Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela El corazón por el que me casé

El corazón por el que me casé

Después de cuatro años de humillaciones y traiciones por parte de Alejandro, un hallazgo burocrático destruye mi realidad. El corazón de Daniel, mi prometido fallecido, no fue trasplantado a mi marido, sino a C.J. Cantú, un magnate de Monterrey. Tras sobrevivir a un accidente donde Alejandro me dejó desamparada, decido terminar mi matrimonio. Emprendo un viaje al norte tras el rastro de mi verdadero amor, huyendo de una existencia forjada en engaños.
Capítulos
Compartir

Capítulo 2

Punto de vista de Helena:

El aire estéril del hospital se aferraba a mi ropa mientras seguía a Alejandro, mi cuerpo sintiéndose frágil y delgado, un fantasma en su órbita frenética. No me había dirigido una palabra desde que llegamos, todo su ser enfocado en la puerta cerrada de la habitación privada de Brenda.

Cuando el doctor salió, Alejandro se precipitó hacia adelante, sus manos agarrando la bata blanca del hombre.

—¿Cómo está ella?

—Está bien, señor De la Garza. Solo una conmoción cerebral leve y una muñeca torcida. Necesitará descansar.

Los hombros de Alejandro se hundieron con un alivio tan profundo que era casi palpable. Murmuró su agradecimiento, su mirada ya fija en la puerta, y cuando se abrió y Brenda emergió, pálida y delicada con un vendaje en la muñeca, su mundo se redujo a ella. La rodeó con su brazo, su toque infinitamente gentil, susurrando palabras de consuelo que nunca le había oído pronunciar.

Ni siquiera me miró. Yo era invisible. Un mueble. Era una sensación familiar, pero por primera vez, no me dolió. Era simplemente un hecho.

Se llevó a Brenda, su brazo un escudo protector a su alrededor. Me quedé sola en el pasillo por un largo momento antes de darme la vuelta y salir del hospital, tomando mi propio taxi de regreso al penthouse que nunca se había sentido como un hogar.

De vuelta en el vasto y vacío departamento, intenté prepararme una taza de té, pero mis manos temblaban. La delicada taza de porcelana, parte de un juego que Daniel me había regalado para mi cumpleaños, se me resbaló de las manos. Se hizo añicos en el suelo de mármol, el sonido haciendo eco de la fractura de mi ilusión de cuatro años.

Eso fue lo que me rompió. No el abandono de Alejandro, no las sonrisas burlonas de Brenda, sino los pedazos rotos de un recuerdo. Un sollozo se desgarró de mi garganta, crudo y desgarrado.

—Daniel —susurré, cayendo de rodillas entre los fragmentos—. Daniel.

Mi mente voló hacia él, hacia la cálida facilidad de su amor. Él era quien me envolvía en una manta cuando me quedaba dormida en el sofá, quien sabía exactamente cómo me gustaba mi café, quien me besaba la punta de la nariz solo para hacerme sonreír. Una vez que me corté el dedo, solo un pequeño rasguño con un cuchillo de cocina, lo trató como una herida grave, limpiándola con un cuidado exagerado, su ceño fruncido en concentración, antes de ponerle una curita con dibujos animados y besarla para que sanara.

El dolor en mi mano ahora era agudo mientras un trozo de la porcelana rota se clavaba en mi palma. La sangre brotó, goteando sobre el suelo blanco. Miré las gotas rojas, un marcado contraste con el mármol limpio y frío. Este dolor era real. Tangible. No como el dolor fantasma que había estado persiguiendo durante cuatro años.

¿Algo de eso fue real? ¿Ese amor desesperado y consumidor que pensé que sentía por Alejandro? No. Era un espejismo. Una proyección de mi duelo sobre un recipiente conveniente.

Un nuevo sentimiento comenzó a burbujear a través de la tristeza: una determinación feroz y fría. Monterrey. C.J. Cantú. Un nuevo comienzo. Uno real.

Me levanté, quitando con cuidado el fragmento de porcelana de mi palma y envolviendo mi mano en una toalla de papel. Luego fui a mi oficina y abrí los papeles de divorcio que mi abogada me había enviado por correo electrónico. Limpios, simples, irrevocables.

Llamé a mi abogada, Sara.

—Tengo los papeles. ¿Puedes enviarlos para que Alejandro los firme?

—Necesita firmarlos en persona, Helena —dijo ella suavemente—. O dar autorización verbal para que alguien firme en su nombre.

Por supuesto. Otro obstáculo. Marqué el número de Alejandro, mi corazón un tamborileo constante y uniforme en mi pecho. Respondió al segundo timbre, su voz impaciente.

—¿Qué pasa, Helena? Estoy ocupado.

—Necesito que autorices a mi abogada a…

Me interrumpió.

—Ahora no.

Al fondo, escuché la voz suave y empalagosa de Brenda.

—Alejandro, cariño, ¿puedes ayudarme con esta almohada? No está del todo bien.

Y entonces lo escuché. Un tono que nunca, jamás, había escuchado de Alejandro. Era gentil, paciente, casi tierno.

—Claro, B. Déjame arreglarla para ti. ¿Así?

El contraste fue un golpe físico. El frío desdén para mí, la ternura ilimitada para ella. Fue la confirmación final que nunca supe que necesitaba.

