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Portada de la novela El Calor del Oriente

El Calor del Oriente

Zabdiel Mubarack, actual jeque de Norusakistan, lidia con un reino inestable y el comportamiento errático de su hermano Zahir tras perder a su progenitor. Para legitimar su mandato ante una población escéptica, se ve forzado a contraer un matrimonio de conveniencia. En este contexto, la fotógrafa Isabella Stone arriba al país buscando nuevos retos. Su inesperado cruce con el líder árabe desafiará las normas locales y transformará sus destinos para siempre.
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Capítulo 2

Norusakistan estaba de duelo, en la cara de los Norusakistanes se podía apreciar la pena y el gran sufrimiento que abatía sus almas por la pérdida del Soberano del país.

Las puertas del Palacio Real estaban abiertas y el pueblo tenía acceso a los salones dónde estaba el cuerpo del Jeque, todos asistían por turnos a presentar sus respetos y expresar su pena, algunas mujeres dejaban escapar sus lágrimas de manera silenciosa, luego aquellos que ya habían entrado se congregaban a las puertas del Palacio.

Zabdiel Alim Mubarack Maramara, estaba muy cerca del ataúd, su madre no paraba de llorar, mientras que Zahir le ofrecía el refugio de sus brazos, él se encontraba regio y firme mientras que las personas pasaban frente al féretro de su padre.

-Alteza- uno de los criados le llamaba, se giró hasta posar sus ojos en él.

-¿Está todo listo?

-Cómo usted ordenó- le aseguró el hombre- su pueblo está atendido, todos los que están en la entrada del Palacio han comido y bebido, mi Señor.

-Bien, muchas gracias- el criado lo miró con ojos enormes, no era normal que un Jeque agradeciera porque se cumplieran sus órdenes. Lo cierto es que técnicamente no era el Jeque, o no lo sería hasta dentro de dos días, cuándo tomara juramento frente a su pueblo, pero desde el mismo instante en que murió su padre había sabido que la responsabilidad del reino estaba sobre él.

-Alteza, el Príncipe le manda a informar que se llevará a su madre a sus aposentos.

-Me parece bien Haimir, pídele a las doncellas que no le dejen sola, El Príncipe debe acompañarme.

-Como usted ordene, Alteza. Con su permiso.

Las horas siguieron transcurriendo, así como transcurrían los Nurusakistanes que llegaban con sus vestimentas rojas y doradas, muchos de ellos traían flores como muestra del respeto para el antiguo Soberano.

Como las costumbre indicaban a las seis en punto, pidió a todos que guardaran silencio para dirigir a ellos algunas palabras.

-En nombre de la familia real, quiero agradecerles su presencia. Agradezco sus muestras de amor y respeto para con mi padre, ahora les pido que podamos guardar un minuto de silencio para elevar una oración a Alá y pedir por el eterno descanso del Soberano de Norusakistan.

Dos días habían transcurrido desde el funeral de su padre, ahora estaba en sus aposentos con su gran túnica blanca bordada con delicados hilos de oro. Había llegado el momento de su juramento, de elevar las manos delante de su pueblo y asumir oficialmente su cargo como Jeque, las preocupaciones ya se hacían presente, las leyes de Norusakistan establecían que si a la hora de un descendiente asumir el trono, resultaba ser soltero, debía adquirir esposa en los próximos seis meses para así afianzar su trono, y luego de eso tenía otros seis meses para anunciar la espera de un futuro Soberano.

Debía conseguir esposa, y en menos de un año tener al menos la semilla Mubarack Maramara, en el vientre de la misma, con suerte sería un varón y eso perpetuaría el legado, si no cumplía esas normas, su hermano tenía la opción de cumplirlas en un lapso de seis meses, pero no confiaba en ello, Zahir había demostrado ampliamente que no estaba dispuesto a asumir las responsabilidades del trono, no deseaba casarse y con los dos posibles herederos en esta situación el trono se veía amenazado por su primo, quién podía optar a ser Jeque por ser el pariente más cercano, y era obvio que él estaría dispuesto a casarse con cualquiera, para nadie era un secreto que ambicionaba desesperadamente ser el Soberano de Norusakistan.

