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Portada de la novela El Bebé Secreto del CEO Ciego

El Bebé Secreto del CEO Ciego

Tras sacrificarse hace dos años para que Maximilian recuperara la visión, Sara vuelve bajo el nombre de Elena Blanco. Su meta es financiar la operación de Leo, el hijo que oculta al poderoso heredero de Roth Industries. Aunque él ya puede ver, es incapaz de reconocer a su antigua amada tras su nueva identidad, tratándola con absoluta frialdad. Entre ambos surge un conflicto de secretos y rencor, mientras él ignora que el pequeño enfermo es su propio sucesor.
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Capítulo 1

Oscuridad.

Una oscuridad absoluta, pesada y asfixiante.

Lo último que Maximilian Roth recordaba era el rugido ensordecedor del motor de su yate, el olor a combustible quemado y una ola de calor abrasador lanzándolo por los aires. Ahora, solo había un abismo negro y un pitido rítmico e irritante que taladraba su cráneo.

Intentó abrir los ojos, pero una presión punzante sobre el puente de su nariz se lo impidió. Estaban vendados. Llevó sus manos instintivamente hacia su rostro, sintiendo la textura áspera de las gruesas gasas cubriendo la mitad de su cabeza.

-¿Qué... qué significa esto? -su voz, normalmente un látigo que hacía temblar a las juntas directivas de medio mundo, salió como un graznido áspero y seco.

Escuchó el sonido de pasos apresurados, el roce de suelas de goma contra un suelo pulido.

-Señor Roth, por favor, no se toque los vendajes -dijo una voz temblorosa a su derecha. Era una mujer, sonaba joven y aterrorizada.

-¡Quítenme esta basura de la cara! -exigió Maximilian, incorporándose de golpe. Un dolor agudo le atravesó las costillas, pero la adrenalina y el pánico naciente lo anularon-. ¡Enciendan las luces! ¡No veo absolutamente nada!

-Las luces están encendidas, señor -murmuró otra voz masculina, probablemente un médico, tragando saliva con tanta fuerza que se escuchó en la habitación-. Hubo una explosión. Usted sufrió un traumatismo craneoencefálico y quemaduras de segundo grado. Sus ojos... sus córneas sufrieron daños severos por el destello y los escombros.

El silencio que siguió a esas palabras fue más ensordecedor que la explosión del yate.

¿Daños? ¿Él, Maximilian Roth, el CEO que controlaba el imperio financiero más grande del país con una sola mirada, estaba ciego?

El terror, una emoción que no había sentido desde la vulnerabilidad de la infancia, se transformó rápidamente en la única otra emoción que conocía a la perfección: la ira. Una furia ciega, literal y figurativamente.

-¡Incompetentes! -rugió, lanzando su brazo derecho hacia un lado con violencia. Su mano chocó contra una bandeja de metal.

El estruendo del acero cayendo al suelo, acompañado por el sonido de instrumental médico, una jarra de agua y vasos de cristal haciéndose añicos, llenó la lujosa habitación VIP del hospital. Hubo gritos ahogados de las enfermeras, retrocediendo como si estuvieran ante una bestia salvaje.

-¡Llamen a los mejores especialistas del mundo! ¡Tráiganme a alguien que sepa hacer su maldito trabajo! -vociferó, arrancándose la vía intravenosa del dorso de la mano sin importarle el desgarro-. ¡No voy a quedarme en esta maldita oscuridad! ¡Fuera! ¡Largo todos de aquí!

Escuchó el caos de la retirada. Pasos torpes, puertas abriéndose y cerrándose a toda prisa. El todopoderoso CEO se había convertido en un monstruo herido en su cueva, y nadie quería estar cerca de sus fauces.

Nadie, excepto ella.

En medio del silencio tenso que siguió, marcado solo por su propia respiración agitada y el goteo de su propia sangre manchando las sábanas donde se había arrancado la aguja, Maximilian percibió algo más.

No era el olor a antiséptico esterilizado del hospital, ni el hedor metálico del pánico. Era un aroma sutil, fresco y embriagadoramente limpio.

Gardenias.

El sonido de unos zapatos de tacón bajo avanzando con paso firme y deliberado rompió el silencio. No había prisa ni terror en esos pasos. Alguien caminaba directamente hacia la zona de desastre que él acababa de crear.

Escuchó el tintineo de los cristales rotos siendo apilados en la bandeja con una calma exasperante.

-Dije que se largaran todos -gruñó Maximilian, apretando la tela de las sábanas con sus nudillos blancos-. ¿Acaso eres sorda además de estúpida?

Los sonidos de limpieza cesaron. Pasaron dos segundos interminables.

-No, señor Roth. No soy sorda. Y le aseguro que tampoco soy estúpida -la voz que le respondió lo descolocó por completo.

