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Portada de la novela El Contrato del Heredero Prohibido

El Contrato del Heredero Prohibido

Mila Vane cumplió su pacto: un año de matrimonio con el frío Caleb Thorne sin sentimientos ni hijos. Tras divorciarse, escapó a Londres para proteger un embarazo secreto. Tres años después, su carrera como fotógrafa peligra cuando el magnate la localiza. Al ver a su heredero, Caleb despliega su poder financiero para reclamar lo suyo. Bajo amenazas legales, obligará a Mila a regresar a su lado, dispuesto a todo por recuperar su familia y su lugar en su cama.
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Capítulo 1

Londres siempre lloraba en noviembre, pero a Mila Vane le gustaba pensar que la lluvia era solo un telón de fondo para su propio éxito.

El obturador de su cámara Canon hizo un clic seco, capturando el último destello del flash contra el rostro de la modelo de alta costura que posaba frente a ella. Mila bajó la cámara, revisó la pantalla digital y asintió con una sonrisa de satisfacción que le llegó hasta los ojos.

-Lo tenemos, Clara. Es perfecta -dijo Mila, frotándose la nuca para liberar la tensión acumulada tras cuatro horas de sesión ininterrumpida-. Terminamos por hoy. Buen trabajo a todos.

El estudio, un amplio loft de estilo industrial ubicado en el corazón del Soho, se llenó de inmediato con el bullicio del equipo recogiendo cables, focos y reflectores. Mila caminó hacia la gran ventana de cristal que daba a la calle empapada. Observó las luces de neón reflejándose en los charcos, un recordatorio constante de lo lejos que había llegado. Tres años atrás, había aterrizado en esta misma ciudad con una maleta a medio llenar, un corazón hecho pedazos y un secreto creciendo en su vientre. Ahora, su firma estaba en las portadas de las revistas de moda más prestigiosas de Europa.

Había sobrevivido. Se había reconstruido a sí misma ladrillo a ladrillo.

-Mila, el equipo se va -anunció Sarah, su asistente, sacándola de sus pensamientos-. Yo también me marcho. ¿Necesitas que me quede a organizar los contratos de la campaña de Milán?

-No te preocupes, Sarah. Ve a casa. Yo me encargo de cerrar hoy -respondió, girándose para regalarle una sonrisa cálida.

El estudio quedó inmerso en un silencio sepulcral diez minutos después, roto únicamente por el repiqueteo incesante de la lluvia contra los ventanales. A Mila le encantaba esta soledad. Era su santuario. Su territorio.

Caminó hacia la pequeña cocina integrada para servirse una copa de vino tinto. Suspiró, dejando que el aroma a roble y frutos oscuros la relajara. Estaba a punto de dar el primer sorbo cuando el timbre de la puerta principal, pesado y metálico, resonó por todo el local.

El sonido fue tan inesperado que casi deja caer la copa. Mila frunció el ceño. Eran las ocho de la noche. Las entregas habían terminado y no esperaba a ningún cliente. Apretó los labios, dejó la copa sobre la encimera y caminó hacia la entrada principal, secándose las manos en sus pantalones de sastre negros.

-Debe ser Sarah, seguro olvidó sus llaves otra vez -murmuró para sí misma.

Descorrió el cerrojo de seguridad y tiró de la pesada puerta de roble.

El aire en los pulmones de Mila desapareció.

No hubo un grito. No hubo un jadeo. Solo un silencio absoluto, denso y sofocante, como si la gravedad de la Tierra se hubiera multiplicado por diez de golpe.

De pie en el umbral, con un traje de tres piezas de color carbón que parecía esculpido directamente sobre su cuerpo, estaba el pasado del que había huido cruzando el océano Atlántico.

Caleb Thorne.

No había cambiado en absoluto. Su cabello oscuro estaba peinado con la misma precisión militar de siempre, cayendo apenas sobre su frente en una falsa muestra de descuido. Su mandíbula cuadrada, cubierta por la sombra de una barba de un día, estaba tensa, marcando las líneas de una furia contenida. Pero fueron sus ojos los que anclaron a Mila al suelo. Esos ojos grises, fríos como la superficie de un glaciar y afilados como el cristal roto, la atravesaron sin ninguna piedad.

Traía consigo el olor a lluvia, a poder, y a esa inconfundible colonia de cedro y bergamota que asaltaba las pesadillas de Mila cada madrugada.

-Hola, esposa.

La voz barítona de Caleb vibró en el pecho de Mila, baja, áspera y cargada de una autoridad que no admitía réplica. El sonido de esa palabra, pronunciada con tanta facilidad, fue como un latigazo en la habitación.

El instinto de supervivencia de Mila, afilado por años de convivir con tiburones en la industria, finalmente se activó. Enderezó la columna, alzando la barbilla con un desafío que le costó cada gramo de su fuerza de voluntad.

-Ex-esposa, Caleb. Y el título expiró hace tres años exactos. Qué irónico que hayas venido el día de nuestro aniversario de divorcio.

Caleb no sonrió. Ni siquiera parpadeó. Avanzó un paso hacia el interior del estudio, obligando a Mila a retroceder por puro reflejo. Su presencia era abrumadora, llenando el espacio que hasta hace un minuto le pertenecía solo a ella. Con un movimiento elegante, Caleb cerró la pesada puerta a sus espaldas. El clic de la cerradura resonó como la puerta de una celda.

