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Portada de la novela El Capricho del CEO

El Capricho del CEO

Mickaela Frost comienza una etapa distinta al instalarse en la mansión de los empleadores de su madre. Su vida se entrelaza con la de Kael, el magnético heredero de la familia, mientras colabora en su galería de arte. Aunque la química y el ingenio marcan su relación, el padre de Kael interviene con tácticas manipuladoras para conquistarla y hundir la imagen de su hijo. Entre engaños y ambición, ella enfrentará un dilema moral bajo el acecho de dos hombres poderosos.
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Capítulo 2

Capítulo 2 -La lunas

Narrador:

Kael le extendió una mano y aunque a regañadientes, ella la tomó. Mickaela emergió de la piscina con el cabello empapado y las gotas de agua cayendo en cascada por su piel. Su respiración era agitada, no solo por el frío del agua, sino también por la mezcla de humillación y furia que sentía. Se plantó frente a Kael, quien estaba de pie bajo la luz de la luna, completamente inmóvil, observándola. Por un momento, creyó que la estaba mirando a los ojos, pero pronto notó que su mirada se dirigía más abajo. Siguió la línea de sus ojos y su corazón dio un vuelco: su camisola mojada se había pegado completamente a su cuerpo, dejando poco a la imaginación. La tela traslúcida revelaba cada curva, cada detalle, como si no llevara nada puesto. El rubor subió por su rostro como un incendio, y un calor incómodo se extendió por todo su cuerpo. Cruzó los brazos sobre su pecho con brusquedad y le lanzó una mirada fulminante.

-Eres un idiota -soltó con la voz temblorosa, aunque no estaba segura si era por el frío o por la ira.

Kael no respondió de inmediato. Su sonrisa torcida, esa que parecía disfrutar de cada instante de su incomodidad, permaneció intacta. Finalmente, inclinó ligeramente la cabeza y dijo con una voz tranquila:

-¿Siempre eres tan agradecida con la gente que te saca de problemas?

Mickaela apretó los dientes. No iba a darle el gusto de una respuesta. En cambio, se giró sobre sus talones y comenzó a caminar apresuradamente hacia la casa de huéspedes. Sentía la humedad del césped bajo sus pies descalzos, y el aire fresco de la noche hacía que su camisola mojada se pegara aún más a su piel.

Kael la observó irse, sus ojos nunca abandonando su figura hasta que la oscuridad la envolvió por completo. Su sonrisa se amplió, llena de un interés que no se molestó en ocultarr. Cuando Mickaela llegó a la casa de huéspedes, jaló con fuerza la manija de la puerta. Nada. Probó de nuevo, pero la puerta permaneció firmemente cerrada. Un nudo de frustración se formó en su garganta. Revisó frenéticamente el suelo para ver si se le habían caído al salir con el apuro, pero no encontró nada.

-¡Mier*da! -gritó, pateando la puerta con fuerza.

Desde la distancia, Kael escuchó el sonido de su grito. Con las manos aún en los bolsillos, comenzó a caminar tranquilamente hacia ella, disfrutando de la situación como si fuera un espectador en un espectáculo especialmente entretenido.

-¿Y ahora qué te pasó? -preguntó cuando llegó a su lado, con un tono que estaba a medio camino entre la burla y la curiosidad.

Mickaela giró hacia él con el rostro aún más encendido, esta vez de pura frustración.

-Dejé las llaves dentro, y esta maldita puerta no se abre desde afuera.

Kael la miró por un momento, evaluando la situación. Luego, encogiéndose de hombros, respondió:

-Hay un juego de llaves en la casa principal. Acompáñame. Y de paso, te doy algo seco para que te pongas. -Hizo una pausa y agregó con una sonrisa -Antes de que te congeles.

Mickaela lo fulminó con la mirada, pero no tenía otra opción. La noche estaba demasiado fría y la camisola mojada comenzaba a ser insoportablemente incómoda. Sin decir nada, lo siguió a regañadientes. El interior de la mansión estaba en penumbra, pero Kael se movía con una facilidad que indicaba que conocía cada rincón. La guio hasta su habitación, abriendo la puerta con un gesto despreocupado.

