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Portada de la novela El Cíclo de Nuestro Destino Deplorable

El Cíclo de Nuestro Destino Deplorable

Tras un trágico accidente que le arrebató la movilidad, una mujer descubre una cruel realidad: su prometido, Mateo, mantiene un romance con Ximena, la culpable de su desgracia. Devastada por la traición revelada en un blog, decide terminar con su vida, pero el destino le otorga una vuelta al pasado. Despierta un día antes de la tragedia con sus piernas intactas. Ahora, con una segunda oportunidad, luchará por transformar su futuro y escapar de ese abismo.
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Capítulo 2

Sofía abrió los ojos lentamente, el blanco estéril del techo del hospital fue lo primero que vio, un blanco que le pareció frío y vacío. Un pitido rítmico y constante llenaba el silencio de la habitación, y un dolor sordo recorría todo su cuerpo, pero su mente estaba extrañamente en calma, como si flotara en una neblina.

"Sofía… mi amor, despertaste."

La voz de Mateo, rota por el alivio, la trajo de vuelta a la realidad. Giró la cabeza con esfuerzo y lo vio a su lado, sentado en una silla, con la cara pálida y ojeras oscuras bajo los ojos, su ropa estaba arrugada, como si no se hubiera movido de allí en días.

"Mateo…" susurró ella, con la garganta seca.

Él se levantó de un salto y le tomó la mano, sus dedos fríos se aferraron a los de ella. "Estoy aquí, mi vida, estoy aquí. No te dejaré sola nunca más." Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras besaba su mano una y otra vez. La calidez de su contacto era familiar, un ancla en medio de la confusión.

"¿Qué… qué pasó?" preguntó Sofía, los recuerdos eran borrosos, fragmentos de metal retorcido y el sonido ensordecedor de un claxon.

El rostro de Mateo se contrajo de dolor. Se apartó un momento y golpeó la pared con el puño cerrado, un golpe seco que resonó en la habitación. "¡Fue mi culpa! ¡Todo es mi culpa! Si no te hubiera presionado para ir a esa estúpida cena… ¡Si tan solo hubiera estado contigo!" Su voz era un gruñido de rabia y autodesprecio.

"No, Mateo, no digas eso," dijo Sofía, aunque su propia memoria aún no lograba armar el rompecabezas.

Justo en ese momento, la puerta se abrió y un hombre con traje, el asistente de Mateo, se asomó. "Señor Mateo, la junta de la junta directiva está por comenzar, lo están esperando."

Mateo ni siquiera lo miró. "¡Cancela todo!" gritó. "¡No me importa la junta, no me importa la empresa! ¡Nada es más importante que Sofía! ¡Diles que si vuelven a molestar, están todos despedidos!"

El asistente asintió, asustado, y cerró la puerta de inmediato. Sofía sintió una punzada de calidez a pesar del dolor, él siempre había sido así, poniendo su mundo entero a sus pies. Le dio un apretón débil en la mano.

Mateo se volvió hacia ella, su furia se disipó tan rápido como llegó, reemplazada por una devoción abrumadora. "Voy a traer a los mejores médicos del mundo, mi amor. Te recuperarás, volverás a bailar, te lo juro."

Poco después, la habitación se llenó de gente, una docena de médicos con batas blancas rodearon su cama, hablando en susurros y revisando sus gráficos. Mateo los había convocado a todos, los mejores especialistas del país, como si su sola presencia pudiera curarla. Él se mantenía a su lado, vigilando cada movimiento, cuestionando cada diagnóstico.

"Necesitamos revisar las heridas de sus piernas, la circulación," dijo uno de los médicos.

Mateo asintió y, con una delicadeza infinita, tomó el borde de la sábana blanca para levantarla. Sofía sonrió débilmente, agradecida por su cuidado.

Pero en el momento en que la sábana se levantó, la sonrisa se congeló en su rostro. El aire se le escapó de los pulmones.

Donde deberían estar sus piernas, solo había dos bultos de vendas apretadas que terminaban abruptamente debajo de sus rodillas. No había nada más. El silencio en la habitación se volvió pesado, sofocante.

El mundo de Sofía se derrumbó. Sus piernas. Sus piernas de bailarina, las que le daban vida, las que la convertían en fuego sobre el escenario, las que contaban historias con cada taconeo. Ya no estaban.

Un grito ahogado escapó de sus labios y su mente la transportó de vuelta a ese instante fatídico, el chirrido de los neumáticos sobre el asfalto mojado, el brillo de los faros acercándose a una velocidad imposible, y detrás del volante, el rostro de Ximena, contorsionado por el odio. Ximena, la mujer que se había obsesionado con Mateo, la que la había acosado durante meses.

"Esa maldita…" susurró Mateo con veneno en la voz, al ver la expresión de Sofía, comprendiendo qué recordaba. "No te preocupes, mi amor. Ella no volverá a hacerte daño. Nunca más."

Más tarde, Mateo le confesó lo que había hecho, su voz era fría y dura. "La encerré. Está en un lugar donde no verá la luz del sol, donde pagará cada segundo por lo que te hizo. Me aseguraré de que sufra."

La idea de Ximena encerrada debería haberle dado a Sofía una sensación de justicia, pero solo sentía un vacío inmenso. Los días se convirtieron en semanas. Mateo no se apartaba de su lado, cuidándola con una devoción que rozaba la obsesión, pero Sofía notó algo extraño. Casi todos los días, él salía por unas horas, siempre a la misma hora, siempre con una excusa vaga.

Una tarde, mientras navegaba sin rumbo por internet en su tableta, una amiga le envió un enlace a un blog anónimo. "Amiga, esto es muy raro, se parece mucho a tu historia," decía el mensaje.

Sofía abrió el enlace. El blog se titulaba "Mi Amor Clandestino". El último post describía con lujo de detalles un encuentro romántico, el autor anónimo contaba cómo "M", su amante, la visitaba todos los días en su "prisión dorada", llevándole su comida favorita y prometiéndole que pronto estarían juntos, que solo necesitaba un poco más de tiempo para resolver las cosas con su "novia enferma".

El corazón de Sofía se detuvo. Cada detalle, cada palabra, era una daga. "M" era Mateo. La "prisión dorada" era el lugar donde tenía a Ximena. Y la "novia enferma"… era ella.

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