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Portada de la novela El Diario de Romina.

El Diario de Romina.

La vida de Romina está marcada por las carencias, el maltrato de su madre y la ausencia paterna. Cuando una tragedia imprevista desmorona su realidad, aparece Damien, un joven y enigmático millonario de naturaleza retorcida que logra ver a través de su fachada. Obsesionado con la vulnerabilidad de la joven, Damien la arrastra sin piedad hacia un entorno de deseos oscuros y tentaciones peligrosas, un abismo del que ella difícilmente podrá escapar.
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Capítulo 3

15 de marzo 2017

Querida Moon...

Ha transcurrido un mes desde que papá se fue de casa.

No ha venido ni una sola vez.

No ha llamado siquiera.

Y no puedo evitar sentirme enojada al respecto.

Las peleas con mi madre son cada vez más constantes. Su actitud siempre es hosca y me trata como si yo fuese

alguien desconocido. Un desconocido que no es de su agrado y decide ponerle el pie para que se caiga.

Madre siempre ha sido de esa manera, me pregunto si me tendría la misma aversión si yo no fue su hija.

Madre suele estar ebria la mayor parte del tiempo, le duele muy en el

fondo, que papá se haya marchado con

otra mujer y su forma de llevar la rabia es bebiendo su peso en alcohol...

Hasta que estoy cerca.

Ya pasamos por esto una vez. Hace mucho, pero ella ha vuelto a recaer.

O tal vez nunca lo dejó, eso tendría más sentido.

Padre la ayudó a salir del hoyo

lleno de lodo en el que se había hundido hasta la clavícula, pero no sirve de nada, madre ha caído otra vez y yo sólo puedo mirarle los ojo.

Ella realmente odia la idea de estar sufriendo y papá ya no está para controlar su desastre.

Madre y yo peleamos hace algunas noches. Ella había vuelto de comprar más alcohol y la discusión comenzó por una tontería...

--En realidad siempre es lo mismo, Moon--

Pero esa noche, sus palabras me dejaron extrañamente muy, muy tranquila.

—¡Te odio! —gritó, con los ojos grises pintados de rojo ¿existe la posibilidad de que mamá esté, tambien, en drogas?

Mamá tenía la ropa harapienta y el cabello grasoso. Ella estaba hecha un completo

desastre y no me extrañaba ni un poco.

No obstante, en mucho tiempo, volví a sentir lástima por mi madre.

Pacientemente me llevé las manos a los costados, apreté los puños y... Esperé. Pero sólo se dedicó a sonreír con cinismo. Por primera vez sus ojos

reflejaron honestidad.

Mi madre me odia. Nunca lo había dicho antes, desde que puedo recordarlo, al menos.

Pero yo sabía muy bien que era así. Recuerdo

perfectamente cómo fue mi niñez a su lado. Sé como ha sido mi vida con ella.

Una sonrisa, que se me antojó sardónica se deslizó en mis labios. Y justo cuando creí que iba a volverme un mar de lágrimas, agitada por la culpa, subí las escaleras con tranquilidad y me resguardé tras los muros de mi habitación.

Sentí... tristeza.

Pero no por mí, desde luego. Sino

por ella. Ella era un objeto inanimado, incapaz de amar, no le importaba nada más que embriagarse hasta caer en la inconsciencia. Ella era la que había fracasado en la vida. La que cada noche

manchaba el suelo con vómito, la que tenía manchada el alma.

Así que la palabra

correcta, Moon, es lástima.

Eso siento por ella, lástima.

No me dolieron sus palabras ni un poco, después de todo era algo que siempre había vivido conmigo. No sentí nada relacionado con el dolor y eso puede que

me haya preocupado en algún momento, la única razón lógica que encontré fue que tal vez esté tan vacía que ya he empezado

a carecer de emociones.

La armadura que creé hace mucho se ha fortalecido con el paso de los años

Pero madre no paró ahí, para ella no fue

suficiente.

Mi madre siguió gritando enardecida,

pero esta vez no me cubrí los oídos, ni derramé lágrimas, preferí escuchar.

«¡Te odio!»

«¡Te odio!»

«¡Te odio!»

Repitió una y otra vez.

Y entonces supe que yo tampoco la quería, no sentía ningún tipo de cariño hacia ella, sin embargo, no estoy segura de

saber si realmente la odio.

Ella me había traído al mundo, sí, pero también había hecho de él un infierno.

Y desearía que ella no hubiese

sido mi madre, que jamás hubiese aceptado aquel papel que no supo cumplir. Mi niñez se basó en golpes e insultos. En dolor y lágrimas.

Mi espalda reposó contra la pared, junto a la ventana. Pacientemente esperé, hasta que sus gritos finalmente cesaron.

Se cansó pasados unos

minutos.

Que mi madre me odiase, después de todo, era algo que esperaba, vine para arruinar su vida. Odio era

lo mínimo que podía obtener de ella.

Mi madre me gritó treinta y cuatro veces que me odiaba, todas contadas. No sentí nada al respecto. ¿Es eso malo?

