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Portada de la novela El Despertar de Elvira

El Despertar de Elvira

Después de quince años de absoluta lealtad, Raúl abandona a Elvira el día de su aniversario. La traición se vuelve total cuando Isabel, la amante de él, la incrimina falsamente, logrando que sea despedida de la empresa que ella misma creó. Tras ser humillada y expulsada como una delincuente, Elvira no se rinde. Impulsada por la sed de justicia, finge su propia desaparición para iniciar un plan implacable que destruirá a quienes le arrebataron su vida.
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Capítulo 2

-Ya no va a venir, ¿verdad? -la voz de Sofía sonaba clara y sin rodeos a través del teléfono, cortando el pesado silencio de la casa.

Elvira miró la mesa perfectamente puesta para dos, los cubiertos brillaban bajo la luz cálida del comedor, la botella de vino tinto respiraba abierta, esperando una celebración que nunca llegaría.

-No, Sofía. No va a venir.

-¿Te dijo algo? ¿Te llamó al menos?

-No, su asistente me llamó hace una hora. Dijo que a Raúl le surgió una cena importante con unos inversionistas. Se le "olvidó" avisarme.

Sofía soltó un bufido de desprecio al otro lado de la línea.

-¿Inversionistas? Elvira, sabes tan bien como yo que eso es una mentira. Es el aniversario de su compromiso. Ni el hombre más ambicioso del mundo olvida algo así.

Elvira no respondió, simplemente pasó un dedo por el borde de una de las copas de cristal, el sonido casi imperceptible llenó el vacío. Sabía que Sofía tenía razón, la excusa era tan pobre como la atención que Raúl le había estado prestando en los últimos meses.

-Tengo que colgar, Sofi. Gracias por llamar.

-Elvira, no hagas ninguna tontería. Si necesitas algo, salgo para tu casa ahora mismo.

-Estoy bien -mintió-. Solo estoy cansada. Hablamos mañana.

Colgó antes de que su amiga pudiera insistir. La fortaleza en su voz era una fachada que apenas podía mantener.

Había pasado toda la tarde en la cocina. Preparó el estofado de res que a Raúl le encantaba, el que su madre le enseñó a hacer, con esa mezcla de chiles secos y especias que tardaba horas en alcanzar la perfección. Horneó un pastel de chocolate, su postre favorito desde que eran niños. Todo estaba dispuesto, esperando al hombre con el que había prometido casarse, el mismo que le había jurado amor eterno bajo el viejo roble de la hacienda de sus padres.

El reloj de la pared marcó las diez, luego las once. El estofado, una vez humeante y fragante, ahora era una masa tibia y grasosa en la olla. Las velas que había encendido se habían consumido hasta la mitad, sus llamas parpadeaban débilmente, como si compartieran su agotamiento. La casa, que siempre se sentía llena de vida, ahora parecía una tumba.

Con una calma que la asustó a sí misma, se levantó. Tomó el plato que había servido para Raúl, lleno de comida que se había enfriado, y caminó hacia la cocina. Sin dudarlo, vació todo el contenido en el bote de la basura. El sonido sordo de la carne y las verduras al caer fue el punto final de su esperanza. Hizo lo mismo con su propio plato, que ni siquiera había tocado. Luego tomó la olla entera y la vació también. No guardaría nada. No quería ningún recuerdo de esa noche, de esa espera inútil.

Justo cuando estaba enjuagando los platos, con el agua corriendo fríamente sobre sus manos, escuchó la puerta principal abrirse. Era Raúl. Entró al comedor, aflojándose la corbata con un aire de fastidio, como si regresar a casa fuera la última de sus obligaciones.

-Huele bien -dijo, sin mirarla, dejando su maletín en una silla-. ¿Qué hiciste de cenar? Muero de hambre.

Elvira cerró la llave del agua y se secó las manos lentamente, dándole la espalda.

-No hay nada. Tiré la cena.

Raúl finalmente la miró, frunciendo el ceño.

-¿Por qué hiciste eso? ¿Estás enojada porque llegué tarde? Te dije que tenía una reunión importante.

-No, Raúl -se giró para enfrentarlo, su rostro era una máscara de serenidad-. No estoy enojada. Simplemente ya no importa.

Él la estudió por un momento, desconcertado por su tranquilidad. Esperaba gritos, reclamos, lágrimas. No este vacío.

-Elvira, tenemos que hablar -dijo él, su tono cambiando a uno más serio, casi ensayado.

-Sí, tenemos que hacerlo.

Raúl tomó aire, como si se preparara para dar un discurso.

-Esto ya no está funcionando. Llevamos tiempo distanciados. Creo... creo que lo mejor es que terminemos.

Elvira esperó a sentir el dolor, la puñalada en el pecho que se supone que sientes cuando el amor de tu vida te rompe el corazón. Pero no sintió nada. Solo un alivio helado. La confirmación de lo que su alma ya sabía.

-Estoy de acuerdo -dijo ella, su voz firme.

La respuesta lo tomó por sorpresa. Vio un destello de desconcierto en sus ojos, seguido casi inmediatamente por una ola de puro alivio. Él sonrió, una sonrisa pequeña y liberada que la golpeó con más fuerza que cualquier insulto.

-¿De verdad? -preguntó, casi incrédulo-. Vaya, pensé que esto sería más difícil. Me quitas un peso de encima, Elvira.

No había tristeza en su rostro. No había una pizca de remordimiento por los quince años que habían pasado juntos. Solo la alegría egoísta de haberse librado de una carga. En ese instante, Elvira supo que el hombre que había amado ya no existía. Frente a ella solo había un extraño.

-Bien -dijo Elvira-. Mañana empezaré a empacar mis cosas.

Se dio la vuelta y subió las escaleras, sin mirarlo de nuevo. Al entrar en su habitación, cerró la puerta y sacó su teléfono. No llamó a Sofía. Buscó el número de una agencia inmobiliaria. Necesitaba un lugar nuevo, un comienzo nuevo. Un lugar donde el fantasma de Raúl no pudiera alcanzarla. Un lugar desde donde pudiera empezar a planear. Porque en el fondo de su alivio, una pequeña semilla oscura comenzaba a germinar. No era tristeza. Era otra cosa. Algo mucho más frío y afilado.

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