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Portada de la novela El CEO y la tentacion

El CEO y la tentacion

Carlos Montoya, un poderoso CEO, vive encadenado a un matrimonio vacío con Sofía. Sin embargo, un viaje de trabajo al exterior junto a su secretaria, Claudia, cambia su destino para siempre. Lejos de la rutina, la tensión contenida entre ambos se desborda en un apasionado romance secreto. Mientras su esposa empieza a intuir la deslealtad, Carlos se debate entre proteger su estatus social o entregarse por completo a la irresistible tentación de Claudia.
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Capítulo 2

Carlos volvió a casa tarde, como siempre. El reloj marcaba las 8:30 p.m., pero en su interior ya había dejado de contar las horas. Desde que Sofía había comenzado a mostrarse distante, cada tarde se sentía más vacía que la anterior. La casa, antes un lugar donde compartían risas, conversaciones largas y hasta silencios cómodos, ahora parecía una gran estructura vacía, llena de habitaciones que nunca se utilizaban como antes. El eco de sus propios pasos resonaba en la entrada como una bienvenida que ya no quería recibir.

Al abrir la puerta, el aroma de la cena flotaba en el aire, pero era el tipo de aroma que evocaba más una obligación que un deleite. Sofía, como todos los días, estaba en la cocina, preparando algo sencillo, lo mismo de siempre. En los primeros años de su matrimonio, Carlos había aprendido a disfrutar de las pequeñas cenas que ella preparaba con tanto esmero. Le gustaba ver cómo se concentraba en la cocina, como si cada plato fuera una extensión de su amor. Pero eso ya no sucedía. Ahora, lo que solía ser una comida agradable, se había convertido en un ritual vacío.

-¿Qué tal el día? -preguntó Sofía sin mirarlo, sin levantar la vista de la olla en la que removía una sopa.

Carlos dejó sus cosas en el hall y se acercó. No sabía si responder con sinceridad o simplemente cumplir con la formalidad. La honestidad, a estas alturas, se había vuelto incómoda.

-Como siempre -respondió, intentando que su tono sonara más entusiasta de lo que realmente se sentía.

Sofía asintió ligeramente, como si no le interesara lo suficiente como para preguntar más. Él había estado esperando un gesto, algo que rompiera la barrera invisible entre ellos. Pero nada sucedió. Ella siguió con su tarea, con el mismo aire de indiferencia que la había acompañado durante las últimas semanas.

Carlos dejó escapar un suspiro silencioso, tan leve que casi no se notó. No quería ser cruel, no quería enfrentarse a la realidad de lo que había en su matrimonio, pero lo sentía. Era inevitable. La chispa que una vez los unió parecía haberse apagado, y todo lo que quedaba era un vacío que no sabían cómo llenar.

Sofía colocó los platos sobre la mesa, uno frente a él, otro frente a ella. Los cubiertos, perfectamente alineados. La cena, tal como siempre. Pero nada de lo que estaba frente a Carlos lo llenaba. No podía dejar de pensar en lo lejos que estaban el uno del otro. Incluso el silencio que había entre ellos ahora era pesado, denso, como una carga que ninguno de los dos quería llevar, pero que parecía imposible de soltar.

Sentados en la mesa, la conversación, si es que se le podía llamar conversación, fue escasa. Sofía preguntó sobre los avances de su trabajo, pero en su tono no había verdadera curiosidad, solo una formalidad que ya se había vuelto costumbre. Carlos respondió con frases cortas, sin más detalles, sin ganas de profundizar. No sabía si era él quien se había vuelto un extraño, o si era ella quien ya no sabía cómo llegar a su corazón. Pero algo en su interior le decía que lo de ellos ya no tenía remedio.

Después de unos minutos de comer en silencio, Sofía rompió la quietud.

-Carlos, hay algo que necesito hablar contigo -dijo, su voz sonando más seria de lo habitual.

Carlos la miró, un poco sorprendido, porque hacía tiempo que no escuchaba esa expresión en su voz. La última vez que Sofía le había hablado con seriedad había sido cuando intentaron discutir su futuro, pero incluso esa conversación terminó rápidamente en un silencio incómodo.

-¿De qué se trata? -preguntó Carlos, consciente de que no podía evitar la sensación de tensión en el aire.

Sofía lo miró por un momento largo, casi como si estuviera calculando sus palabras, buscando la forma de decir lo que llevaba meses guardando.