«No lo sé»

«No lo sé»

Sigo sin saberlo.

Sólo sé que tú sí me quieres, Moon. Y

con paciencia me escuchas.

Para siempre tuya... Romina.

. . .

18 de marzo, 2017

Querida Moon...

Hoy decidí que sería buena idea buscar empleo, no lo sé, conseguir algún tipo de distracción.

Además, sería productivo tener algo en lo que pueda invertir

mi tiempo libre.

Además, nos estamos

quedando sin dinero y por ende comida.

Y no, no le daré el dinero a mi madre

para que lo administre pues ya sabemos donde acabará.

Es necesario comprar más desinfectante y también lejía, mucha. Sólo así logro sacar el olor a fluidos gástricos por la mañana.

Tengo mucho tiempo libre y pasar tanto tiempo en casa o sólo dormida comienza a pasarme factura.

Y sólo dormir en

cualquier momento traerá consecuencias, tarde o temprano, pero lo hará. No quiero envejecer antes de lo que me

corresponde.

Y permanecer demasiado tiempo con la compañía de mi madre

terminará por romper mis

huesos y hacerme perder la cabeza.

Me hace enloquecer.

Es un alivio que no tome ningún tipo de medicación o ya me hubiese vuelto adicta en un intento de calmar  la ansiedad que me ancla los pies al suelo.

Y aún sigo esperando a

que papá regrese y me lleve

con él.

Ya no me pregunto si estará bien.

Me pregunto si volveré a verlo.

No le  he comentado a

Tadaline cómo están las cosas en casa.

Honestamente, nunca hemos hablado sobre el tema familiar, no sé nada de ella, y yo no le he dicho nada de mí. Creo que de algún modo ambas estamos felices viviendo en la

ignorancia. Tenemos un acuerdo tácito.

Y lo respetaremos hasta que sea el momento.

Así que puedo guardarme

todo para mí, perfectamente.

Y de Adrien tampoco sé nada. Salvo que vive solo.

Y hablando de él, hace dos días que no lo veo, me pareció raro, desde que lo conocí no había faltado ni una vez.

Le pregunté a Tada y ésta sólo respondió que tenía problemas familiares. Al menos sé que tiene familia.

No volví a preguntar para no

parecer entrometida, así que llegué a casa con un millón de preguntas en mi cabeza, a pesar de que me

obligué a no pensar en ese

chico con los ojos distintos y sus problemas.

Yo tengo mis propios problemas.

Pero no pude evitar preguntarme: ¿Qué problemas podría tener el chico de los ojos peculiares?

No tengo idea de sí algún día lo sabré. Pero quiero averiguarlo.

Oh y también sabré más de Tada. Mi chofer

personal quien, por cierto, sigue rechazando mis invitaciones a pasar.

Y no sé para qué sigo haciéndolo.

¿Cortesía? ¿Descuido? ¿Estupidez?

No lo sé, así como tampoco sé qué haré cuando ella acceda a pesar.

Caos.

Supongo que en nuestro acuerdo tácito está no entrar a la casa

de la otra, aunque nunca me ha llevado a su casa.

—Tengo que volver al instituto, olvidé algo. Adiós Romy —fue lo que dijo hoy.

Mañana quizá diga que olvidó bañar al perro.

Y claro, mi ritual antes de entrar; inspiro, calculo el tiempo y avanzo.

Seguro pensarás que es la casa del terror, Moon. Y sí, sí lo es. No literalmente pero sí lo es.

Por fuera la casa es bastante bonita, hay un diminuto jardín de rosas blancas a cada lado de la entrada,

supongo que alguna persona que vivió aquí antes de nosotros

debió plantarlas. Les

riego de vez en cuando antes de ir al instituto.

Las paredes están pintadas de un rosa

bastante brillante y llamativo. Es bonito...

Pero en el interior es un panorama completamente distinto

Para mí volver es como

escurrirse entre las paredes de una tumba. Ya ni siquiera huele a madera vieja,

ahora sólo predomina el hedor

a alcohol y los residuos de la lejía.

Mi estómago siempre se revuelve un poco al inhalar el aroma,

así que como es

acostumbrado, cubro mi nariz y camino lo más rápido que puedo a mi habitación.

En el recorrido escuchas el eco de las paredes, sordo y hueco, y cuando caminas

por el pasillo de la entrada el suelo cruje bajo tus pies.

Es casi fantasmal.

Pero normal para mí.

Así como también es normal encontrar a mi madre tirada en el

sofá con una botella vacía abrazada a su pecho.

Pero ya no me detengo a contemplarla, ni a ponerle una manta sobre los

hombros. Es increíble lo bajo que ha caído en tan poco tiempo. Lo miserable que se había vuelto su vida.

Más increíble aún, es que sienta asco

al saber que ese ser, infestado de alcohol hasta la médula la mayor parte del tiempo, sin ser

consciente del mundo a su alrededor, podría llegar a ser mi madre...

Siempre tuya... 

Romina.

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