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Portada de la novela El Canto de la Venganza

El Canto de la Venganza

Traicionada por Pedro, el cantante a quien amaba, Sofía muere solo para despertar en el pasado. Se encuentra en el fatídico día de su humillación pública frente a su hermana Elena. Ante el desprecio de sus enemigos y una fría oferta de dinero para alejarse, Sofía reacciona con una serenidad inquietante. En lugar de llorar, acepta el trato, desconcertando a todos. Ahora, con el corazón gélido, inicia un plan maestro para cobrar su venganza.
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Capítulo 3

Mi padre, el gran director de la Escuela de Mariachi "El Sol de México", se levantó de su asiento. Su rostro mostraba una falsa expresión de conflicto, como si la situación lo apenara profundamente.

"Bueno, bueno... esto es inesperado", dijo, dirigiéndose a la audiencia. "Pedro, Sofía invirtió mucho en ti. Elena, es tu hermana...".

Hizo una pausa dramática, mirando de Elena a mí. Elena bajó la mirada, adoptando una expresión de tristeza inocente.

"Papá, yo no quería esto", susurró, con la voz temblorosa. "Pero si Pedro siente que su arte puede brillar más conmigo... ¿quién soy yo para negarle su destino?".

Mi padre asintió lentamente, una sonrisa casi imperceptible tirando de la comisura de sus labios. Era un actor consumado.

"Supongo que el corazón de un artista no puede ser encadenado", declaró finalmente. "Sofía, mija, a veces hay que saber perder. Sé generosa. Deja que tu hermana tenga esta oportunidad".

La rabia, fría y afilada, se arremolinó en mi interior. "Deja que tu hermana tenga esta oportunidad". Era la frase que había escuchado toda mi vida.

Mi padre nunca me había querido de verdad. Su verdadero amor fue la madre de Elena, una cantante de rancheras con más ambición que talento, que lo abandonó por un productor más rico años atrás. Elena era el vivo retrato de ella, y mi padre la adoraba, proyectando en ella todos sus sueños y afectos. Yo, en cambio, era la hija de su primera esposa, la verdadera fundadora del linaje artístico de nuestra familia, la legendaria "Antigua Voz". Mi madre murió cuando yo era muy pequeña, pero su talento corría por mis venas, algo que mi padre siempre pareció resentir.

Desde niñas, el favoritismo era descarado. Si Elena y yo queríamos el mismo vestido, él me decía: "Sé generosa, dáselo a tu hermana". Si a las dos nos gustaba la misma canción para un recital, él insistía: "Elena tiene una conexión más profunda con esta melodía, déjala cantarla".

Él sofocó mi talento deliberadamente. Cuando yo componía una canción que ganaba elogios, él públicamente declaraba que Elena había sido mi "musa" o que me había "ayudado" con los arreglos, atribuyéndole a ella parte de mi éxito. Mientras tanto, a Elena le daba los mejores maestros, los instrumentos más caros y todas las oportunidades para brillar, aunque su talento era notablemente inferior al mío. Era trabajadora, sí, pero carecía de la chispa, del "duende" que mi madre me había heredado.

Yo lo sabía, y en el fondo, él también. Por eso trabajaba tan duro para suprimirlo. Tenía miedo de mi potencial, miedo de que eclipsara a su hija predilecta.

Ahora, la historia se repetía en el escenario más grande de todos. Me estaba pidiendo que renunciara al mariachi que yo había creado, a mi obra maestra, y que se lo entregara a Elena en bandeja de plata.

"Pero no te irás con las manos vacías, Sofía", continuó mi padre, con un tono magnánimo. "Elena también tenía un contrato preliminar con una banda. Como un gesto de buena voluntad, ella te cederá su lugar con ellos. Es un intercambio justo".

Hizo una seña a un lado del escenario. De las sombras emergieron cuatro figuras. Eran "La Muerte Premium". El nombre ya era un mal chiste en el circuito. Eran conocidos por ser un desastre. Su vocalista desafinaba, el guitarrista rompía cuerdas constantemente y el trompetista... bueno, se decía que su sonido podía cuajar la leche. Parecían más una banda de garaje que un mariachi profesional. Estaban desaliñados, sus trajes no combinaban y miraban al suelo con una mezcla de vergüenza y desafío.

El público empezó a susurrar. Comparar a "El Zorro de Seis Colas", pulcro, carismático y en la cima de su popularidad, con "La Muerte Premium", era un insulto. Era como cambiar un pura sangre por un burro cojo.

Mi padre me estaba obligando a aceptar esta humillación pública. Quería que todos vieran que me quedaba con las sobras de mi hermana, que aceptaba un grupo sin futuro a cambio de la joya que yo misma había tallado. La gente me miraba con lástima, susurrando sobre la crueldad de la situación.

En mi vida pasada, este fue el momento en que me rompí. La combinación de la traición de Pedro y la injusticia de mi padre fue demasiado. Me negué, grité, lloré. Provoqué una escena terrible que solo sirvió para cimentar mi imagen de "artista acabada y emocionalmente inestable", justo como ellos querían.

Pero esta vez fue diferente.

Miré a "La Muerte Premium". Los recordaba de mi vida anterior. Eran el hazmerreír de la escuela. Pero también recordé un rumor, algo que había descartado como una tontería en ese entonces. Un rumor sobre su verdadero origen, sobre un linaje musical tan antiguo como el de mi propia madre.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro. Una sonrisa genuina.

El valor de "El Zorro de Seis Colas" era inmenso, sí. Pero era un valor que yo le había dado. Él pensaba que mi apoyo era una simple melodía y algo de dinero. No entendía que lo que le di fue una parte de mi alma, una chispa del legado de la "Antigua Voz".

Y lo que nadie en esta sala sabía, ni siquiera mi padre, era que el mariachi que él consideraba basura, "La Muerte Premium", era en realidad un tesoro sin pulir. En mi vida anterior, había ocurrido un error, un intercambio accidental de los expedientes de las nuevas bandas. El grupo destinado a Elena, el que ella desechó por mediocre, era este. Y el que me habían asignado a mí originalmente, el que se convirtió en "El Zorro", era el que Pedro ya lideraba. Mi padre manipuló todo para que Pedro, el talento más prometedor, terminara conmigo para que yo lo "desarrollara", pensando que al final podría arrebatármelo para Elena, como estaba haciendo ahora.

Pero se equivocó en una cosa fundamental. El grupo que despreciaba, el que ahora me ofrecía como un premio de consolación, era el verdadero diamante en bruto.

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