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Portada de la novela El Contrato del CEO y la Deuda de Amor

El Contrato del CEO y la Deuda de Amor

Valeria Soler pacta un matrimonio falso de dos años con el frío millonario Alexander Vance para salvar a su hermano enfermo. A cambio de financiar el tratamiento, ella debe someterse a sus reglas. Mientras Alexander intenta proteger su legado de una antigua amante, la luz de Valeria empieza a romper su coraza. Sin embargo, un oscuro secreto familiar vincula el pasado de los Vance con la tragedia de Valeria, transformando su pasión en un dilema de sangre.
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Capítulo 1

El olor a antiséptico siempre había sido el aroma del miedo para Valeria. Sentada en la incómoda silla de plástico de la sala de espera, observaba cómo las manecillas del reloj de pared avanzaban con una lentitud tortuosa. Cada segundo era un recordatorio de que el tiempo de Leo se agotaba.

-¿Señorita Soler?

Valeria se puso de pie de un salto. Sus manos, entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos, temblaron ligeramente. Frente a ella, el Dr. Mendoza sostenía una carpeta con una expresión que le heló la sangre. No era la mirada de un médico que trae buenas noticias; era la mirada de alguien que se prepara para dar un golpe de gracia.

-Dígame que ya lo autorizaron -suplicó Valeria, con la voz apenas por encima de un susurro-. Dijeron que la revisión tardaría 24 horas. Ya pasaron treinta.

El médico soltó un suspiro pesado y la guio hacia su oficina. Una vez dentro, cerró la puerta, ofreciéndole una privacidad que Valeria supo que no quería.

-Lo siento mucho, Valeria. El seguro ha clasificado la cardiopatía de Leo como una "condición preexistente no declarada". Han denegado la cobertura total de la cirugía.

El mundo pareció detenerse. Valeria sintió un pitido agudo en los oídos que ahogó el ruido del hospital.

-¿Preexistente? -logró decir, sintiendo que el aire le faltaba-. Leo tiene ocho años. Nació con esto, ellos lo sabían cuando firmamos la póliza. ¡Es ilegal que hagan esto ahora!

-Sus abogados son expertos en encontrar grietas en los contratos, hija -dijo el doctor con verdadera lástima-. Sin la cobertura, el hospital requiere un depósito inicial para programar el quirófano. Estamos hablando de doscientos mil dólares solo para empezar.

Doscientos mil dólares. Para Valeria, esa cifra podría haber sido de doscientos millones; era igual de inalcanzable. Sus ahorros se habían esfumado entre consultas, medicamentos y las noches que tenía que faltar al trabajo para cuidar a Leo cuando la fiebre subía demasiado. Su sueldo en la cafetería apenas cubría el alquiler del pequeño apartamento donde vivían.

-Tiene que haber otra forma -dijo ella, con lágrimas quemándole los ojos-. Haré turnos dobles, pediré un préstamo...

-Valeria, siendo realistas, ningún banco te dará esa cantidad con tus ingresos. Y Leo no tiene meses. Tiene semanas. Si no se opera antes de que termine el mes, su corazón simplemente... dejará de luchar.

Valeria salió de la oficina del médico como un fantasma. Caminó por el pasillo hasta la habitación 402. A través del cristal de la puerta, vio a su hermano pequeño. Estaba pálido, conectado a monitores que dictaban el ritmo de su frágil existencia, pero al verla, sus ojos se iluminaron y le dedicó una sonrisa débil mientras sostenía su desgastado muñeco de superhéroe.

Se dio la vuelta, incapaz de dejar que la viera llorar. Se apoyó contra la pared fría del pasillo y se deslizó hasta el suelo, escondiendo el rostro entre las manos. Estaba sola. Estaba rota. Y su hermano iba a morir porque ella no tenía el dinero suficiente para comprar su vida.

-Haría cualquier cosa -sollozó para sí misma, con una desesperación que le quemaba las entrañas-. Lo que sea. Solo... por favor, sálvenlo.

En ese momento, el eco de unos pasos firmes y metálicos resonó en el pasillo. Una sombra larga y elegante se proyectó sobre ella. Valeria levantó la vista, limpiándose las lágrimas con rudeza.

Frente a ella, un hombre que parecía haber sido esculpido en mármol frío la observaba con una intensidad calculadora. Traje de tres piezas, una presencia que exigía espacio y unos ojos grises que no mostraban ni un ápice de compasión, pero sí un interés profundo.

-¿Cualquier cosa, señorita Soler? -La voz del hombre era profunda, aterciopelada y peligrosamente tranquila.

Valeria se quedó sin aliento. Reconocía ese rostro de las portadas de las revistas de finanzas. Era Alexander Vance. El hombre que no hacía caridad, solo inversiones.

-¿Quién es usted? -preguntó ella, poniéndose de pie y tratando de recuperar una dignidad que se le escapaba entre los dedos.

-Soy el hombre que va a pagar la cirugía de su hermano -respondió él, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal-. Pero antes de que el primer centavo llegue a la cuenta de este hospital, usted tendrá que firmar algo para mí.

Valeria sintió un escalofrío. Sabía que estaba a punto de hacer un pacto con el diablo, pero mientras miraba a través del cristal a su hermano, supo que no tenía otra opción.

-¿Qué quiere de mí?

Alexander esbozó una sonrisa lenta, carente de calidez.

-Quiero su libertad por los próximos dos años. Quiero una esposa.

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