi voz es a penas un susurro ahogado.  

-Creo que me rompí el sentido del humor. Síp, definitivamente algo se rompió.  

Y damas y caballeros, he aquí otro típico momento Tzatsi, o sea, otro momento ridículo y de vergüenza pura. Cambio de look, cambio de vida, pero sigo siendo el desastre patoso que implica ser yo. ¡TRÁGAME TIERRA!

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