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Portada de la novela El CEO y el bebe oculto

El CEO y el bebe oculto

La vida de Alana, una asistente dedicada, da un giro drástico tras quedar embarazada de Arturo, su poderoso jefe. Por miedo a perder su puesto, ella opta por mantener su secreto bajo un clima de creciente tensión laboral. Sin embargo, mientras los sentimientos entre ambos florecen, el desafío de unir sus carreras con la paternidad se vuelve inevitable. Juntos descubrirán que el triunfo profesional no se compara con el valor de la familia y la lealtad.
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Capítulo 3

Los días se convirtieron en semanas, y con cada amanecer, el peso del secreto que Alana cargaba sobre sus hombros se hacía más pesado. La idea de revelar su embarazo parecía un abismo insondable, lleno de consecuencias que ni siquiera podía imaginar. Había tomado la decisión de guardarlo para sí misma, convencida de que lo mejor era no involucrar a nadie en este torbellino de incertidumbres. Pero a medida que el tiempo pasaba, su cuerpo comenzaba a delatarla.

Los primeros cambios fueron sutiles: una leve incomodidad, una fatiga inexplicable que se apoderaba de ella por la tarde. Sin embargo, al llegar al final de la cuarta semana, todo empezó a volverse más evidente. El cansancio era constante, y las náuseas mañaneras no dejaban de acosarla. Se levantaba temprano para no perder tiempo en el trabajo, pero cada mañana se enfrentaba a un mar de pensamientos contradictorios. ¿Podría seguir ocultando esto por más tiempo?

Al principio, intentó ignorarlo. Seguía adelante con su rutina diaria: primero un café en la oficina, luego las interminables llamadas telefónicas y las reuniones con los ejecutivos. Pero el hecho de que su cuerpo no respondiera como solía hacerlo la preocupaba. Sus compañeros de trabajo empezaron a notarlo. Mariana, su amiga más cercana en la oficina, fue la primera en comentarlo.

-Alana, ¿estás bien? Te ves un poco pálida hoy -le dijo un día, observando con una mirada inquisitiva mientras ella pasaba por su escritorio.

Alana, sorprendida por la pregunta, trató de sonreír y disimular.

-Estoy bien, solo algo cansada. -Respondió con una ligereza que no creía, pero que necesitaba mantener para no llamar más la atención.

Mariana no parecía completamente convencida, pero aceptó su respuesta con una ligera duda en los ojos. A Alana le costaba mantener su fachada. Los cambios físicos, aunque pequeños, eran cada vez más notorios. Sus senos estaban más sensibles, su estómago se sentía más hinchado, y las mañanas se volvían un desafío. Además, las náuseas se intensificaban durante las reuniones, lo que hacía que su rostro se tornara más pálido de lo habitual.

Una mañana, mientras se encontraba en una junta con Arturo, la situación empeoró. Durante la reunión, que se llevaba a cabo en una de las salas privadas de la empresa, Alana sintió que las náuseas comenzaban a invadirla nuevamente. Intentó disimularlas, pero en cuanto Arturo empezó a hablar sobre la estrategia financiera para el próximo trimestre, un mareo la golpeó de golpe. Su visión se nubló y su estómago dio un vuelco.

Alana respiró hondo, apretando las manos sobre la mesa para calmarse, pero el sudor frío se le acumuló en la frente. El sonido de Arturo hablando parecía lejano, como si viniera de otro mundo, y le costaba concentrarse en las cifras que se presentaban en la pantalla. Desvió la mirada, esperando que nadie notara su malestar. Pero Arturo, con su mirada siempre atenta, no tardó en percatarse.

-Alana, ¿te sientes bien? -preguntó, deteniendo la reunión de inmediato y volviendo su mirada hacia ella.

El corazón de Alana se aceleró. No podía permitir que él la viera vulnerable. No ahora, no con todo lo que estaba en juego. Lo último que necesitaba era que Arturo sospechara de su estado. Le costó unos segundos encontrar la voz, pero finalmente respondió con una sonrisa nerviosa.