-Tienes un concepto muy peculiar de la palabra "divorcio", Mila -dijo él, su voz deslizándose como seda sobre cuchillas-. Especialmente cuando dejaste un asunto legal valorado en cien millones de dólares sin firmar en mi escritorio antes de desaparecer como una ladrona en la noche.

Mila sintió que el corazón le latía con tanta fuerza contra las costillas que temió que él pudiera escucharlo.

-Firmé todo lo que tu ejército de abogados me puso enfrente. Renuncié a tu dinero. Renuncié a la pensión. Renuncié a cualquier cosa que tuviera tu maldito apellido -escupió ella, su voz temblando por primera vez-. Cumplí mi año. Fuimos marido y mujer en papel, fingimos sonrisas en tus galas corporativas para complacer a tu junta directiva, y cuando el reloj marcó la medianoche del día trescientos sesenta y cinco, me fui. Ese era el acuerdo.

Caleb dio otro paso, acorralándola visualmente. Sus ojos escudriñaron el estudio, evaluando el lujo industrial, las cámaras de formato medio, las fotografías enmarcadas de celebridades en las paredes. Su mirada no expresaba impresión, solo un cálculo frío.

-Olvidaste las propiedades en Aspen -replicó él, volviendo sus ojos grises hacia ella-. El fideicomiso requería la firma de ambos cónyuges para su liquidación final. Llevo tres años lidiando con un agujero fiscal porque mi "esposa" decidió que un mensaje de texto desde el aeropuerto era una forma aceptable de concluir un matrimonio.

-¡No era un matrimonio real! -estalló Mila, la fachada de compostura rompiéndose por los bordes-. Era una transacción. Una que dejaste muy clara desde el día uno. Me pagaste para ser tu sombra, tu escudo contra la prensa, y tu objeto decorativo. Y yo cumplí. Te di mi tiempo, Caleb. Tú me diste...

Se detuvo abruptamente. Las palabras casi escapan de sus labios. Tú me diste un hijo. El pánico la inundó con la fuerza de un tsunami. Sus manos se volvieron de hielo. Dios mío, Leo. Su hijo estaba en la habitación trasera, la zona de descanso que había insonorizado precisamente para que el ruido de las sesiones fotográficas no interrumpiera sus siestas. Su niñera lo había dejado durmiendo hacía apenas una hora.

Caleb ladeó la cabeza, captando el repentino terror en los ojos de color avellana de Mila. Él era un depredador corporativo; podía oler la debilidad en el aire a kilómetros de distancia.

-¿Yo te di qué, Mila? -preguntó, bajando el tono de voz a un susurro peligroso. Se acercó lo suficiente para que ella pudiera sentir el calor que irradiaba su cuerpo-. Dilo.

-No me diste nada que valiera la pena conservar -mintió ella con los dientes apretados. Retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared de ladrillo visto. No había a dónde huir-. Quiero que te vayas. Mándame los papeles con tu abogado. Los firmaré y te los enviaré por correo mañana a primera hora.

Caleb soltó una carcajada seca, sin humor. Metió una mano en el bolsillo de su pantalón a medida, luciendo peligrosamente relajado.

-No me iré a ninguna parte. De hecho, mi vuelo privado me espera en Heathrow, y no pienso despegar hasta verte firmar cada una de las líneas punteadas frente a mí. Y después de eso... -Se inclinó hacia ella, sus rostros a escasos centímetros-. Después de eso, tendremos una larga conversación sobre cómo lograste evadir a mis investigadores privados durante veinticuatro meses.

El resentimiento hirvió en la sangre de Mila. Él no la había buscado porque la extrañara. No la había buscado porque le importara si ella estaba viva o muerta en otro continente. La había rastreado únicamente por su necesidad obsesiva y enfermiza de tener el control absoluto sobre sus activos y su papeleo. Él seguía siendo exactamente el mismo "monstruo" calculador y sin corazón del que ella se había enamorado estúpidamente, y del que había huido para proteger la vida que crecía en su interior.

-Eres patético, Caleb -susurró ella, mirándolo con un asco que esperaba que ocultara su miedo visceral-. Solo te importa el control.

-El control es lo único que mantiene este mundo en orden, Mila. Deberías saberlo.

Mila abrió la boca para exigirle por última vez que saliera de su propiedad, dispuesta a amenazarlo con llamar a la policía de Londres si era necesario.

Pero antes de que pudiera pronunciar una sola sílaba, un sonido rompió la tensión en la sala.

No fue un trueno. No fue la lluvia.

Fue un bostezo suave, seguido del crujido de una puerta de madera abriéndose a espaldas de Caleb.

El corazón de Mila se detuvo por completo. La sangre abandonó su rostro, dejándola más pálida que un fantasma.

Los ojos grises de Caleb, que hasta ese momento habían estado clavados en ella con la intensidad de un depredador, parpadearon por primera vez. Sintiendo el cambio absoluto en el lenguaje corporal de la mujer que tenía enfrente, Caleb giró lentamente la cabeza hacia el pasillo trasero del estudio.

Allí, de pie en el marco de la puerta a medio abrir, abrazando a un león de peluche deshilachado y frotándose los ojos hinchados por el sueño, estaba la única variable en todo el universo que Caleb Thorne no había podido predecir.

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