-Creo que tenemos que hablar sobre lo que está pasando entre nosotros. -Su voz sonaba más fría que nunca, más distante de lo que Carlos habría imaginado.

Carlos se quedó en silencio, su tenedor suspendido en el aire. Ya sabía a qué se refería. Habían hablado de eso antes, sin llegar a ninguna conclusión, sin querer enfrentar la realidad. Sofía siempre había sido una mujer que prefería evadir los problemas hasta que ya no quedaba opción, hasta que el daño era tan grande que no podía ignorarlo más.

-¿De qué estás hablando, Sofía? -preguntó él, tratando de sonar más tranquilo de lo que realmente se sentía. Su estómago se había encogido al escuchar esas palabras. La familiaridad de la conversación lo hacía sentir impotente.

Sofía suspiró, poniéndose más seria, aunque sus ojos no mostraban ira ni frustración, sino una profunda tristeza que él reconoció, pero que nunca supo cómo interpretar.

-Carlos, ¿alguna vez te has detenido a pensar en cómo hemos llegado hasta aquí? -preguntó ella, su tono bajo y melancólico.

Carlos miró a Sofía, intentando comprender si en sus palabras había alguna expectativa, alguna esperanza de cambio. Pero sabía que no era así. Ella no quería cambios, ella ya había decidido que lo que quedaba entre ellos no valía la pena.

-Lo sé, Sofía. -Carlos dejó el tenedor sobre el plato y se reclinó en su silla, como si hubiera tomado una decisión. El peso de la situación le cayó de golpe. -Sé que no hemos estado bien últimamente. Pero... ¿qué quieres que haga? Ya no sé cómo salvar esto.

Sofía lo observó fijamente, como si estuviera buscando algo en sus ojos, algo que ya no estaba allí.

-No sé si se puede salvar, Carlos. -Su voz era apenas un susurro. -Creo que hemos llegado a un punto donde ya no sabemos quiénes somos el uno para el otro. Y lo peor es que, a veces, creo que ni siquiera nos importa.

Carlos sintió un dolor profundo en el pecho. Las palabras de Sofía no eran una acusación, pero eran un golpe directo a su alma. Él había sabido, en el fondo de su ser, que las cosas no estaban bien, pero siempre había tratado de evadirlo. Se había concentrado tanto en su carrera, en las demandas del día a día, que había ignorado las señales de que su matrimonio se estaba desmoronando.

La idea de perder a Sofía, aunque distante, le dolía más de lo que quería admitir. Había estado tan ocupado con su éxito, con el constante ritmo frenético de su vida laboral, que había dejado de ver a la mujer que alguna vez lo había amado. O, tal vez, ella también había cambiado. Tal vez había dejado de amarlo antes de que él se diera cuenta.

-Entonces, ¿qué hacemos ahora? -preguntó Carlos, su voz ronca, como si le costara sacar las palabras. -¿Dejamos que esto siga como está? ¿O intentamos hacer algo, aunque sea un esfuerzo, para ver si podemos arreglarlo?

Sofía cerró los ojos, como si tratara de encontrar una respuesta dentro de sí misma. Después, lentamente, sacudió la cabeza.

-No sé si podemos hacer algo, Carlos. Y no sé si quiero seguir luchando por esto. La verdad es que me siento vacía. Y no sé si quiero pasar el resto de mi vida así, intentando hacer algo funcionar cuando ya no queda nada.

Carlos tragó saliva. La sinceridad de las palabras de Sofía lo golpearon con fuerza. La frialdad con la que lo dijo, sin lágrimas, sin rabia, solo un profundo vacío, lo hizo darse cuenta de lo lejos que habían llegado. Ella había dejado de luchar. Y él... él ya no sabía cómo luchar por ella.

Ambos se quedaron en silencio, sin saber qué decir o hacer. Sofía se levantó de la mesa sin decir nada más y se retiró a su habitación. Carlos permaneció sentado en la oscuridad de la sala, mirando la mesa, el plato intacto frente a él, el mismo escenario que había visto tantas veces antes. Pero esta vez, algo era diferente. Ya no había esperanza en el aire. La distancia que existía entre ellos no podía ser ignorada más.

Carlos se quedó allí, inmóvil, escuchando el sonido de su propio respiración, enfrentando por primera vez la verdad que había estado evitando durante tanto tiempo: su matrimonio estaba terminado.

La pregunta ahora era, ¿cómo seguir adelante cuando todo lo que había conocido se desmoronaba?

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