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Portada de la novela El Despertar de la Esposa Ignorada

El Despertar de la Esposa Ignorada

Después de seis años de un matrimonio marcado por la indiferencia, descubro la perturbadora fijación de Mateo por su prima Isabel. Soporté agresiones y el desprecio de mi esposo, quien incluso permitió que me dañaran físicamente para sanarla a ella. Tras ser abandonada a mi suerte en una explosión mientras él la rescataba, mi devoción se tornó en una furia renovadora. Romperé mis cadenas y dejaré atrás este engaño para reclamar mi valor y dignidad.
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Capítulo 2

La cama estaba fría.

Como siempre.

Sofía se dio la vuelta y miró a Mateo. Él dormía de espaldas a ella, una silueta rígida bajo las sábanas de lino. Seis años de matrimonio y el espacio entre ellos en la cama seguía siendo un abismo.

Ella se levantó, se puso una bata de seda y salió al balcón. La noche en la hacienda de los Vargas era silenciosa, solo se oía el susurro del viento en los viñedos.

Sacó su teléfono y marcó el número de su hermano.

"Javier", dijo en voz baja.

"¿Sofía? ¿Qué pasa? ¿Es él otra vez?" La voz de Javier sonaba despierta y preocupada.

"Sí", respondió ella, con la voz rota. "Se acabó, Javi. Voy a divorciarme".

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

"Ya era hora", dijo Javier finalmente, su tono una mezcla de alivio y enfado. "Te lo advertí desde el principio. Ese hombre no es para ti. Vive en otro siglo".

"Lo sé. Fui una idiota. Pensé que podía cambiarlo, que mi amor sería suficiente".

"El amor no lo arregla todo, Sofía. Menos a un fanático".

"Lo sé ahora", susurró ella, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a quemarle los ojos.

"Escúchame", dijo Javier, su voz volviéndose práctica. "Tengo todo listo en Lisboa. El apartamento está a tu nombre, el estudio también. Cuando estés lista, solo tienes que coger un avión. Aquí puedes empezar de cero".

"Gracias, Javi".

"Somos hermanos. Ahora, intenta dormir. Mañana hablamos con los abogados".

Colgó el teléfono y se quedó mirando la oscuridad. Una sensación de liberación, frágil pero real, comenzó a crecer en su pecho.

Pero no podía dormir. Una inquietud la empujó a caminar por los pasillos silenciosos de la enorme hacienda. Sus pasos la llevaron, como tantas otras veces, hacia la capilla privada de la familia.

La puerta estaba entornada.

Un sollozo ahogado llegó desde dentro.

Sofía se asomó con cuidado. Era la tercera vez que encontraba esta escena.

Mateo no estaba arrodillado ante el altar. Estaba de espaldas, frente a un retablo que ella sabía que ocultaba algo. A la luz de docenas de velas, su marido, el hombre que le negaba su cuerpo por un "voto de pureza", estaba besando un lienzo.

Un retrato de su prima, Isabel Vargas.

No era un retrato normal. Estaba pintado al estilo de un icono bizantino, con un fondo dorado y una expresión de santidad perversa. Había varios más a su lado, todos de Isabel, en diferentes poses de devoción.

"Isabel... mi santa, mi pecado...", susurraba Mateo, su voz rota por la pasión y la culpa.

Sofía sintió un frío que no era de la noche. Se apoyó contra la pared, el cuerpo entumecido.

El problema no era que Mateo no sintiera deseo.

El problema era que no lo sentía por ella. Su matrimonio entero había sido una mentira, un escudo para ocultar una obsesión prohibida y sacrílega.

Recordó el día que lo conoció, en una recepción en el Palacio de Dueñas. Él estaba en un rincón, hablando de teología con un sacerdote, ajeno al bullicio de la fiesta. Javier le había dicho que se mantuviera alejada, que los Vargas eran "veneno antiguo".

Pero ella se había sentido atraída por su seriedad, por su aire de hombre atormentado.

Durante meses, intentó de todo para llamar su atención. Llevaba vestidos atrevidos a las misas a las que él asistía, hablaba de arte moderno que sabía que él consideraría pecaminoso, se reía demasiado alto en su presencia.

Nada funcionó. Él la miraba con una indiferencia educada que la volvía loca.

Javier se reía de sus intentos. "¿De verdad quieres casarte con un monje?"

Y entonces, una tarde, sin previo aviso, él se le había acercado. "Sofía", dijo con su tono formal. "Mi familia cree que eres una buena elección. Cásate conmigo".

No hubo flores, no hubo una rodilla en el suelo. Fue una transacción.

Y ella, en su ceguera, había aceptado con lágrimas de felicidad, creyendo que había ganado.

Qué ingenua había sido.

Ahora, de pie frente a la capilla, todo encajaba. La noche de bodas, cuando él le habló de su voto de pureza. Los años de rechazo. Su piedad exagerada.

Todo era por Isabel.

Mateo se levantó, dio una última mirada anhelante a los retratos y se giró para salir.

Sofía se escondió en la oscuridad de un recodo.

Lo escuchó susurrar una última vez, "Te amo, Isabel", antes de que sus pasos se alejaran por el pasillo.

Las lágrimas de Sofía cayeron en silencio. Se secó la cara con rabia. Ya no había dolor, solo un vacío helado y una determinación de hierro.

A la mañana siguiente, lo esperó en el gran comedor. Él entró, impecable en su traje, con la misma expresión distante de siempre.

"Buenos días", dijo él, sentándose en la cabecera de la mesa.

"Mateo", dijo ella, su voz sorprendentemente firme.

Él la miró, arqueando una ceja.

"Quiero el Mercedes deportivo que tienes en el garaje de Madrid. El rojo".

Él frunció el ceño, confundido. "¿Para qué?"

Sofía sonrió, una sonrisa que no le llegó a los ojos. "Para irme. Me hará muy feliz".

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