
El Corazón de La Chica Acogida
Capítulo 2
Me convertí en huérfana a los diez años, mis padres murieron en un accidente de coche, dejándome completamente sola en el mundo.
Fue la familia Valdivia la que me acogió, eran amigos cercanos de mis padres y dueños de un imperio empresarial.
Desde el momento en que entré en su enorme y fría mansión, el hijo mayor, Sebastián Valdivia, se convirtió en mi única luz.
Él era siete años mayor que yo, siempre me trató con una ternura especial, un cuidado que no le daba a nadie más.
Mientras sus padres, el señor y la señora Valdivia, me daban un techo y comida, Sebastián me daba calor.
Me compraba los vestidos más bonitos, me ayudaba con las tareas que no entendía y me defendía de los niños que se burlaban de mi por ser huérfana.
"Elara, no llores, mientras yo esté aquí, nadie te volverá a lastimar", me decía mientras secaba mis lágrimas.
Crecí a su sombra, mi corazón de niña se fue llenando de un amor profundo y silencioso por él.
Para mí, Sebastián no era un hermano, era el hombre con el que soñaba pasar el resto de mi vida.
La noche de mi decimoctavo cumpleaños, reuní todo el valor que tenía.
La casa estaba en silencio, todos dormían. Lo encontré en su estudio, revisando unos documentos.
"Sebastián", mi voz temblaba.
Él levantó la vista, su rostro se suavizó en una sonrisa cálida que me derretía.
"Elara, ¿qué pasa? ¿No puedes dormir?"
"Tengo algo que decirte", respiré hondo. "Sebastián, yo... yo te amo. No como a un hermano, te amo como un hombre".
La sonrisa en su rostro se congeló, desapareció por completo.
Me miró por un largo momento, su expresión se volvió seria, casi fría.
"Elara, eres mi hermana pequeña", dijo, su voz era plana, sin emoción. "Siempre te he visto así y siempre te veré así. No vuelvas a decir una cosa así".
Cada palabra fue un golpe directo a mi corazón.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
No dije nada más, solo me di la vuelta y corrí a mi habitación, ahogando mis sollozos en la almohada.
Creí que ese sería el peor dolor que sentiría.
Estaba equivocada.
Una semana después, Sebastián llegó a casa con una mujer.
Era hermosa, elegante, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
"Les presento a Sofía, mi prometida", anunció durante la cena.
Sentí que el aire me faltaba.
Mi prometida.
La palabra resonó en mi cabeza una y otra vez.
Miré a Sebastián, buscando alguna explicación en sus ojos, pero él evitó mi mirada.
Solo se dedicó a atender a Sofía, a sonreírle, a tratarla con la misma ternura que una vez me dedicó a mí.
Desde ese día, mi vida en la casa Valdivia se convirtió en un infierno silencioso.
Sofía parecía disfrutar humillándome.
Me pedía que le sirviera el té como si fuera una sirvienta, hacía comentarios despectivos sobre mi ropa o mis estudios de música.
Y Sebastián no hacía nada.
Simplemente observaba, con una pasividad que me dolía más que cualquier insulto de Sofía.
Me convertí en la sombra que atendía diligentemente a la prometida del hombre que amaba.
Sonreía cuando debía sonreír, asentía cuando debía asentir, pero por dentro, mi corazón se estaba muriendo.
El amor que sentía por Sebastián se fue convirtiendo en cenizas, en un resentimiento amargo.
Una noche, después de una humillación particularmente cruel por parte de Sofía frente a varios de sus amigos, tomé una decisión.
No podía seguir así.
No podía seguir viviendo en la misma casa que él, viendo cómo amaba a otra mujer, siendo tratada como un mueble viejo.
Me cansé del desdén, del dolor, de la espera inútil.
Si no podía tener al hombre que amaba, entonces construiría mi propia vida, lejos de él.
Me casaría con otro hombre y me iría al extranjero a estudiar, a convertirme en la cantante que siempre soñé ser.
Era una decisión drástica, desesperada, pero era mi única salida.
Era el comienzo de mi plan para liberarme de Sebastián Valdivia para siempre.
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