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Portada de la novela El Bebé Secreto del Lobo Millonario

El Bebé Secreto del Lobo Millonario

Tras una intensa noche de pasión con un misterioso desconocido, Emma Thorne queda embarazada y sola. El hombre, Dante Volkov, es un poderoso CEO y un Alfa licántropo que no ha logrado borrarla de su memoria. Años después, el destino interviene cuando Emma busca trabajo en la compañía de Dante. Al reconocer su esencia y detectar el rastro de un hijo secreto, el implacable lobo hará lo necesario para recuperar a su familia, desafiando la voluntad de Emma.
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Capítulo 3

El vestido que Dante había dejado sobre la cama era una armadura de seda negra. Tenía un escote profundo en la espalda y una abertura lateral que llegaba hasta la mitad del muslo, diseñado no solo para resaltar las curvas de Emma, sino para anunciar su presencia. Mientras se miraba al espejo, Emma apenas se reconocía. La madre cansada que vestía leggings y camisetas manchadas de puré había desaparecido, dando paso a una mujer que parecía pertenecer a ese mundo de opulencia y sombras.

Un golpe seco en la puerta la sacó de sus pensamientos. Dante entró sin esperar invitación. Se había cambiado el traje de oficina por uno de etiqueta, negro sobre negro, que lo hacía parecer una extensión de las sombras de la habitación. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Emma con una lentitud que la hizo arder.

-Estás perfecta -dijo él, su voz era un rugido contenido-. Pero te falta algo.

Dante se acercó y, de su bolsillo, sacó un collar de diamantes negros con un rubí central que parecía una gota de sangre fresca. Se colocó detrás de ella. Emma sintió sus dedos fríos rozar la piel de su nuca mientras abrochaba la joya. El contraste entre su toque gélido y el calor que irradiaba su cuerpo la hizo estremecer.

-Es una marca, ¿verdad? -susurró Emma, mirando el reflejo de ambos en el espejo-. Como un collar de perro.

Dante hundió la nariz en su cabello, inhalando su aroma antes de responder.

-Es una advertencia. Significa que cualquiera que te mire debe saber que hay un lobo dispuesto a arrancarles la garganta si se acercan demasiado.

-Qué romántico -ironizó ella, aunque su corazón latía con una fuerza traicionera.

-Bajemos. La jauría no es conocida por su paciencia.

El comedor principal de la mansión Volkov era una estancia medieval modernizada, con una mesa de roble macizo capaz de sentar a treinta personas. El aire estaba viciado, cargado de una mezcla de feromonas y tensión. Cuando Dante y Emma entraron, el silencio cayó como una guillotina.

Había unas veinte personas sentadas a la mesa. Hombres y mujeres de aspecto atlético, con miradas demasiado intensas y posturas que recordaban a resortes tensos. En la cabecera opuesta a la de Dante, un hombre mayor con cicatrices en el cuello y ojos amarillentos los observaba con abierto desprecio.

Dante guio a Emma hasta el asiento a su derecha. Él no se sentó de inmediato; permaneció de pie, con una mano apoyada firmemente en el hombro de Emma, reclamando su territorio.

-Para aquellos que aún no han recibido el informe de mis centinelas -la voz de Dante se proyectó por toda la sala con una autoridad absoluta-, les presento a Emma Thorne. Mi compañera. Y la madre de mi heredero.

Un murmullo estalló en la mesa. El hombre de las cicatrices, a quien Dante presentó más tarde como Viktor, el ejecutor de la jauría, golpeó la mesa con el puño.

-¿Una humana, Dante? -escupió Viktor-. ¿Has traído a una humana y a un bastardo a este consejo mientras los clanes del norte nos pisan los talones? Un niño sin sangre pura es una debilidad, no un heredero.

El agarre de Dante en el hombro de Emma se apretó, pero fue ella quien reaccionó primero. Emma se puso de pie, ignorando el tirón instintivo de Dante para que se sentara. Se apoyó en la mesa, mirando directamente a Viktor.

-Mi hijo no es una debilidad -dijo Emma, su voz clara y firme-. Es un Volkov. Y si tiene la mitad de la tenacidad que he tenido yo para criarlo sola mientras ustedes se escondían en esta mansión, les aseguro que será más Alfa de lo que cualquiera de ustedes aspira a ser.

Un silencio sepulcral siguió a sus palabras. Algunos de los lobos jóvenes soltaron risitas de asombro; otros, como Viktor, hervían de rabia. Dante, por su parte, sentía una oleada de orgullo salvaje. Su lobo interno aullaba de placer al ver a su hembra desafiar al ejecutor.

-Suficiente -sentenció Dante, sentándose finalmente-. La cena ha comenzado. Coman.