Afortunadamente tenía un lapso de seis meses para casarse, no lo deseaba y Alá, sabía que así era, pero por cumplir con su deber estaría dispuesto a cualquier cosa, aunque eso significara contraer matrimonio sin desearlo.

Hacía tres días su padre había muerto y ya habían rumores de supuestos rebeldes que apoyaban a su primo y que le desconocían como Soberano. Debía solucionar la situación pronto, no dejaría a Norusakistan en manos del despiadado de su primo.

-Alteza- la voz de Haimir lo sobresaltó- todo está dispuesto como lo ha pedido. Es hora, mi Señor.

Él se limitó a asentir, salió de sus habitaciones, encaminándose al encuentro de su destino.

Llegó al balcón y observó al pueblo que esperaba.

-Gracias damos a Alá, porque él nos ha permitido estar aquí hoy, bajo sus designios- elevó ambas manos al cielo- Pueblo de Norusakistan, hoy juro desempeñar mis labores con honor, juro que desde hoy en adelante Norusakistan es mi prioridad, juro dar mi vida por mi pueblo, juro pronto otorgarles una reina y un heredero, juro perpetuar mi sangre y mi legado, juro lealtad y fidelidad a mis costumbres y mis leyes, juro ser tan buen Soberano como lo fue mi padre. Lo juro- Dijo juntando ambas manos e inclinando su rostro. Los Norusakistanes presentes inclinaron sus rostros y guardaron silencio, luego cuándo Zabdiel Alim Mubarack Maramara, elevó el rostro, su pueblo le hizo una reverencia, muestra de que aceptaban su juramento.

Se encontraba en la amplia sala sumergido en sus pensamientos cuándo Haimir llegó.

-Alteza, disculpe olvidaba que ahora es usted Su Excelencia, su primo, el señor Esquizbel Mubarack - Zabdiel frunció el ceño y apretó los dientes, luego se giró para encontrarse con el desagradable rostro de su primo.

-Excelencia- le dijo con voz burlona mientras inclinaba su rostro.

-Esquizbel- le respondió- ¿deseas tomar algo?

-No, estoy bien- sonrió de medio lado- Muchas gracias por sus atenciones, señor.

-Puedes retirarte Haimir - dijo ignorando la ironía en la voz de su primo. El hombre giró sobre sus talones y se marchó- ¿ y bien?, ¿A qué debo el honor de tu visita?

-¿No lo presumes, querido primo?- respondió sentándose sobre una silla que contenía muchos cojines. Tomó una y la abrazó.

-Debo suponer que viniste a presentar tus respetos por la muerte de tu tío.

-No se equivoque Excelencia. ¿Para qué lamentarnos?, el antiguo Jeque está mejor que nosotros, se encuentra en compañía de Alá- Zabdiel, apretó los dientes hasta que sintió que toda la cara le dolía, además sus dedos se habían cerrado y formado dos puños. Su primo constantemente ponía a prueba su paciencia y su mansedumbre. En ocasiones creía que pronto lograría hacerlo estallar en un ataque de furia.

-¿Qué quieres Esquizbel?- su voz era estrangulada.

-Recordarte que ha comenzado la cuenta regresiva para ti- sonrió burlonamente, dejando claro que disfrutaba en sobremanera restregarle aquello en la cara.

-Tus posibilidades de acceder al trono son muy pocas- le recordó con satisfacción.

-Pocas, pero existen. Creo que el príncipe Zahir no ha dado muestra de escoger esposa, aunque se rumora que sí pretende tener su propio Harém de concubinas.

-No me provoques Esquizbel, no soy agradable cuando lo hacen- amenazó manteniendo la calma, su rostro rígido, firmé y pétreo.

-¿Me echará, Excelencia?- preguntó elevando ambas cejas- eso daría pie a muchos rumores y demostraría lo mal anfitrión que es su Majestad.

-No pondrás tus mezquinas manos sobre las riquezas de Norusakistan- le aseguró.

-Eso está por verse- rió sarcástico- ocúpate en buscar esposa primito, que comience la cuenta regresiva.

Zabdiel lo vió marcharse en medio de fuertes risotadas, seguramente estaba esperando con ansias poder acariciar las riquezas Norusakistanas, pero no, no lo permitiría. Esquizbel Mubarack, jamás estaría en el trono de Norusakistan.

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