No temblaba. No vacilaba. Era una voz femenina, suave pero con una firmeza que resonaba en el pecho. Tenía una cadencia serena, un timbre aterciopelado que contrastaba violentamente con la brutalidad y el caos de la habitación.

-Entonces, ¿por qué sigues aquí respirando mi aire? -escupió él, girando la cabeza vendada hacia donde creía que provenía el sonido-. Si sabes quién soy, sabes que puedo arruinar tu miserable vida entera con una sola llamada.

-Difícilmente podrá hacer una llamada si acaba de destrozar el teléfono de la habitación junto con su jarra de agua, señor Roth -respondió ella, con una nota de inquebrantable lógica profesional.

Maximilian apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. ¿Se estaba burlando de él?

Sintió una presencia acercándose a la cama. El aroma a gardenias se intensificó, envolviéndolo, creando una extraña burbuja de orden alrededor de su rabia destructiva. De repente, sintió un tacto frío y preciso sobre su mano herida.

Instintivamente, él intentó zafarse, levantando el brazo para apartarla con brusquedad.

Pero ella fue más rápida. Su mano, de dedos finos pero sorprendentemente fuertes, atrapó su muñeca en el aire. No con violencia, sino con una firmeza absoluta.

-Si sigue moviéndose así, se va a desangrar sobre las sábanas de seda que la junta directiva mandó traer especialmente para usted -dijo la voz, sin soltarlo-. Y créame, limpiar sangre de la seda es una pesadilla que el personal de limpieza de este hospital no tiene por qué soportar.

Maximilian se quedó paralizado. Nadie. Absolutamente nadie en la faz de la tierra le hablaba de esa manera. Ni sus socios comerciales, ni sus peores enemigos.

-¿Quién demonios eres? -exigió, su tono bajando de un grito a un siseo peligroso.

Sintió el roce de una gasa de algodón y el escozor del alcohol limpiando su herida. Ella continuó trabajando sin soltar su agarre del todo, anticipándose a cualquier movimiento brusco de él.

-Soy Sara -respondió ella, colocando una nueva vía intravenosa con una precisión casi imperceptible-. Soy su enfermera de turno. Y seré la persona encargada de asegurarse de que sobreviva a su propia estupidez hasta que recupere el sentido común, o la vista. Lo que ocurra primero.

-¡No necesito una niñera insolente! -espetó él, intentando tensar los músculos, pero sorpresivamente encontrándose cediendo ante el toque experto que ahora fijaba el vendaje en su piel.

-Lo que usted necesita, señor Roth, es dejar de comportarse como un niño en medio de una rabieta -replicó Sara, ajustando el goteo del suero. Se inclinó ligeramente sobre él, y el olor a gardenias le inundó los sentidos, borrando el olor a quemado de su memoria por un instante-. Está ciego, sí. Está asustado. Es una tragedia humana y es comprensible. Pero romper vasos y gritarle a profesionales que ganan en un año lo que usted gasta en un par de zapatos no le devolverá la visión.

El todopoderoso CEO se quedó sin palabras. La audacia de esa mujer era tan colosal que, por un segundo, eclipsó su propia tragedia.

Quería despedirla de inmediato. Quería llamar a seguridad y hacer que la echaran a la calle. Pero, en la vasta e inhóspita oscuridad de su nueva realidad, esa voz calmada y autoritaria era lo único que se sentía sólido. La única roca a la que aferrarse en medio de la tormenta.

Sara terminó de acomodar sus sábanas con movimientos eficientes.

-Le administraré un analgésico por vía intravenosa para el dolor. Intentaré conseguirle algo de beber en un vaso de plástico. Lo de cristal claramente no es seguro para usted en este momento.

Escuchó el roce de su uniforme mientras ella daba la vuelta hacia la puerta.

-Enfermera... Sara -la llamó él, casi en un susurro áspero. El sonido de su propio orgullo tragado le quemaba la garganta.

Los pasos se detuvieron de inmediato.

-¿Sí, señor Roth?

Maximilian giró el rostro vendado hacia ella.

-¿No me tienes miedo?

Hubo un breve silencio. El zumbido del aire acondicionado pareció llenarlo todo.

-Le tengo miedo a muchas cosas en esta vida, señor Roth. A no llegar a fin de mes, a la enfermedad, a perder a los que amo -su voz se suavizó ligeramente, perdiendo por una fracción de segundo su escudo profesional-. Pero no le tengo miedo a un hombre herido en la oscuridad. Ahora, trate de descansar. Volveré en diez minutos.

La puerta se cerró con un clic suave, pero definitivo.

Maximilian se quedó solo en el abismo negro. El dolor en sus ojos aún latía con fuerza, pero por primera vez desde que despertó, su mente no estaba consumida por el pánico de no poder ver.

Estaba consumida por el enigma de la mujer que olía a gardenias. La única luz que, sin saberlo ella misma, acababa de encenderse en su mundo de sombras.

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