Durante la primera media hora, Emma se sintió como una gacela cenando con leones. Las preguntas eran sutiles pero afiladas. Querían saber de dónde venía, qué sabía de su mundo, cuánto dinero quería para desaparecer. Emma respondió a cada una con una agudeza que los dejaba descolocados.

-Dime, Emma -intervino una mujer rubia y elegante llamada Sasha, que no había dejado de lanzar miradas de deseo a Dante-, ¿cómo planeas proteger al niño cuando los Cazadores huelan su rastro? No tienes garras, ni velocidad. Solo eres... piel y huesos.

-Tengo algo que ustedes parecen haber olvidado -respondió Emma, cortando un trozo de carne con precisión quirúrgica-: inteligencia. Liam no necesita que yo muerda por él; tiene a su padre para eso. Yo estoy aquí para asegurarme de que crezca con la mente necesaria para gobernar a animales como ustedes.

Sasha apretó los dientes, pero Dante soltó una carcajada genuina, la primera que Emma le escuchaba en un año.

Sin embargo, la paz duró poco. A mitad del segundo plato, las luces de la mansión parpadearon. Los lobos en la mesa se tensaron al unísono, sus orejas moviéndose hacia las ventanas. Dante se puso de pie de un salto, sus ojos volviéndose completamente plateados.

-Seguridad -rugió Dante.

Un estallido rompió los cristales del gran ventanal. Tres figuras vestidas de negro, moviéndose con una velocidad inhumana, irrumpieron en el salón. No eran lobos. Sus movimientos eran más erráticos, más brutales.

-¡Liam! -gritó Emma, intentando correr hacia las escaleras.

Dante la atrapó por la cintura y la lanzó detrás de él justo cuando uno de los atacantes saltaba sobre la mesa, derribando platos y copas.

-¡Viktor, encárgate de ellos! ¡Sasha, protege las escaleras! -ordenó Dante mientras su cuerpo empezaba a transformarse. Sus músculos se dilataron, rasgando la tela de su chaqueta. Sus uñas se convirtieron en garras y sus caninos se alargaron en colmillos letales.

La cena se convirtió en un campo de batalla. Emma veía con horror cómo Dante se movía como una sombra mortal, desgarrando a los intrusos con una ferocidad que la dejó sin aliento. No era una pelea; era una masacre.

En medio del caos, Emma vio que uno de los atacantes lograba esquivar a Sasha y se dirigía hacia el piso de arriba, hacia la habitación de Liam.

-¡Dante, arriba! -gritó ella.

Dante estaba ocupado con dos atacantes a la vez. Emma no esperó. Agarró un cuchillo de carne de la mesa y corrió hacia las escaleras traseras. Su corazón latía tan fuerte que sentía que iba a estallar, pero el miedo por su hijo era mayor que el miedo por su vida.

Llegó a la guardería justo cuando la puerta se abría de una patada. El atacante, un hombre con ojos inyectados en sangre que olía a podrido, se acercaba a la cuna de Liam. El bebé empezaba a llorar, asustado por el estruendo.

-¡Aléjate de él! -chilló Emma, lanzándose sobre la espalda del intruso.

Le clavó el cuchillo en el hombro, pero el hombre apenas pareció sentirlo. Se la sacudió como si fuera una muñeca, lanzándola contra la pared. Emma cayó pesadamente, el mundo dando vueltas. El atacante volvió su atención a la cuna, levantando una mano con garras.

-No... -susurró Emma, intentando levantarse.

De repente, una sombra negra y masiva entró volando por la puerta. Era un lobo de proporciones monstruosas, con un pelaje tan oscuro que parecía absorber la luz. Era Dante en su forma completa. El lobo saltó sobre el atacante antes de que este pudiera tocar al bebé, cerrando sus mandíbulas alrededor del cuello del intruso. El sonido de huesos rompiéndose llenó la habitación.

El silencio volvió, interrumpido solo por el llanto de Liam.

El enorme lobo se quedó sobre el cadáver del atacante, respirando con dificultad, su pelaje manchado de sangre enemiga. Lentamente, giró su cabeza hacia Emma. Sus ojos plateados estaban llenos de una sed de sangre salvaje, pero cuando se posaron en ella, la ferocidad se transformó en algo parecido a la angustia.

Dante se acercó a ella, todavía en forma de lobo. Emma se encogió un poco, pero no se alejó. El lobo apoyó su enorme cabeza en el regazo de ella, emitiendo un gimoteo bajo.

-Estás bien... estamos bien -murmuró Emma, pasando sus manos temblorosas por el pelaje empapado de Dante-. Liam está bien.

En ese momento, Emma comprendió la verdad. Dante no la había llevado allí solo por posesión. La había llevado allí porque el mundo en el que vivía era un infierno, y ella era la única luz que su lobo podía seguir. Pero también comprendió algo más aterrador: ahora ella también era parte de esa guerra.

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