-Aquí -dijo, sacando una sudadera amplia y una toalla de un cajón- Cámbiate mientras voy por las llaves. -Sin esperar respuesta, salió, cerrando la puerta detrás de él.

Mickaela dejó escapar un suspiro de alivio al estar sola. Sin perder tiempo, comenzó a deshacerse de la camisola mojada. La tela cayó al suelo con un sonido sordo, y el frío de la noche la hizo estremecerse mientras secaba su piel rápidamente con la toalla. Cuando estaba deslizándose la sudadera por los brazos, la puerta se abrió de repente. Mickaela se quedó congelada. Kael estaba ahí, de pie, observándola. Su espalda estaba descubierta, y el tatuaje de la luna en todas sus fases se extendía a lo largo de su columna como una obra de arte. Kael se quedó inmóvil por un segundo, sus ojos recorriendo cada detalle del tatuaje.

-Hermoso -murmuró sin pensar.

Mickaela se dio la vuelta rápidamente, sorprendida y furiosa al verlo. Cruzó los brazos sobre su pecho, aunque la sudadera ya cubría casi todo.

-¡Ahora también eres un pervertido, además de un ruidoso! -le espetó, con el rostro ardiendo de rabia.

Kael no pareció afectado. Su sonrisa despreocupada volvió a aparecer mientras la miraba a los ojos.

-Solo observaba los tatuajes. La luna... es magnífico. -Hizo una pausa, como si estuviera considerando algo -He pensado hacerme uno igual.

Mickaela lo miró con desdén, aunque sus palabras la habían tomado por sorpresa. El descaro de Kael parecía no tener límites, y eso la frustraba aún más.

-¿Dónde? -preguntó, con una sonrisa cargada de sarcasmo mientras cruzaba los brazos sobre el pecho -Si tu cuerpo ya es todo un lienzo. ¿Qué más puedes agregar? ¿Un mapa para no perderte?

Kael soltó una risa suave, ese tipo de risa que hacía que todo pareciera un juego para él. Se encogió de hombros, como si el comentario de ella solo lo hubiera entretenido más.

-Veo que lo has observado -replicó, con un destello travieso en los ojos. Su tono era ligero, pero había algo en la forma en que lo dijo, una especie de desafío implícito que hizo que Mickaela sintiera un nudo en el estómago -Me gusta, es interesante...

Ella abrió la boca para replicar, pero no encontró palabras que fueran lo suficientemente mordaces. Las mejillas le ardían, y no sabía si era por la ira o por otra cosa que no quería admitir. En vez de responder, dio un paso hacia él y extendió la mano.

-Dame las pu*as llaves de una buena vez -exigió, pero su tono sonó menos firme de lo que pretendía.

Kael levantó una ceja, haciéndola esperar a propósito, con esa sonrisa de medio lado que parecía diseñada para sacarla de quicio. Finalmente, alargó la mano lentamente, como si estuviera entregando algo más valioso que un simple juego de llaves. Cuando las llaves estuvieron al alcance de Mickaela, ella se las arrancó de un tirón. Su gesto fue tan brusco que casi perdió el equilibrio, pero logró recuperar la compostura.

-¿Sabes algo? -dijo, clavándole la mirada -Eres un imbécil.

Kael, lejos de ofenderse, sonrió con aún más satisfacción, como si las palabras de Mickaela fueran un cumplido disfrazado.

-Lo tomaré como un cumplido -dijo con un guiño.

Ella apretó los dientes, intentando contener la explosión de emociones que bullía dentro de ella. Sin decir nada más, giró sobre sus talones y salió de la habitación con pasos rápidos. Kael la observó mientras se iba, el movimiento de su cabello húmedo y el leve temblor de sus hombros atrapando su atención. Cuando Mickaela desapareció tras la puerta, él se quedó allí un momento más, la sonrisa todavía en sus labios, como si acabara de ganar un pequeño triunfo. Kael se quedó en la puerta, viéndola desaparecer una vez más en la oscuridad. Su sonrisa, más amplia que nunca, era un reflejo de algo que ni siquiera él estaba seguro de entender del todo.

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