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Portada de la novela El CEO y su Esposa Curvy

El CEO y su Esposa Curvy

Nelly posee una figura de curvas marcadas y una personalidad rebelde que utiliza como escudo contra las críticas. Su destino se entrelaza con el de Adrián Cisneros, un CEO gélido y triunfador que vive sumido en la soledad. Aunque su matrimonio es un trato forzado lleno de tensiones, la esencia genuina de Nelly empieza a resquebrajar la armadura de Adrián. Ambos deberán enfrentar los prejuicios externos y sus inseguridades para descubrir un afecto verdadero.
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Capítulo 3

El restaurante privado en el último piso del hotel más exclusivo de la ciudad estaba diseñado para impresionar. Luces tenues, una vista panorámica de la metrópoli iluminada y un ambiente tan refinado que parecía sofocante. Nelly se ajustó el escote de su vestido rojo, cruzando las piernas con despreocupación mientras tamborileaba los dedos contra la mesa de madera oscura.

No estaba nerviosa. Estaba furiosa.

La habían obligado a estar allí, a encontrarse con un hombre que solo conocía por los medios y que, según su madre, era "una oportunidad que no podía desaprovechar".

Como si ella fuera un negocio.

Levantó la copa de vino blanco y bebió un sorbo justo cuando la puerta de la sala privada se abrió.

Adrián Cisneros entró sin prisa, con la seguridad de alguien que está acostumbrado a que el mundo se acomode a su voluntad. Su traje negro impecable parecía hecho para complementar su porte rígido y su expresión impasible. Nelly lo escaneó sin ninguna vergüenza, se podía decir que sería muy envidiado por muchas mujeres. Adrián caminó y cuando sus ojos la encontraron, apenas si mostró una reacción.

Un vistazo rápido. Un juicio silencioso.

Nelly conocía esa mirada. La había visto demasiadas veces antes frente a las cámaras.

"No eres lo que esperaba".

La diferencia era que a ella no le importaba.

-Llegas tarde -dijo Nelly, inclinando la cabeza con una sonrisa que no le llegó a los ojos.

Adrián se sentó frente a ella con movimientos calculados, deslizándose en su asiento sin prisa. Fijó su mirada en ella y pudo apreciar mejor esa mirada inteligente y calculadora.

-No suelo hacer esperar a la gente...

-Entonces debo ser especial -interrumpió con sarcasmo-. Ya llevo casi una hora aquí.

Un silencio tenso se instaló entre los dos mientras el mesero servía el vino en la copa de Adrián. Él lo tomó con elegancia, pero no bebió de inmediato. Sus ojos la recorrieron con una precisión casi quirúrgica.

-¿Cuánto sabes de mí? -preguntó con voz baja, firme.

Nelly se apoyó en el respaldo de la silla, jugando con el tallo de su copa.

-Lo suficiente para saber que esto no es tu idea -respondió, con una sonrisa ladeada-. Y que tampoco eres mi tipo.

Adrián alzó una ceja. Rebelde era poco, Nelly demostraba que era de armas tomar.

-No veo por qué eso, importe. No estamos aquí por atracción, sino por conveniencia.

-Qué romántico -Nelly rodó los ojos-. Me alegra ver que no eres del tipo que endulza las cosas.

-No veo el sentido de perder el tiempo con falsedades.

-Vaya, pues déjame ahorrártelo, entonces -se inclinó ligeramente hacia él-. No pienso convertirme en la esposa decorativa que esperas.

Adrián la observó en silencio por un momento antes de apoyar los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos.

-Y yo no pienso ceder un solo centímetro de mi vida para acomodarme a tus ideas de libertad o alguna exigencia.

El aire se volvió denso entre ellos. Dos voluntades opuestas, chocando como espadas afiladas.

Nelly sonrió primero, pero esta vez fue un gesto genuino. Un destello de desafío en sus ojos.

-Entonces esto va a ser muy interesante.

Adrián tomó un sorbo de su vino, imperturbable.

-Sin duda -dijo Adrián viéndola directamente a los ojos, con gran interés de verla tan segura.

Ninguno de los dos era capaz de decir en voz alta la verdad, ya se habían dado cuenta en esa primera reunión: que se subestimaron mutuamente. Y eso solo haría el juego aún más peligroso.

Mientras que en la elegante sala de estar de la mansión, Cisneros irradiaba un aire de opulencia y poder. Los muebles de caoba pulida brillaban bajo la luz de los candelabros de cristal, y la chimenea de mármol crepitaba suavemente, llenando el ambiente con un calor reconfortante. Eduardo Cisneros, un hombre de negocios imponente y de mirada penetrante, estaba sentado en un sillón de cuero, sosteniendo una copa de whisky en su mano. Frente a él se encontraban los padres de Nelly, Doris y Roberto, visiblemente nerviosos ante la presencia del patriarca.

