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Portada de la novela El deseo del millonario

El deseo del millonario

Tras el deceso de su progenitor, Emiliano Rodríguez regresa a México para afrontar un testamento cargado de exigencias. Pese a su anhelo de evadir el oscuro legado familiar y las disputas con sus hermanos, Sebastián y Leonardo, una sorpresa altera su rumbo. La llegada de Alicia, empleada obligada a residir en la mansión, desata una atracción prohibida. Este inesperado vínculo pone en jaque su deseo de libertad, forzándolo a arriesgarlo todo por pasión.
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Capítulo 2

Hacienda “El patrón”

Emiliano dio indicaciones a su personal de seguridad, le hizo una seña a Ryan para que lo siguiera, caminaron por el sendero de piedra lisa que lo llevaría hasta la puerta principal de la hacienda, su corazón se agitó cuando los recuerdos lo golpearon, dos hombres custodiaban la entrada.

—Buenos días, —dijo de manera educada pero estos dos hombres con armas, no abrieron la puerta.

— ¿Quién es usted? —preguntó uno de ellos a Emiliano.

—Soy Emiliano Rodríguez, ¿Algún problema? ¿Por qué no estás abriendo esa puerta?

—Lo siento, pero tenemos órdenes de no dejar pasar a nadie.

—Soy el hijo de Don Emiliano. —Al ver que no los convenció, gruñó entre dientes mientras metió su mano en el bolsillo, sacó su celular y marcó a su madre. —He llegado y no me dejan entrar. —Escuchó a su madre decirle algo—Espero. —luego colgó, momentos después, el celular sonó a uno de ellos, contestó y se tensó mientras escuchó a la persona del otro lado de la línea.

—Sí, señora. —luego colgó, le lanzó una mirada a su compañero y afirmó, regresó la llamada a Emiliano. —Lo siento, señor Rodríguez, nuestras condolencias, puede pasar lo están esperando en la sala principal del ala este. —Emiliano no dijo nada, solo siguió caminando por un largo pasillo de tantos que lo llevaría a un jardín de rosas blancas que su padre mantenía para su madre en gesto de detalle romántico.   

—Muy bonitas rosas—Ryan susurró sin dejar de verlas, miró de reojo a su jefe y siguieron avanzando. Al llegar al marco de la entrada a la sala principal, su madre se dio cuenta de su llegada, estaba sentada en una silla viendo hacia el jardín. Se levantó y abrió sus brazos a su hijo en señal bienvenida.

—Madre, —caminó y aceptó el abrazo, doña María era baja y robusta, tenía el cabello castaño entremezclado con las canas de los años, olía a vainilla, el olor que siempre recordaba Emiliano a su madre. Fue un abrazo que duró minutos, ella lloró contra su pecho humedeciéndola por las lágrimas quedando solo en sollozos, me contó a como pudo que el médico declaró que había fallecido en la madrugada, de un ataque al corazón mientras dormía.

—Qué bueno que alcanzaste a llegar antes de velarlo, ya que mi deseo es que hagas guardia en féretro junto con tus hermanos. —entonces Emiliano se preguntó para sí mismo, ¿Dónde estaban esos dos hijos de…? —Después será el entierro en nuestro panteón privado dentro de la hacienda. —se separó doña María para verlo, sonrió débilmente, tomó con su dos manos el rostro de su hijo menor. —Eres tan idéntico a él de joven, —sus ojos se volvieron a cristalizar por las lágrimas, él llevó sus manos a las muñecas de su madre y depositó un pequeño beso, luego dejó una en su frente.

—Ya llegó el hijo consentido y mimado, el Emilio “baby fiu-fiu”…—se escuchó una voz masculina y burlona a espalda de Emiliano, miró a su madre y rodó los ojos, su madre le lanzó una mirada a su hijo mayor.

—No empieces, Sebas. No es momento para tus odiosos comentarios. Tu padre los amaba a los tres por igual y yo también.  