-Solo un poco mareada, creo que es por el calor de la sala. No se preocupe, todo está bien -dijo, intentando mantener la calma.

Arturo la miró fijamente, y por un momento, Alana sintió como si él pudiera ver a través de ella. El silencio en la sala fue palpable, y ella podía escuchar claramente los latidos de su propio corazón. Finalmente, Arturo asintió, aunque aún parecía preocupado.

-Si necesitas tomar un descanso, no dudes en ir a tu oficina y relajarte un momento. No quiero que te sobrecargues -dijo, su tono suavizándose.

Alana se apresuró a asentir.

-Gracias, Arturo, lo haré.

Tan pronto como pudo, se levantó de la sala y salió a su oficina. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó en la mesa, respirando profundamente. ¿Qué estaba haciendo? La situación estaba fuera de control, y no solo se trataba de las náuseas o el cansancio. Sabía que su cuerpo estaba comenzando a traicionarla, y eso solo significaba una cosa: no podría esconderlo por mucho más tiempo.

En su escritorio, Alana se tomó unos minutos para calmarse. Miró las pilas de trabajo que la esperaban, como si fueran una distracción segura. Pensó en Arturo y en lo que sucedería si descubría la verdad. ¿Qué pasaría si alguien más lo descubría? ¿La despedirían inmediatamente? El solo pensamiento de perder su trabajo la aterraba. No estaba lista para enfrentar las consecuencias.

Por lo tanto, su decisión se mantuvo firme: seguiría ocultando el embarazo. No importaba cuán difícil fuera. Sería un secreto suyo, uno que no dejaría que destruyera su vida profesional.

Esa misma tarde, cuando la jornada laboral llegó a su fin, Alana se encontraba agotada. El día había sido largo, y las molestias no cesaban. El cansancio era insoportable, y las náuseas persistían. Se dijo a sí misma que solo debía aguantar un poco más, que quizás en un par de semanas las cosas se calmarían, pero lo sabía en su corazón: su cuerpo no podía esconderlo por mucho tiempo.

Al día siguiente, Arturo convocó una reunión urgente con los ejecutivos. Era una de esas reuniones importantes, de las que todo el mundo debía estar preparado. Mientras Alana organizaba los documentos y se aseguraba de que todo estuviera listo, sentía cómo su estómago se retorcía nuevamente. Ya no podía ignorarlo más. Su estado estaba avanzando, y la presión era cada vez mayor. Pero lo peor de todo era que no podía decírselo a nadie. No podía confiar en nadie más.

Cuando Arturo entró en la sala, Alana intentó mantener la compostura. Él la miró con esa mirada que siempre parecía penetrar en su alma, pero no dijo nada. Mientras la reunión se desarrollaba, ella luchaba por concentrarse, notando cómo su cuerpo no respondía como solía hacerlo. Cada palabra que Arturo pronunciaba parecía resonar en su cabeza, pero la verdad era que su mente estaba ocupada en algo mucho más urgente: ¿Cuánto más podría ocultarlo?

Durante el transcurso de la reunión, Alana notó que Arturo la observaba más de lo habitual. Parecía estar percibiendo algo, algo que no podía identificar. Cada vez que sus ojos se encontraban, había una tensión silenciosa, como si él estuviera esperando que ella dijera algo, que se deshiciera de la fachada que tan cuidadosamente había construido. Pero Alana no podía. No podía decirle la verdad.

El tiempo seguía pasando, y con cada día, su secreto se volvía más difícil de mantener. Pero Alana no tenía otra opción. Había tomado su decisión: protegería su embarazo a toda costa, aunque eso significara seguir escondiéndolo. No podía arriesgarlo todo por una verdad que destruiría su carrera. Sabía que las consecuencias serían devastadoras, no solo para ella, sino para todos los que dependían de su trabajo.

Así que, con el corazón pesado y la mente llena de incertidumbre, Alana siguió adelante, con la esperanza de que, de alguna manera, podría mantener su secreto a salvo, al menos por un tiempo más.

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