-Agradezco que hayan aceptado mi invitación -comenzó Eduardo con voz grave, rompiendo el silencio que reinaba en la sala-. Mi hijo Adrián y su hija Nelly están destinados a unirse en matrimonio.

Doris asintió con la cabeza, mientras que Roberto permanecía en silencio, con la mirada fija en él.

-Mi hijo es un hombre ocupado, pero estoy seguro de que sabrá cumplir con sus obligaciones conyugales -continuó Eduardo-. Sin embargo, deseo que este matrimonio sea más que una simple unión de conveniencia. Quiero que mis nietos crezcan en un hogar estable y lleno de amor.

Doris sonrió tímidamente, buscando apoyo en su esposo.

-Nelly es una mujer rebelde, pero estoy seguro de que sabrá comportarse como una esposa, debe hacerlo -añadió Roberto, con un tono de voz controlado.

Eduardo frunció el ceño.

-No me interesa una esposa sumisa -replicó con firmeza-. Quiero una mujer fuerte, que tenga sus propias opiniones y que no tenga miedo de enfrentarse a nadie. No por nada elegí a Nelly.

Doris y Roberto se miraron sorprendidos. No esperaban esa reacción por parte de Eduardo.

-Nelly es una mujer inteligente y con carácter, muy difícil de controlar... -dijo Doris-. Pero estoy segura de que sabrá ser una buena compañera para su hijo.

-Eso espero -respondió Eduardo-. Porque no toleraré ninguna falta de respeto hacia mi hijo.

Un silencio incómodo se instaló en la sala. Doris y Roberto no sabían qué decir.

-Confío en que este matrimonio será beneficioso para ambas familias -dijo Eduardo finalmente, levantándose de su sillón-. Ahora, si me disculpan, tengo asuntos que atender.

Doris y Roberto se levantaron también y se despidieron de Eduardo con una reverencia. Al salir de la mansión Cisneros, ambos suspiraron aliviados.

-¿Crees que Nelly cumpla con lo que Cisneros quiere? -preguntó Doris, nerviosa.

-No me confío, pero me interesa que Nelly esté casada por un año o la herencia pasará a manos de mi hermano -respondió Roberto-. Eduardo Cisneros es un hombre impredecible, necesitaremos hablar con Nelly.

Doris asintió con la cabeza.

-Sí, pero me preocupa su rebeldía -dijo Roberto-. No quiero que arruine este matrimonio por su comportamiento.

-No te preocupes -replicó Doris-. Yo me encargaré de que Nelly se comporte como debe ser.

Roberto suspiró.

-Espero que tengas razón.

Mientras tanto, la cena entre Nelly y Adrián transcurría con una tensión palpable. A pesar de la elegancia del lugar y la exquisitez de la comida, ambos se sentían incómodos, como si estuvieran representando un papel que no les correspondía.

-No entiendo por qué aceptaste este matrimonio -dijo Nelly, rompiendo el silencio-. Se nota que no te hace feliz.

Adrián la miró con frialdad.

-No te metas en mis asuntos -respondió-. Tú tampoco estás muy contenta, ¿verdad?

Nelly sonrió con ironía.

-No me casaría contigo, ni aunque fueras el último hombre en la Tierra.

-El sentimiento es mutuo -replicó Adrián-. Pero ambos sabemos que no tenemos opción.

Un silencio incómodo volvió a instalarse entre ellos. Nelly jugueteaba con su copa de vino, mientras que Adrián observaba la ciudad a través del ventanal.

-¿Qué vas a hacer después de la boda? -preguntó Nelly, tratando de romper el hielo.

-Seguir con mi vida -respondió Adrián-. No pienso cambiar nada.

-¿Y yo? -preguntó Nelly-. ¿También seguiré con mi vida?

-Por supuesto -respondió Adrián-. Pero cada uno por su lado.

Nelly negó con la cabeza.

-No me parece -dijo-. Te seguiré a donde quieras que vayas.

Adrián se carcajeó, veía en Nelly una mujer difícil de controlar.

-Yo no espero que seas la mujer ideal -replicó Adrián-. Solo quiero que cumplas con tu papel.

-¿Y cuál es mi papel? -preguntó Nelly con sarcasmo.

-Ser la señora de Cisneros -respondió Adrián-. Y no meterte en mis asuntos.

Nelly soltó una carcajada.

-Eso no va a pasar -dijo-. No voy a ser tu florero, no me dejaré menospreciar y mucho menos humillar.

-Ya lo veremos -replicó Adrián-. Pero no te confíes.

La cena continuó en silencio, con ambos sumidos en sus pensamientos. Al terminar, Adrián se levantó y le ofreció su mano a Nelly.

-Te llevaré a casa -dijo.

Nelly aceptó su mano y ambos salieron del restaurante, Nelly no paraba de preguntar o comentar cosas que, más que molestarle a Adrián, le hacían reír.

No entendía la decisión de su padre en escoger a Nelly.

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