—Si como no, mandó a este a la “Yuneites” a estudiar una carrera cara, —Sebastian le dio un recorrido a Emiliano de pies a cabeza—Míralo nada más, parece ya a uno de allá. Se agringó.

—No es culpa de Emiliano que tuvieras caca en el cerebro como para seguir estudiando, ¿Recuerdas todo el dinero que tiró tu padre en ti y en Leo para que estudiaran cómo debía? No, no lo recuerdas, solo recuerdas lo que te conviene. —replicó furiosa doña María hacia su otro hijo, quién mordió distraído el palillo de dientes.

—Como siempre, “jefita” siempre defendiendo a este huerco.

—No hables como si no estuviese presente. —La voz cargada de frialdad de Emiliano, provocó tensión en su hermano, era la primera vez en muchos años que lo escuchó así. —Y deja de molestar con algo que solo ustedes dos imaginaban, —presionó Emiliano su dedo índice contra la sien, luego lo retiró sin dejar de mirar a su hermano bajo el marco de la entrada a la sala.  

— ¿Qué ya llegó el nene de la casa? —otra voz se unió a la reunión familiar, Leonardo se quedó a lado de Sebastian, puso sus manos en la cintura y miró a Emiliano. —Vaya, vaya, lo que hace no tener “caca” en la cabeza. —Leonardo había alcanzado a escuchar a su madre cuando se dirigió hacia a ellos.

—Bueno, bueno, ¿Esta es la bienvenida que le darán a su hermano menor? Tiene muchos años sin pisar esta hacienda, sin verlos, ¿Qué diría su padre al verlos tratarlo así? —Emiliano se puso a lado de su madre y dejó un beso en la coronilla para luego mirar a sus dos hermanos.

—No es necesario una bienvenida, madre. Nunca he esperado nada de ellos menos en este día.

— ¡Nombre! ¡Qué refinado el tipo! ¡Qué educación! —Fue sarcástico Leonardo— ¿No quieres recordar viejos tiempos? —doña María se interpuso entre ellos.

— ¡NADA QUE RECORDAR VIEJOS TIEMPOS, CABRONES! Me cambian de actitud, ¡Su padre ha muerto! ¡Tengan más respeto!—la voz de doña María se quebró. —Si a ustedes les vale madre, pues a mí no. Es mi casa aún y saben que los puedo correr. ¡Es una vergüenza como tratan a Emiliano! —el rostro de la mujer estaba enrojecido de la ira. —Y se me desaparecen de mi vista, ya tengo bastante con lo que está pasando para que se porten tan infantiles a esta edad cuando ya están peludos. —Sebastian tenía cuarenta y tres años (veintiocho cuando Emilio se marchó y Leonardo veinticinco), ambos mujeriegos, sin hijos, el mayor con problemas de juego, y Leonardo a sus cuarenta tenía un pequeño bar en la entrada al pueblo, de perdida estaba haciendo algo con su vida a comparación de su hermano mayor.

—Vale, vale, jefita. —ambos se retiraron lanzándole miradas de odio a Emiliano.

—Al parecer siguen siendo los mismos de hace quince años atrás…—murmuró entre dientes Emiliano.

—Lo sé, nunca los pudimos encarrilar, tu padre que en paz descanse, -se persignó- y que Dios lo tenga en su santa gloria, hizo muchos corajes, si no sacaba a Sebas de los casinos en la ciudad hasta atrás de alcohol, estaba viendo que Leo no lo volvieran a encerrar, despilfarraron mucho dinero los últimos años…—doña María se estaba sentando en uno de los sillones y le señaló un lugar a su hijo para que tomara asiento, entonces vio una sombra que se movió, Emiliano miró a su madre y siguió la mirada, él se dio cuenta que Ryan estaba de pie a un lado, custodiando la entrada. — ¿Quién es este? —preguntó.

—Es mi asistente personal. Se llama Ryan y no lo notarás su presencia…—contestó Emiliano.

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