De repente, la voz de Brenda volvió, más fuerte esta vez.

—¿Es Helena? Ugh, dile que deje de molestarte.

Hubo un sonido ahogado, y luego la voz de Alejandro regresó, todavía cortante, pero con un nuevo filo.

—Bien. Lo que sea, dile a tu abogada que se encargue. Autoriza lo que necesites.

Colgó.

Fue así de fácil. Me había dado permiso para terminar nuestro matrimonio sin pensarlo dos veces, todo para apaciguar a la mujer a su lado.

Le transmití el mensaje a Sara. En una hora, llegó un mensajero. Extendí los papeles sobre la mesa del comedor donde Alejandro y yo nunca habíamos compartido una comida.

Firmé mi nombre. Helena Solís. No De la Garza. La tinta era negra y final.

Libertad.

Con los papeles enviados, compré un boleto de ida a Monterrey, Nuevo León. Primera clase. El vuelo era para pasado mañana. Necesitaba un día más para empacar, para cortar los últimos lazos.

Alejandro no volvió a casa esa noche, ni al día siguiente. Empaqué en paz, una extraña sensación de liberación llenando los espacios vacíos en los armarios. No había mucho que llevar. La mayor parte de esta vida le pertenecía a él.

En la tarde del segundo día, finalmente entró. Parecía cansado pero contento. Vio mis maletas empacadas junto a la puerta y frunció el ceño.

—¿Vas a alguna parte? —preguntó, un toque de molestia en su voz.

Caminó hacia mí, extendiendo la mano para acariciar mi mejilla, un gesto raro y displicente que a veces hacía cuando quería algo.

—No te enojes por lo de Brenda. Te lo compensaré.

Me aparté de su toque. Su mano se congeló en el aire. Me miró, realmente me miró, por primera vez en días, y la confusión nubló sus facciones.

—No necesito que me compenses nada, Alejandro —dije, mi voz tan tranquila como un lago congelado—. Ya no necesito nada de ti.

También te puede gustar

Portada de la novela CEO, vuelve a mí
9.6
Samanta Robinson creía haber encontrado al hombre perfecto, aquel que cumplía cada uno de sus sueños. No obstante, su dicha se quiebra cuando él la abandona de repente. Sin dejar explicaciones ni rastro alguno, el hombre se esfuma de su vida como un rayo, sumergiéndola en una incertidumbre absoluta. Ahora, Samanta se enfrenta al vacío de su partida, intentando descifrar el enigma detrás de su desaparición y los motivos de su inesperado adiós.
Portada de la novela De Novia a Extraña, La Suerte que Gana
7.9
Tras despertar de una pesadilla mortal, Liliana obtiene una segunda oportunidad y regresa un mes antes de su boda. Cuando su padre, Joaquim, la presiona para entregarle su prometido a Renata, ella decide no callar. En lugar de llorar ante la hipocresía familiar, propone un trato frío: romper el lazo paterno a cambio de mil millones. Al vender este matrimonio arreglado y cortar con su familia, inicia su camino de venganza y libertad como una reina indomable.
Portada de la novela Demasiado tarde para tu gran remordimiento
9.0
Durante una década me sacrifiqué por Gerardo, pero su traición con Karla, una becaria, destrozó nuestro hogar. El conflicto empeoró cuando él protegió al hermano de su amante tras agredir a mi hermana Andrea, lo que la llevó al suicidio. Luego de que Karla profanara sus cenizas, Gerardo buscó castigar a los responsables para obtener mi perdón. Pese a su arrepentimiento y una propuesta pública, las heridas son profundas. Ante sus súplicas, mi rechazo es definitivo.
Portada de la novela El mejor postor
9.2
Mi realidad se transformó drásticamente cuando desperté en medio de una clandestina subasta. En aquel lugar, diversos hombres ofrecían dinero por mí, tratándome como simple mercancía. Un enigmático extraño ganó la puja, llevándome con él hacia un destino incierto y desconocido. A pesar del sombrío origen de nuestro encuentro y del peligro que lo rodea, lo que nunca sospeché es que acabaría enamorándome profundamente del hombre que me compró.
Portada de la novela Embarazo Inesperado del CEO
8.1
Liam Scott, un influyente magnate, debe salvaguardar su reputación y el legado de su familia. Para lograrlo, pacta un compromiso falso con Brooke Mitchell, hermana de su principal competidor. Brooke, agobiada por el desempleo y la salud de su hermano, accede al trato por necesidad. La farsa toma un giro drástico cuando un embarazo real complica su acuerdo. ¿Logrará Liam reprimir sus emociones o este lazo imprevisto convertirá su contrato en un amor auténtico?
Portada de la novela La esposa que intentó borrar
9.8
Adelia sufre un hematoma cerebral que pone en riesgo su memoria. Pese a buscar apoyo en su esposo Damián, él la traiciona con crueldad: la humilla, le arrebata a su hijo por su amante y la lanza al mar. Tras sobrevivir sin recuerdos junto a Connor, ella vuelve a México dos años después con otra identidad para comprometerse. Damián queda impactado al reencontrarse con la mujer que intentó aniquilar, enfrentando las consecuencias de su oscuro pasado.